miércoles, 6 de julio de 2011

De donde todos vienen y a donde todos van

Id, tomad vuestros pueblos, morad en ellos como de antes y tornad a tomar vuestros árboles de fruta y vuestras tierras y sementeras.
Relación de Michoacán

1
Un alcalde de un municipio cercano a la ciudad donde vivo me cuenta: “Por las noches, en las madrugadas, de los cerros bajan decenas de camiones cargados de árboles muertos, de troncos serrados por potentes máquinas eléctricas, y el desfile de esos camiones va patrullado por policías federales y estatales. Me he quejado: fui a ver al gobernador para avisarle, pero me mandaron a la dependencia competente. Nada. Fui a la delegación de SEMARNAT y nada. Fui a PROFEPA a México y nada. De parte del gobernador me mandaron decir que el asunto forestal no era de mi competencia, que me olvidara del asunto y que mejor me pusiera a trabajar. ¿Qué puedo hacer? Ya me amenazaron”.
En medio del negocio de la tala de árboles y del narcotráfico la mayoría de los presidentes municipales del país vive en un cruce de caminos: 1) Se hacen de la vista gorda y voltean a otra parte; 2) Aceptan participar en el negocio y ofrecen protección a los delincuentes; 3) Denuncian y corren el riesgo de ser asesinados. La mayoría de ellos decide la primera opción: hacen que no ven; muchos se forman en la fila de los corruptibles, y sólo unos pocos corren los riesgos. Estos últimos podrían ser más si los pueblos y las comunidades hicieran algo más que mirar la erosión de su antiquísimo paisaje. Recuérdese Angangueo. Un campesino explicó la catástrofe: los cerros se vinieron abajo y sepultaron el pueblo porque se cortaron los árboles. Otra vuelta de tuerca: los cimientos de cerros y montañas están arriba, en medio y debajo: árboles, piedras y agua.
2
Desde mayo pasado, cansados de agachar la cabeza, cerca de veinte mil comuneros de Cherán (de donde todos vienen y a donde todos van) se han organizado para protegerse de los taladores. Llevan a cabo tareas de vigilancia, barricadas con costales de arena, troncos y piedras en los accesos por donde los delincuentes han transitado a sus anchas, y una acción comunal de autodefensa que, hasta el momento, es un buen ejemplo de desobediencia civil: firme pero pacífica. Se han armado con palos, piedras, machetes, azadones, palas y su propio valor civil para defender sus bosques. En la autodefensa participan ancianos y niños y jóvenes y mujeres de todas las edades. El hecho ha tenido la fuerza de llamar la atención del periodismo nacional y de distintas agrupaciones civiles del país que se han unido para apoyarlos. Una mujer habla en purépecha y declara que en su comunidad, cercana a Cherán, ya no pueden ir a la siembra ni sacar a sus animalitos. “No somos libres”, lamenta. El ochenta por ciento de las veintisiete mil hectáreas boscosas de Cherán han sido incendiadas y taladas. La gente asegura que cada día salían 180 camiones cargados de madera. El negocio también es de los extorsionadores: cobran, por cada camión, mil pesos. La venta de protección es uno de los negocios más rentables en el campo michoacano y en extensos territorios del país. Cherán ha cambiado: las autoridades despachan en oficinas privadas, casi en secreto; las clases están suspendidas y los propios comuneros han promovido una especie de ley seca que invita a los borrachines a abstenerse, en vista de lo extraordinario de la situación que vive el pueblo. Son muchos los que han dejado la copa. Es su forma de participar en la sobriedad que caracteriza cualquier acto de desobediencia civil: lucidez, firmeza, unidad comunitaria. La desobediencia civil es efectiva si no se pierden vista los medios y los fines, si no se confunden. Cientos de comunidades del país se están organizando con el ejemplo de Cherán.
3
De algunas comunidades cercanas a Cherán son mis antepasados maternos. Fui de niño y he regresado muchas veces. La comunidad existe antes de las conquistas chichimeca y española. En 1533 los franciscanos la bautizan con el nombre de San Francisco Cherán. Fue parte del imperio tarasco de Tariácuri y su templo principal, del siglo XVI, fue construido a instancias de fray Jacobo Daciano (era danés: Jakov av Dacia). El clima templado de Cherán es una delicia. En la memoria del gusto y del olfato permanece el sabor y el aroma de sus frutas: chenguas amorosamente envueltas en cucuruchos, duraznos dulcísimos, pilas de ciruelas, montoncitos de chabacanos. En Cherán se comen los mejores uchepos del país. La artesanía de guitarras, maracas, baleros y una variada imaginación plasmada manualmente en un trocito de pino, en una rodaja de encino o en una tira mágica de oyamel, es una actividad centenaria. Es, en palabras de Gabriel Zaid, El modelo Vasco de Quiroga (Empresarios oprimidos, 2004). Escribe Zaid que no hay en los escritos de Vasco de Quiroga un modelo formal para el desarrollo económico, ni podría haberlo (los modelos económicos son del siglo XVIII). Pero Tata Vasco había leído La República de Platón, La ciudad de Dios de San Agustín y la Utopía de Tomás Moro. Vasco de Quiroga (sigue Zaid) fue un promotor del desarrollo indígena, pero no actuó en primer lugar por la vía de los textos que modifican la manera de pensar, sino por la vía de los hechos: la creación de instituciones que suben de nivel la vida personal y comunitaria. Se atribuyen al obispo de Michoacán las tradiciones artesanales de muchos pueblos de su diócesis: alfarería, cobre, guitarras, herrería, lacas, muebles, redes, textiles. Es decir, un modelo de desarrollo desde abajo, no desde Harvard. Después de tantos siglos, la obra está viva. Seguramente porque estuvo bien hecha. Dice Zaid que el énfasis en la justicia del mundo asalariado hizo olvidar el desarrollo del mundo no asalariado: artesanos, artistas, microempresarios. Concluye: “el modelo de Vasco de Quiroga puede ser la doctrina social cristiana del siglo XXI y la solución práctica de un liberalismo inteligente, frente a los problemas sociales que el gigantismo no puede remediar”. En Cherán la desobediencia civil no hace sino defender esa forma sencilla de producir y crear riqueza y trabajo. Tres enemigos se han aliado para impedirlo: la estupidez gubernamental que construye centros de convenciones para atraer centros comerciales gigantescos e industrias aeroespaciales, en perjuicio irremediable de las formas tradicionales pero altamente eficientes de producir y crear riqueza.
4
Jean-Marie Le Clézio es el mejor escritor francés de la actualidad. Ganó el Premio Nobel de Literatura en 2008. Ha vivido y trabajado en México en distintas ocasiones. Su libro La conquista divina de Michoacán es una obra casi milagrosa: se basa en la Relación de Michoacán (anónimo del siglo XVI, atribuido por algunos al franciscano Gerónimo de Alcalá). “Es, dice, la última memoria, para que no perezca completamente la grandeza de Michoacán, ni la antigua alianza de los purépechas con sus dioses. Único libro del pueblo Puré, cumple para nosotros un destino misterioso y emocionante, escrito para gloria de los vencidos y no para provecho de los vencedores”. La Relación de Michoacán, asegura Le Clézio, es un relato digno de ser comparado con la Ilíada, el Poema de Gilgamesh o la Gesta del Rey Arturo. Los vencidos, sin embargo, son los mismos ahora que desde el descubrimiento de Pátzcuaro o la caída del imperio purépecha. Los chichimecas salvajes que no fueron conquistados por los dioses purépechas, han regresado por la reconquista: desertificación, violencia, crimen organizado, voracidad maderera, autoridades políticas asustadas o corrompidas, autoridades religiosas perezosas, extinción gradual de las tradiciones artesanales y artísticas, suelos erosionados, temor, hartazgo. Los purépechas del siglo XVI habían alcanzado el mayor grado de cultura de Mesoamérica; llegaron a ser, por lo mismo, un pueblo poderoso pero pacífico. Si los purépechas hubieran decidido ayudar al imperio azteca contra los españoles, la Conquista no se habría logrado en tan poco tiempo. En el esplendor del imperio purépecha, en él habitaban guachichiles, pames, zacatecas, atanatoyas huaxabanes, tepeuanes, copuces, tolimecas, cuitlatecas tepuztecas, otomíes, matlazincas, chontales. Antes de la Conquista, el monarca gobierna con los representantes de las corporaciones: cantereros, pescadores, plumajeros, curtidores, cazadores, fabricantes de arcos, pintores, carpinteros, hiladores y tejedores. A Michoacán llegó el feroz conquistador Nuño de Guzmán pero también el franciscano Vasco de Quiroga, que vio las tradiciones productivas de los purépechas y elevó el nivel de los oficios, que perduran hasta nuestros días, como ejemplos que ponen en ridículo los modelos y las teorías del desarrollo económico y social del gigantismo que nos aplasta.
5
La desobediencia civil de las comunidades de Cherán es quizás el grito de los vencidos que se defiende como mejor puede. Los riesgos no son pocos: taladores y narcotraficantes son poderosos y crueles y en el país son legiones los llamados luchadores sociales que van a todas, pero preñados de intereses partidistas o ideológicos. En Cherán se lucha por preservar los bosques. En Cambio climático Nicholas Stern escribe que somos la primera generación que puede, con su desidia, destruir la relación entre los humanos y el planeta. En miles de comunidades eso se ha sabido siempre: los árboles son los cimientos que sostienen cerros y montañas. Sin ellos, las piedras y el lodo se desprenden en caída libre; sin ellos, la lluvia no apetece infiltrarse y pasa de lado: corre con fuerza monstruosa arrastrando pedruscos, troncos, acequias, cultivos y animales. Ahora mismo recuerdo la primavera de Cherán: oyameles y encinos altos y altaneros, frutales en flor, manantiales de agua fría que entornaban la mirada rojiza del atardecer.


miércoles, 29 de junio de 2011

El poeta y el presidente

Las aguas tranquilas arruinan los puentes
Tibor Déry

El padre Brown, el sabio personaje de Chesterton, desenmascara a un ladrón disfrazado de cura porque lo oye disparatar contra la razón y de ese modo concluye que no ha estudiado teología. Se puede desenmascarar a un autoritario disfrazado de demócrata cuando grazna contra el diálogo. El poeta Javier Sicilia desoyó los disparates contrarios al diálogo y se reunió con el presidente Felipe Calderón. El resultado ha sido bueno en sí mismo, no importa lo que venga. Sicilia tiene esperanza y el presidente tiene responsabilidad. El diálogo es un fin en sí mismo; se puede llegar a uno o varios acuerdos, pero el acuerdo principal consiste en mantener el diálogo. Diálogo significa –escribe Claudio Magris en Las fronteras del diálogo– significa ponerse en tela de juicio; luchar por las ideas de uno, pero estando dispuestos, en principio, a dejarse convencer, si las tesis del adversario resultaran lógicamente más fundadas y humanamente más auténticas. Tiene razón el poeta en la mayor parte de sus opiniones y exigencias; representa la fuerza moral de Antígona que enfrenta la fuerza legal –pero fría– del presidente en la guerra contra el narcotráfico; tiene razón el presidente al discriminar la muerte y a los muertos: por más esfuerzos humanitarios (racionales y emocionales) que uno lleve a cabo, no es lo mismo la ejecución entre criminales que la vida de un inocente, incluidos naturalmente los policías y los soldados que no son culpables por el hecho de traer uniforme; tiene razón Sicilia en su llamamiento a evitar más odio: tal ha de ser el tono fuerte de su movimiento cívico; tiene razón el presidente al reiterar su deber de no quedar en la retaguardia de la feroz lucha de los criminales entre sí y contra la población; tiene razón Sicilia al pedir la continuidad del diálogo hasta lograr que Creonte deshiele sus postulados legales y políticos; la tiene el presidente cuando escucha las razones y los sentimientos morales del poeta. El diálogo es confrontación. Quienes predican la no confrontación abonan el suelo del enfrentamiento. El poeta concedió y el presidente escuchó. No hay aún acuerdos pero hay algo más importante aún: el presidente debe tirar a la basura su soliloquio mediático: escuchar y atender las voces dialogantes de la sociedad es el tránsito que más conviene al país y a él mismo.
Al movimiento del poeta se unieron buenas voluntades y perversiones de índole diversa, incluidas las lapas de quienes hacen uso político del resentimiento. En Ciudad Juárez hubo de todo y la nobleza civil de los objetivos del poeta fue desdibujada por exigencias y gritos que por sí mismos carecen de pertinencia y fuerza moral. Hubo, claro, representantes de quienes lucran con el activismo social; hubo infiltrados de la delincuencia; es probable que estuvieran algunos enviados de los grupos guerrilleros; los hubo del gobierno (de la policía y del ejército); hubo histerias disfrazadas de víctimas y víctimas anuladas por la altanería ruidosa de quienes lacran las buenas causas civiles con su hipocresía y sus intereses pecuniarios. Al final, el poeta ganó la partida: decidió dialogar y se sentó a decirle al presidente las verdades de Antígona, trágicas todas.
El poeta decidió emprender una marcha cenagosa y aparentemente estéril. Pero el resultado no depende tanto del ruido sino de comprometerse con el diálogo. El poeta defiende la vida humana, que tiene un valor tan importante como el de la libertad. Pero la sacralidad de la vida humana es un terreno movedizo y pantanoso que no siempre delimita su genuino significado. En la fangosa tierra de la sacralidad crece y se advoca un uso político, un chantaje, una perversión. Hablar de treinta o cuarenta mil muertos no significa gran cosa si no se formula seriamente el asunto de la responsabilidad y el riesgo. Tiene razón Christopher Domínguez Michael cuando escribe que el poeta debe colocar a los delincuentes en la primera fila de la responsabilidad. Agrega: “sea porque somos liberales o porque somos conservadores o porque tiende, simplemente, a igualar a todos los muertos. No, para mí (sigue Domínguez Michael) no es lo mismo un inocente que un sicario, sean cuales sean las razones que lo condujeron al crimen. Me resisto a que víctimas y verdugos compartan la misma sepultura en nombre de una abstracción llamada México”. Enrique Krauze coincide en este punto: “Del lado del movimiento hizo falta una condena dirigida explícitamente a los criminales”. Las psicologías y sociologías de baratillo suelen entonar esa estupidez de que los cuarenta mil muertos son “nuestros” muertos. Tampoco se tiene derecho a endilgarlos al presidente o al modelo neoliberal o a Estados Unidos. Como ha dicho el experto Edgardo Buscaglia: “Estados Unidos no tiene toda la culpa de la violencia en México”. El poeta hizo bien en tratar de mover la arboleda rocosa de la lucha contra el narcotráfico: corrupción, ineficiencia, violación de derechos humanos y etcétera. La Marcha por la Paz del poeta tuvo un defecto conceptual básico: no estamos en guerra. Ya hasta el presidente ha reconocido que se equivocó al sublimar su obligación de perseguir y detener a los delincuentes. Hablar de una marcha por la paz y de firmar un acuerdo por la paz es una grandilocuencia innecesaria, pero sobre todo implica un reconocimiento a la personalidad jurídica de los delincuentes. Si al presidente le sobra petulancia, al poeta le falta humildad. El fantasma del mesianismo se hizo carne en el Zócalo de la ciudad de México. José de la Colina escribe: “Al acercarme a la explanada del Palacio de Bellas Artes, en la que calculo que en ese momento habría unas quinientas personas, oí clamores y vi pancartas que proclamaban: ‘¡Los asesinos están en Los Pinos!”, y ‘Sacaremos a Calderón de Los Pinos’”. Sigue: “Y no oí ni una voz que disintiera de las barbaridades o proclamara algo de otro estilo”. De la Colina agrega: “Ahora por los noticiarios ‘en directo’ de la televisión pasan noticias visuales de la manifestación y no se ven ni se oyen las pancartas y las consignas gritadas, aulladas, ladradas en el inicio de ese acto por la paz y la unidad. Qué bien, quizá aquello cambió de sentido y todo y volvió a su anunciado propósito. Pero con aquel inicio había tenido yo más que bastante. No me gusta hacerles el caldo gordo a los profesionales del Resentimiento”.
José de la Colina apunta al final de su comentario lo más grave del movimiento encabezado por el poeta: “Ahora personajes y grupos muy visibles y ruidosamente protagónicos e ‘ideologizados’ se trepan al ‘movimiento’ iniciado por Javier Sicilia y lo van encajonando en una tendencia política de afines banderías: son tanto las huestes del SME como las de López Obrador y enmascarados del Ejército Zapatista, etc., mientras el mismo Sicilia, con quien no dejo de condolerme por su desgracia, toma cada vez más la gesticulación y la retórica mesiánicas (‘soy la voz de la tribu’, declara), desoyendo consensos del ‘movimiento social’ por él mismo iniciado, no sólo parece intentar convertirlo en un gran bandería más, sino que incurre en un modo de chantaje político con la exigencia de que, a cambio del diálogo con el gobierno, sea destituido el secretario de Seguridad Pública federal, quien casualmente es precisamente el que ha hecho lo mejor posible en el combate al crimen organizado”.
Acierta de la Colina en lo del chantaje político pero se apresura al calificar tan benignamente al funcionario.
La errabunda marcha del poeta se tornó en acierto al aceptar el diálogo. Un diálogo forzado por el chantaje no es diálogo, es chantaje. Pudo más la sensibilidad y el buen juicio del poeta que los graznidos de quienes abultan el rencor y la irracionalidad. Escribe Magris: “La historia del extremista revolucionario es una historia trágicamente estúpida que ha ocurrido muchas veces”. El poeta salvó el peligro, fue a dialogar y mantiene la esperanza de cambios urgentes. “No alimentar el odio”, dijo; después del diálogo, esas palabras son suyas, le pertenecen, las ha leído y escuchado en voces de los sensatos y no debe abandonarlas. Antígona es la tragedia y el poeta no tiene por qué representarla. El diálogo ha servido precisamente para eso: no agregar una nueva tragedia a las muchas que ya sufre el país por causa de los criminales y de sus cómplices en el mundo empresarial, en el político, en el religioso, entre la gente donde se siembra terror y dinero.
El diálogo del poeta y el presidente ha conjurado los peligros que se avistaban en un horizonte negruzco. El camino apenas ha iniciado. El poeta ha movido voluntades honradas y las ha reunido en objetivos comunes. Éstos deben traducirse en propuestas sencillas y concretas, en una agenda o programa de trabajo que involucre a partidos, empresarios, gobiernos estatales y municipales, a pueblos y ciudades. . . Deslindar responsabilidades claras, inequívocas. Son poco útiles las grandes palabras y las exigencias monumentales. Los problemas de inseguridad y de corrupción pública y privada son tan graves que es imposible arrancar de raíz, de un día a otro, las causas que las produjeron y los efectos que las agigantaron. El narcotráfico y la delincuencia organizada tienen una historia y es preciso estudiarla y contarla. No nació ayer. Pero la historia no es un tribunal justiciero que dicte sentencias inapelables, sino una manera civilizada que tenemos en para atender y resolver problemas del presente. En una democracia la historia no es ya la última instancia de justicia.
Ni Tolstoi ni Maquiavelo, ni Antígona ni Creonte. La democracia nos permite trascender las visiones hamletianas. Lo mejor es confrontar opiniones, dilucidar errores, reconocer aciertos. Se requiere un mínimo de buena fe (nada que ver con los moralismos de Tolstoi o de Gandhi). El poeta tiene esperanza: es católico y la esperanza es una virtud teologal. Pero las virtudes políticas no son todas unas pirujas de lupanar; algunas nacen o participan de una ética de la responsabilidad. Resistir es perseverar en el diálogo, en los acuerdos pequeños pero significativos que resuelvan tanto como sea posible los males que nos laceran.

miércoles, 8 de junio de 2011

En el último tramo nos vamos


En la democracia, la biografía de México comenzaría a ser la biografía de todos. La democracia pondría punto final a la biografía del poder”
Enrique Krauze

¿Desvaría el presidente Felipe Calderón?; ¿son deslices emotivos causados por los problemas que sufre el país, por la guerra interminable contra el narcotráfico, por la ola herrumbrosa de la delincuencia, por la lluvia ácida de críticas a los reales o hipotéticos logros gubernamentales?; ¿sentirá acaso su responsabilidad como una losa que lo inhuma y que el tiempo que le corresponde como presidente de la república lo empieza a vivir con una intensidad de tumbos y retumbos? Hace poco se llamó incomprendido y comparó su situación con la de Churchill. Parece un regreso al culto presidencial. ¿Se ha subido el presidente Calderón a la Historia con la representación de El Incomprendido? ¿Estamos nuevamente ante la teatralidad del poder de la que nos creíamos librados?
Si después de un día intenso de trabajo el presidente Calderón se toma unos tragos y se relaja charlando con sus amigos es un buen signo. No hay por qué alarmarse. Recuérdese que el presidente Echeverría se embriagaba con agua de horchata. Pero si los tragos son estragos y en ese momento lleva en el pecho la banda presidencial, el signo ya no es bueno.
En su artículo Frenesí discursivo, Jesús Silva-Hérzog Márquez concluye: “Difícil reconocer el perfil del presidente tras estos embates retóricos. De pronto aparece como un fascista que asigna a las fuerzas represivas una función mística; de pronto como un echeverrista celebrando la alianza histórica del gobierno con el movimiento obrero organizado. ¿No dicen nada los panistas?”
Calderón instituyó el día del policía y ya no se puede saber si el año aún tiene un par de días normales en los que no sea día de nada. Al policía lo bautizó como un “sacerdote cívico” y con la dirigente del sindicato de maestros Elba Esther Gordillo promulgó una alianza histórica. Por eso Silva-Hérzog Márquez habla del misticismo propio de un fascista y de un corporativismo que semeja a Calderón con Echeverría. En serio: ¿qué opinan los panistas? ¿Están dispuestos a cambiar su pasado civilista, el de Gómez Morín y muchos otros, por el fanatismo místico de las legiones sinarquistas? ¿Ya caducó la sensatez política de la mayor parte de sus dirigentes históricos y en su lugar aceptan poner en su hoja curricular la parlanchina verborrea de los últimos días de Luis Echeverría?
En distintos tonos, en el gabinete federal se ha intensificado una fiebre declarativa que deriva de la presidencial: la acusación indiscriminada de que gobernantes y políticos están o estuvieron coludidos con el narcotráfico. Cunde la desesperación en el equipo de Calderón y sus efectos se trasminan hacia abajo. No tengo duda de que existe un panismo que no se deja arrastrar por la corriente y que, a pesar del descenso de la credibilidad del presidente, de la vistosa caída del PAN en el Estado de México y de la muy probable derrota en el 2012, ese panismo sensato ve la necesidad de salvar al partido antes que retener el poder a cualquier costo. Ese panismo sensato es el que debe hablar y hacerlo ya, no importa si por causa de la autocrítica les llueven los ataques del propio presidente y del grupo de incondicionales que en el silencio fincan el espacio de aguas tranquilas para trascender en la política.
Las acusaciones de ligas con el narcotráfico a los adversarios políticos son, salvo prueba en contrario, artificios que se lanzan para producir desprestigio, no como investigaciones fundadas en pruebas viables de consignación y juicio. Da la impresión de que en Los Pinos dan por hecho la derrota en el 2012. Las reacciones parecen berrinches del derrotado, como si las elecciones presidenciales de julio del 2012 se hubiesen anticipado un año.
Como sea, los discursos del presidente Calderón son, como apunta Silva-Hérzog Márquez, preocupantes y alarmantes. El presidente no está en sus cabales. De pronto abandonó su lenguaje sencillo y directo –bobalicón, si se quiere– y ha pasado a un desentono que ahuyenta las posibilidades de acuerdos importantes para el país. Pero hay algo más que eso: las palabras de Calderón son tizas encendidas en el fuego político de la lucha partidista; además, extreman la temperatura del clima de virulencia social. Si algo debe pedirse al presidente Calderón en las actuales condiciones de violencia criminal, es prudencia, cordura, serenidad. Ni una de esas virtudes le han sido propias, pero antes pudo contener su muy criticado estilo impulsivo de gobernar. Ya Castillo Peraza, en una carta publicada no hace mucho, advertía de la expresión incontrolada de los impulsos del que entonces era presidente del CEN del PAN, ahora presidente de la República; mencionó sus estados inconvenientes y los malos modos de tratar a compañeros y subordinados. Ya no vio Castillo Peraza el ejercicio del poder de dos de sus ex compañeros de partido; no se puede saber lo que hubiera pensado, declarado o escrito sobre Fox y Calderón, pero lo podemos imaginar, pues Castillo era, antes que panista, un hombre libre. En el caso de Calderón, al menos habría podido confirmar sus preocupaciones. En este sentido, mejor para Castillo Peraza, pero el panismo no ha concedido que perdió al que fue el último aliento democrático y civilizado de su tradición política. ¿Qué piensa y opina Luis H. Álvarez? ¿Es su silencio un modo de no agravar los problemas o es temor de decir lo que piensa? Quiero creer que es lo primero.
En México siempre ha habido sospechosos. Hoy son legiones. La política se ha criminalizado y cualquiera que participe en ella se sitúa dentro o alrededor de alguna de esas legiones. La acusación de narcotráfico y delincuencia organizada es la descalificación más socorrida en el lodazal de rivalidades partidistas. Sin embargo, hacer de la acusación un instrumento indiscriminado en manos del poder, es un recurso que puede ser tan poderoso como inocuo, pues si todos son sospechosos, el panorama se ennegrece hasta oscurecerlo todo. El poder que el presidente Calderón ha puesto en manos de la PGR y de la Secretaría de Seguridad no parece que esté dando los resultados esperados, y en cambio sí se ha convertido en una espada de Damocles contra miembros de partidos contrarios.
El presidente Calderón ha llevado la guerra contra el narcotráfico al campo de los intereses de partido; ha traspuesto los lindes procesales y ahora casi cualquiera está al alcance. Sembrar drogas o armas es un fantasma que recorre el país; no sabemos qué tanto de verdad o de fantasía hay en esa práctica, pero es real que en la opinión pública se ha sembrado la duda irracional, el escepticismo sistemático. Zurcimos hipótesis como quien zurce calcetines deshilachados.
El uso político del poder punitivo del Estado es antiquísimo. La autocracia de los gobiernos del PRI la usó contra sus opositores y sus críticos, pero ni entonces éramos un país de sospechosos; ni entonces los ciudadanos comunes éramos candidatos a sufrir los ramalazos punitivos del poder policial. El uso político de las acusaciones de narcotráfico ha desplazado a la argumentación política y ha reducido el debate a especulaciones delictivas. El problema que de ello se deriva es grave: crece la antipolítica; ya no se cree a los Hunos ni a los Hotros.
Esta verdad de opinión pública es el desenlace de la falta de veracidad con que se conducen las investigaciones penales y la falta de respeto que muestran las autoridades por los procedimientos legales. La desacreditación de un personaje es el medio y el fin de los espectáculos montados en las detenciones y, aun sin detención, se apuesta más al impacto mediático de una acusación o de un rumor que humea su veneno por los medios de comunicación y por las mal llamadas redes sociales, que a la investigación profesional de los delitos y la consecuente probanza de los hechos.
La siembra verdadera es la semilla del desencanto. Del sentimiento gestudo del ciudadano nace el coraje, el resentimiento, el rechazo sistemático de la política.
En los discursos y decisiones policiales del presidente Calderón se tiran las líneas y las lianas que pueden conducirnos a un final de sexenio similar a otros de infame memoria. No es Felipe Calderón precisamente un modelo de madurez política ni de apacibilidad psicológica, pero su gobierno ha sido, hasta hoy, un contraste de buenos y malos resultados, un gobierno que ha procedido, dadas las dificultades y circunstancias económicas y criminales del país, de modo regularmente aceptable. Ahora ha empezado la parte más difícil. El final atropellado puede convertirse en un brochazo de pintura negra en un cuadro de claroscuros.
Si el presidente Calderón le ha causado mucho o poco daño al país es una cuestión retórica que tiene que ver con el grado de escepticismo del que juzga. El problema real es el daño que puede llegar a infringir si no detiene sus desenfrenos verbales y sus decisiones de botepronto. No tengo duda del daño que Fox y Calderón le han causado al PAN; ahora se pueden ver señales de que el último año del sexenio puede acabar como el de los presidentes Echeverría, López Portillo, Salinas y Fox.
De la temperancia de Calderón depende en buena medida el relevo pacífico del poder. El tema no es asunto de reflexión desde que Lázaro Cárdenas le entregó la presidencia a Ávila Camacho. La violencia estuvo presente en esa sucesión y en la de Ruiz Cortines, pero eran coletazos facciosos de los parientes pobres de la familia revolucionaria (los parientes pobres Almazán y Henríquez Guzmán eran millonarios).
El potencial de violencia electoral y post electoral reaparece como secuela agigantada de la virulencia de Andrés Manuel López Obrador en el 2006. Miles pueden ser arrastrados. Por eso la cordura de los actores políticos y el decoro de las formas también es fondo democrático.


lunes, 6 de junio de 2011

La abolición de los rincones

A Rogelio Garfias

El sol, por fin, se ha detenido. El viejo anhelo del hombre fuerte se está cumpliendo sin que apenas lo hayamos notado. Petrificado en lo alto del cielo, su luz, como un solsticio fijo, ya casi no da sombras. Pero su luz quema; sólo durante algunas tardes de invierno su calidez es como una tapia de bruma que, aun transparente, sosiega un poco la furia solar.

No hace mucho la transparencia era la más justa de las exigencias humanas. Las noches eran largas y sus sombras cubrían el día entero. Queríamos saber, teníamos derecho a saber, era preciso saber; la democracia era, es, transparencia; saber lo que ocurría en los rincones del poder –rincones oscuros, tenebrosos, sombríos– era, es, una manera de desvelar los misterios del poder, de descarrilar el cortinaje negruzco que escondía la madeja –los intríngulis, los cruces y entrecruces de los acuerdos– cuyas hilillos apenas se desprendían de esa madeja como de un estropajo huyen las fibras menos aptas para la rudeza de la friega del cochambre.

El día se ha vuelto casi eterno. Adormecidas las noches y aluzados todos los rincones, incluso los vericuetos de los matorrales de flores campiranas, el día ha dejado de ser día; sin las noches que guardan secretos y misterios, el día es un sol que ha despojado el amanecer de sus fulgores y entusiasmos y ha derruido el éxtasis de las maravillas multicolores de los crepúsculos de otoño. Sin la noche, el día es nada; es luz ardiente o filmación invisible; es brillo cegador o vigilante ciego. Nada escapa a la luz, nada le es ajeno. Las personas somos filmadas por cientos de cámaras instaladas en todas partes, en patios y oficinas públicas, en bancos y comercios, en terminales de autobuses y aeropuertos, en las calles, en una plaza que parece apacible, entre la gente y el ruido, en el rincón sombreado de soledad de un parque, a la entrada del vecindario, en el interior de las casas. Asistimos, sin tomar conciencia de ello, al exterminio de los rincones. Lo que es una virtud pública es un vicio privado y lo que es un vicio privado no ha alcanzado el privilegio de ser una virtud pública. Así, por ejemplo, la transparencia que exigimos a los gobernantes y a todos aquellos que ejercen un poder sobre la sociedad, lo hemos adoptado –o no se nos ha impuesto por razones de seguridad, es decir por nuestro bien– en el ámbito de la vida privada, en el restaurante, en la calle, en un jardín, en la sala de la casa, en la alcoba. La sociedad se ha vuelto transparente a fuerza de cámaras y micrófonos a la vista de todos y de ello no se infiere que seamos una sociedad más abierta ni que el Estado sea más democrático que en tiempos. Si no conviene que la transparencia de los asuntos públicos sea total, menos conviene que lo sea en los asuntos que no lo son, los que corresponden, según el sentido común, a la esfera de la persona y su soledad o a las soledades juntas llamadas “familia”.

La claridad es buena en sí misma sólo si las excepciones le dan sentido o significado. Una vida sin escondrijos es una vida despojada de sus prendas íntimas. Porque ¿qué es una piel de mujer si su aroma desaparece? ¿Qué es el sabor sin el aroma? Si todo es sol, ¿cómo mirarlo sin temor a ser achicharrado con su mirada feraz? ¿Qué es la luz del sol si ciega y no alumbra?

En un magnífico artículo publicado hace unos días en El país de España (Psicoanálisis del rincón), Vicente Verdú aborda el asunto con una sombría lucidez que encalla en la conciencia de quienes vivimos en tiempos de sol intenso, en claroscuros deslumbrantes y oscuridades de temor, suspenso o miedo. En los días terribles la noche es una esperanza que nos ayuda a no deshilar la integridad del espíritu y en las noches tenebrosas la aurora rehace la trivialidad de la existencia y ahuyenta los demonios densos de la fatalidad.

Los peores crímenes no se cometen en las sombras de la noche sino a plena luz del día. Esto lo sabían los mafiosos antiguos y la lección la han aprendido los delincuentes de nuestro tiempo: si quieres ocultar algo, hazlo a plena luz del día, a la vista de todos. En los hechos, los delitos más graves (la ejecución de un grupo de jóvenes, pongamos por caso) se llevan a cabo en la multitud, delante de la mirada de muchos. Estos crímenes son los más difíciles de resolver. De esta talla son los asesinatos políticos: entre más se indaga y se descubre, menos se sabe de los hechos. Dígalo si no el caso del asesino del emperador austrohúngaro que en 1914 detonó la Primera Guerra Mundial, el crimen del presidente Kennedy o el de Luis Donaldo Colosio. Al Capone fue condenado no por sus masacres callejeras sino por evasión fiscal, con pruebas documentales guardadas durante años y resguardadas en la confidencialidad y aun en el secreto. El tiempo y los testigos se encargan de acrecentar las dudas, no de aclarar los hechos. Pasados los años, sabemos menos de lo que sabíamos diez minutos después de cometido el delito. Un abogado penalista sabe que la cantidad de testigos es la cantidad de tierra que sepulta, no la claridad que conduce a la verdad histórica.

Escribe Vicente Verdú que si un fenómeno caracteriza nuestra época es el de la transparencia. Comenta el libro Cultura Mainstream del escritor Fréderic Martel: la uniformidad del pensamiento coincide con la supervigilancia dentro y fuera de la red. Se trata del mayor reportaje sobre la cultura de masas tradicional, apoyada en el cine, la televisión, el libro o la música. No hay forma de escapar a la contaminación mediática que tiende a convertirnos en consumidores culturales de lo mismo. Todos vamos en la misma frecuencia, trátese de un partido de fútbol o de un espectáculo artístico. La industria del entretenimiento es, después de la industria espacial, el primer exportador de Estados Unidos. Se pregunta Verdú: ¿Tanta diversión se pide? Así como las vacaciones se convirtieron en una obligación sacramental de los mexicanos, así mismo el entretenimiento ha ocupado casi todos los sitios que antes ocupaban los juegos decididos por cada quien, incluidos los muy divertidos juegos infantiles de esconderse de la mirada de los otros. El de las escondidas era un juego cuyo trayecto era sumamente provechoso, tanto porque había talentos especiales para ocultarse en los rincones menos previsibles cuanto porque los jugadores lograban sentir ese suspenso de buscar y descubrir y de saberse buscado y no encontrado. La amenidad se nos ha impuesto con su carga de transparencia y a la vez se han perdido multitud de ocasiones para inventar reglas, interpretarlas y aceptarlas. En la década de 1960 se llamó a la televisión la industria de manipulación de las conciencias. La cultura del entretenimiento de hoy ha conseguido homogeneizar los gustos y se le han cortado las alas a la imaginación, a la individualidad.

La transparencia ha sido en buena medida la topografía que nos ha cancelado la posibilidad de apartarnos de las voces y las miradas de los otros. Las casas de antes eran geografías de escondites; lo mismo servía un ropero, el tronco y el ramaje de un árbol, el cuarto de triques, el fondo semioscuro de una cama cuya colcha besaba con sus orlas redondas el piso rojo, una pared malhecha y ahuecada, una techumbre herrumbrosa a la que nadie iba nunca (excepto para esconderse) y una gran variedad de rincones que servían para jugar y sentir el poder de ocultarte y tener opciones para ejercer ese poder.

Escribe Verdú sobre la escasez de escondites, de nichos donde forjar un nido propio, diferente y particular. De este modo, el rincón sería la metáfora perfecta para ilustrar la ceguera de la transparencia que caracteriza nuestro tiempo. Si todo es transparente, entonces ya nada lo es.

Un buen día ganó la funcionalidad de las construcciones de edificios y casas. En los hechos, la arquitectura funcional fue la menos funcional que se podía ver y habitar. La luz y el vidrio fueron en su momento los dogmas de una vida que translucía una verdad aparente, pues todo lo que es visto y sabe que es visto pierde en esa proporción su realidad. Nadie al que le dicen que van a filmarlo es el mismo; en realidad, al momento en que el foquillo rojo de la cámara se enciende, cada quien se desprende de sí y se convierte, o trata de convertirse, en otro. En épocas de violencia e inseguridad la gente cambia. He visto el fenómeno en Ciudad Juárez. La gente simula una mayor amabilidad y se esfuerza por parecer bueno, decente; sus palabras y sus cordialidades parecen decirte “Mira, yo no soy narcotraficante, yo soy bueno, date cuenta, no te vayas a confundir, no me vayas a confundir”.

Las casas que se han construido en por lo menos los últimos cincuenta años son planas y diseñadas para que el sol enseñoree sus luces vigilantes y morbosas. Las casas de antes estaban caracterizadas por los recovecos que le permitían a cada miembro de la familia, incluso en las casas de los pobres de las orillas de la ciudad, apartarse por momentos de la presencia de los otros. Cuando tal cosa no era posible, en el campo abierto había más escondrijos que en los viejos castillos medievales, porque ¿quién te podría encontrar en la exuberancia de troncos, ramas y altura de un álamo gigantesco o dentro de un hueco delgado de un garambullo? Las construcciones modernas son, dice Verdú, formas que abolieron los rincones. Casas de ricos o de pobres, contrahechas u oscuras, eran más luminosas que las casas modernas, de ricos o de pobres, donde es posible verlo todo desde todos los sitios de la casa, construidas panópticamente para que nadie escape a la vigilancia. La abolición de los rincones es también el exterminio de una intimidad que permitía a la persona resguardar sus secretos, su yo particular y distraído.

miércoles, 18 de mayo de 2011

De qué muere la gente


Escribe Claudio Magris que nacer es más terrible, más violento y más absurdo que morir. ¿Quién lo puede saber? Tal vez los muertos lo sepan pero no tenemos testimonio fiable de esa experiencia. Como sea, el acto creativo es doloroso; lo fue la explosión del Bing Bang y lo sigue siendo un parto; lo ha sido siempre la génesis de una hecatombe y la creación solitaria de un poema escrito hace dos mil años ante una vela tímida que parpadea hasta que se apaga. Crear duele y por eso vivir tiene sentido.


La gente nace y en el curso de la existencia aprende la costumbre de morir. No es lo mismo, sin embargo, tener conciencia de la muerte que la presencia de ella. El tiempo y las circunstancias hacen la diferencia: no es igual tener veinte años que ochenta ni es lo mismo vivir en una ciudad apacible que en otra donde las esquirlas cruzan de una acera a otra o provienen de un callejón tenebroso donde las luces fugaces e intermitentes de la metralla rasgan el silencio y las balas vuelan libres y caprichosas, haciendo trizas el azar, crepitando la indiferencia con que uno camina vestido de desparpajo, iluminado por la textura invisible del retraimiento.


Tienen culpa los que nacen y la tienen los que causan el nacimiento. Esto es más cierto ahora que antes. Traer un hijo al mundo ha adquirido sentidos y tonos diferentes. La gente ve el mundo y se retrae; ahora se la piensa; analiza y discute con el marido o el amante; tiene conciencia de que el mundo está convertido en un tiradero de fierro oxidado, que la lluvia es ácido mortal, que las aguas de los ríos son lixiviados venenosos, que la inseguridad y la violencia enseñorean su crueldad a diestro y siniestro; sabe de la pederastia y el tráfico de menores, del desempleo y de esto y lo otro.


Hace unos días, en el elevador de un hotel de la ciudad de México, le comenté a una guapa muuchacha embarazada: “Es una maravilla ver una mujer embarazada”. Ella me respondió al instante: “Para que veáis que, a pesar de todo, todavía confiamos en vosotros”. Era, como se oye, una muchacha española. El “vosotros” es “ustedes los hombres”, pero también puede interpretarse como reproche a la estupidez globalizada.


Algunas madres sienten culpa de haber traído al mundo a uno o a sus hijos. El enunciado anterior es políticamente correcto pero es inexacto: la culpa la llegamos a sentir todos, madres y padres, según las circunstancias. Hay épocas especialmente propicias para la culpa de hacer nacer: violencia extrema, miseria, guerra, calamidad, pertenencia cultural. En alguna parte de uno de sus libros (creo que Dossier K) el escritor húngaro-judío Imre Kertész (Premio Nobel de Literatura 2002) escribe sobre la culpa del judío de procrear en un mundo hostil que los persigue, los destierra y los mete en hornos crematorios. Muchos se consuelan apelando a la voluntad de Dios, pero este consuelo, una cobardía, apenas sirve para no reconocer, con Montaigne, que el recién nacido ya tiene edad suficiente para morir. El mismo Kertész escribió uno de los libros más tristes y bellos sobre la muerte: la muerte de lo que nace o no nació. El libro es Kaddish por el hijo no nacido. En realidad es una oración que llora por el niño que no nació en él. Kertész, que estuvo en un campo nazi de exterminio, soñaba que Auschwitz era la imagen misma de su padre. El fantasma de Kafka. Ya el católico Georges Bernanos, tan genuinamente católico que no perdía el tiempo en rezos, lamentaba la muerte del niño que fue.


Nacer, además de terrible y violento como apunta el escritor italiano, es un hecho culposo. No siempre ha sido así o tal vez la gente antigua no alcanzaba a intuir siquiera que una culpa escondida en algún rincón de su memoria profunda obedecía a la costumbre de ser parte del nacimiento de otro. Dar vida es un gozo y una pena al mismo tiempo. Como sea, con el dolor a cuestas –del que hace nacer y del que nace–, vivir es la más sorprendente y milagrosa de las maravillas, una experiencia que nos ha sido dada accidentalmente a una minoría selecta azarosamente. Se nace por accidente y ya después poco se sabe sobre el acto de morir. El tema es recurrente en el escritor húngaro Sándor Márai: una cosa es la muerte y otra muy distinta es el acto de morir.


De Márai (1900-1989) acaban de publicarse en español sus Diarios 1984-1989. Son notas que va escribiendo sobre la muerte, la de su mujer que se fue desgranando hasta quedar reducida a un olote oxidado, la de sus hermanos y amigos, la suya propia, el proceso de putrefacción que Márai vivió de los 84 a los 89, unos días antes de darse un tiro. El libro me conmovió hasta el llanto.


Cada uno de sus últimos días Márai pensó en su muerte, pero el tormento de morir no fue de ningún modo un pensamiento sencillo. Anota el 11 de abril de 1984: “Quietud si pienso en la muerte. Inquietud si pienso en el morir”. Fallecida su esposa con la que convivió más de sesenta años, Márai dispuso su triste existencia en torno a la agonía. Él, enemigo mortal de las armas, compró una. Incluso tomó lecciones de tiro: aprender a matar-se.


En el camino de sus notas garabatea breves reflexiones sobre el momento: planear para los siguientes cinco segundos. Lee poco: Voltaire, poesía húngara (la lengua es la verdadera patria, repite), Don Quijote (dice que es la novela más hermosa de la literatura universal). Márai descubre la bella fatalidad de morir sano: “Ha de ser bonito morir sano”, apunta. Pero la realidad que tuvo que padecer los últimos meses modificaron esa convicción: fue víctima de la costosa industria del dolor, de la vejez y de la agonía. A los médicos los llama perreros con título. Descubre que todo es mentira: “lo que los curas, los médicos y la gente de toda clase masculla sobre la muerte. La realidad de la muerte es asquerosa”. Cuando Márai siente cerca la muerte huele su pestilente aliento. Sin embargo, a veces se consuela con un verso: “Tal vez no sea gran cosa la muerte”. El viejo escritor ironiza: “Es posible. Acaso el poeta estaba en lo cierto, teniendo en cuenta que todo el mundo ha pasado por ello y nadie ha presentado una queja a posteriori”.


Humor fúnebre el de Márai que se va diluyendo como si estuviera metido en un tambo de ácido. Lee a Spinoza: “Todo está en Dios. Y Dios está en todo. Sin embargo, Dios no puede ser el Dios de las religiones”. Las religiones institucionalizan la muerte y al hacerlo la deforman, la desfiguran, la convierten en un espectáculo plañidero y la disponen para que el comercio de la agonía y de la muerte se enriquezca como ninguno otro: “El robo descarado ejercido por la medicina y sus compañías es asqueroso”. Los curas, agrego yo, bien que contribuyen a que esa industria sea hoy tan floreciente como el comercio de drogas o el consumo de comida chatarra. Todavía tiene Márai el humor de ironizar sobre la comida chatarra: una tarde va a comer a un restaurante de comida china. Los chinos, piensa, ya tienen bombas atómicas, pero aún no han sido capaces de inventar el cuchillo y el tenedor.


El 15 de enero los Diarios 1984-1989 tienen el siguiente apunte: “Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora”.


Se suicidó el 21 de febrero de 1989. Ante la muerte del otro uno sólo piensa tonterías. Yo pensé: “ya no se enteró Márai de la caída del Muro de Berlín”. Sin embargo, pensé también en las últimas palabras que le dijo su esposa: “Ten cuidado de no mezclarte con mala gente”.


Sabemos, al menos desde Montaigne, que morimos no porque estemos enfermos sino porque estamos vivos. Esta verdad elemental no nos permite, sin embargo, comprender la muerte ni el acto de morir, y menos nos sirve de consuelo cuando enfrentamos esa abstracción a la que llamamos muerte o el recuerdo de aquella tarde de diciembre cuando una bala lanzada desde la oscuridad rozó los cabellos sueltos de tu cabeza. La muerte ronda en redondo; llega cuando se le da la gana y no llega cunando debiera. Eso debiera producirnos una profunda alegría: “Estoy vivo. ¡Viva la vida!”.


En su Autobiografía, Bertrand Russell, el más importante filósofo desde Kant según afirma el sabio Karl Popper, anota: “He buscado el amor, primero, porque conduce al éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por una horas de este gozo”. Eso mismo lo suscribe cualquiera que tenga entre sus manos la esplendorosa oportunidad de unas horas de ese inmenso gozo.


La vida es una fiesta porque es breve y porque cada vez los invitados son otros. La muerte es un misterio y no se ve en el horizonte científico nada que lo desvele. El propio Einstein abogaba por mantener en su lugar los grandes misterios de la vida. Era un hombre sabio: el conocimiento racional es escaso y por eso debemos cuidarlo como el mayor tesoro de la humanidad. Es penoso que la gente actual se desfigure y se des-configure: le tienen demasiado miedo a morir. Ha de ser porque le tienen miedo a la vida. A los 87 años, la mujer de Sándor Márai era una mujer hermosísima, más aún que en sus distintas juventudes.


Las parejas de hoy ya no quieren hijos. “Salen muy caros”, dicen. Pero no es la carestía material de la vida sino el exceso de expectativas que el consumo ha impuesto como deberes sacramentales, uno de los cuales es mantener a una persona con vida al costo que sea, económico y moral. Antes la gente se moría con dignidad, en su casa y en paz. La industria de la muerte ha transformado esa costumbre; el mercado de la agonía ha abierto un abanico de posibilidades de vegetación. El negocio de la agonía es cruel pero la muerte es un negocio en sí mismo.


El día que Márai esparció las cenizas de su mujer en el mar de San Diego, California, una vez que el representante de la empresa fúnebre se despidió del escritor, le comentó en tono amable y servicial: “Esperamos que haya quedado satisfecho. Vuelva pronto”.



miércoles, 4 de mayo de 2011

Coleccionista de fisuras



Las opiniones contundentes son muy apreciadas. Algunas son torpes y groseras, otras son ingeniosas y unas pocas rallan en la genialidad. Nos gustan las frases breves, redondas, punzocortantes. Se han escrito cuentos extraordinarios de una sola línea. Los textos largos y el bla bla bla suelen ser tediosos, periféricos, ambiguos y hasta pueden producir sordera. Entre menos palabras, mejor, se dice con rotundidad. Lo bueno, si breve, doblemente bueno, se repite como verdad incuestionable. El gusto por la brevedad lo heredamos del lenguaje, no de la realidad; pero tal vez sea más correcto decir que la lengua latina tuvo en la sentencia la fórmula ideal para atrapar la realidad en unas pocas palabras. “Muchas noticias en pocas palabras”, se decía con inicua vanidad periodística.


En la vida cotidiana sucede lo mismo y lo contrario al mismo tiempo. Por un lado le pedimos al hablante que sea breve y concreto, que no le dé vueltas a un asunto que es o parece sencillo. Por el otro, le pedimos al hablante del país de Laconia que se explique, que amplíe con palabras su parquedad. Creo que todos nos hemos topado en la calle con alguien al que saludamos y eso basta para que nos cuente la historia de su vida. También nos hemos dado encontronazos con los cortantes monosílabos que te dejan sin habla, sopapos que enmudecen.


Todo depende, desde luego, de las personas que hablan y del momento en que lo hacen. No es lo mismo un amigo que un enemigo y tampoco lo es una amante que una esposa. A los amantes les sobran promesas y a los esposos les faltan sobremesas. En el primer caso la vida de los novios es exuberante y en el segundo las sombras de la muerte envuelven el silencio de cónyuges agobiados de sí mismos. La generalización no es justa: hay matrimonios vitales y hay amantes que se matan; he visto cónyuges amorosos y amantes que se sacan los ojos y se rasgan los ojales. “Hay palabras que duelen como una mordedura”, dice un poema húngaro; palabras densas como el cianuro.


Ya se habrá dado cuenta el lector de que le estoy dando vueltas al asunto y no entro en materia. Es el Cantinflas que llevo dentro. Georges Steiner preguntaría, con razón, ¿Qué quieres decir en sentido literal? Puntuemos:


1. No es lo mismo pensar, hablar y escribir. En el habla hay también diferencias: obvias unas, sutiles las otras. El poeta José Emilio Pacheco dice que no es lo mismo platicar que charlar o conversar. Tiene razón: la gente de antes (se) platicaba mucho: “Platícame” o “Déjame platicarte” eran expresiones que anunciaban el arribo de anécdotas que el oyente adornaba con un arqueo de cejas, una boca que se abría sorprendida, una mano que se cubría los labios para contener el asombro, una exclamación onomatopéyica. Hoy es común escuchar entre los jóvenes “¡Guau”!


2. Charlar es otra cosa y tiene sus diferencias de fondo con conversar y dialogar. Entre charlar y conversar la diferencia es sutil pero profunda. Por definición, la charla es desparpajada. La solemnidad y la seriedad no están invitadas al banquete. El abuso puede rallar en charlatanería. Sin embargo, es más exacto decir que el charlador puede degenerar en parlanchín, pues el uso del vocablo charlatán se ha extendido hasta emparentar con la farsa y el farsante. Si el lector quiere un ejemplo a la mano, léase El maestro de almas de la escritora rusa Irène Némirovky, una novela que narra la farsa arribista de un emigrado que, nacido en las profundidades del hambre, la humillación y el sentimiento de inferioridad, busca, mediante la fama y el reconocimiento, resarcirse de un pasado marginal. El personaje aprovecha la ignorancia de las damas burguesas del París de entreguerras que pagan lo que sea con tal de curar su incurable manía de sufrir dolencias imaginarias. Eran tiempos en que el psicoanálisis estaba de moda y de muda. La novela de Némirovsky no es buena, pero un par de personajes está bien logrado. Irène, escritora judía acusada de antisemita, murió en un campo de exterminio nazi en 1942, por judía y no por antisemita.


3. Un parlanchín no es necesariamente un charlatán y un charlatán no es necesariamente un parlanchín. Dos parlanchines se oyen como una tambora sinaloense y más de dos parlanchines parece la cámara de diputados. En cambio, un charlatán pasa por un loco y más de dos charlatanes fundan una nueva escuela terapéutica.


4. Conversar es un desparpajo con control de calidad; es la intercalación de pocas voces, un coro de dos o tres amigos (y no más de cinco); la armonía y el ritmo pausan el divertimento, las opiniones se engarzan y se pulen sin previa intención de acuerdo. El fin de la conversación no es el acuerdo sino el placer de opinar y escuchar. Conversar no es lo mismo que dialogar. La diferencia está en las reglas (mínimas en el primer caso, suficientes y claras en el segundo) y en el objetivo: el diálogo se propone resolver un conflicto o atemperar una diferencia, la conversación no. El diálogo es un remedio eficacísimo cuando las diferencias chocan y sacan chispas. Se inventó hace dos mil quinientos años. Fue el título con el que Platón envolvió el método de Sócrates para llegar a la verdad. Algunos Diálogos de Platón son una delicia intelectual, pero en su mayoría son insulsos, sobre todo porque Platón tenía la pésima costumbre de reunir a Sócrates con unos interlocutores de bajo nivel y algunos francamente bobos. Además, es natural que Sócrates envejeciera y que su mayéutica degenerara en dogmática. En nuestro tiempo, el Sócrates de La República sería un cofrade de sacristía. Prefiero creer que el que envejeció fue Platón y que hizo decir barbaridades a su maestro, al maestro de la humanidad.


La perífrasis me ganó otra vez. Dejemos las veredas y volvamos al camino. Además, los acólitos de Platón ya andan en campaña política ofreciendo la salvación del país y la felicidad del pueblo. Dejemos el diálogo para el conflicto y para los amantes rijosos. Acéptese que dialogar es el medio par excellence que tiene una democracia para evitar la guerra.


5. Es inútil abrir el diccionario para encontrar las diferencias entre platicar, charlar, conversar y dialogar. La experiencia es más útil. En la calle o con los amigos el Verbo se hace carne; al encarnarse, corre el riesgo del sobrepeso y la obesidad. Como el Estado Clínico ha entrado a la vida privada e incluso se ha metido debajo de la piel de la intimidad –ya no hay tiempo para avisarle que su visita no es bienvenida–, mejor pensemos en prevenirnos de las prevenciones, no sea que un día de estos la Organización Mundial de la Salud dictamine que hablar en exceso produce daños a la propia salud y a la de los oyentes, a quienes se llamaría “parlantes pasivos”. Tal vez la gente apacible aplaudiría una norma que prohibiera el habla espamentera en los lugares públicos para no dañar la salud de aquellos que cuando comen no conocen o de los que sólo hablan con la mirada. Imagino que, de aprobarse la norma, un grupo de amigos tendría que conversar con susurros vigilados por cámaras auditivas. Como se ve, entré en vericuetos y aún no doy inicio al tema.


6. La sabiduría de nuestros mayores insistía en que había que pensar antes de hablar. Un poeta polaco va más lejos: hay que pensar antes de pensar. El poeta ignora que esta práctica es antiquísima. Antes de pensar la gente meditaba o hacía oración, formas de pensar antes de pensar. La fe de nuestros mayores nos aconsejaba, antes de ir a un examen escolar, encomendarnos al Espíritu Santo. Sin embargo, no es lo mismo meditar que pensar y el meditabundo no necesariamente medita o piensa. Algunos meditabundos son como los personajes de una historia de Isaak Bábel: “agobiados de la pastosa tristeza de los recuerdos”. En ojos cerrados no entra el sol y en mentes en blanco no entran los recuerdos. Pero este es otro tema; es el tema de la culpa y el perdón. Mejor retomemos el buen camino. Los últimos días de Bábel son de un dolor que aún no tiene nombre.


7. Somos herederos de la paráfrasis tanto como de la perífrasis, así del aforismo perfecto como del aforo imperfecto. El pensador francés Clément Rosset escribe en su Tratado de la idiotez que la lengua latina no es la lengua de la disolución y de la hinchazón, sino más bien de la concisión y la sobriedad. Y, sin embargo, el latín es una lengua grandilocuente, y eso en virtud de su concisión misma: condenada a resumir, no puede dejar de caricaturizar, de encerrar la multiplicidad de lo real en fórmulas necesariamente sumarias, aproximadas y convencionales. Somos herederos de las frases lapidarias. Lo curioso es que las frases que uno ve en las lápidas no son diferentes unas de otras. Sería una actividad intelectualmente divertida pasear entre tumbas y descubrir epitafios geniales. Muchos han ideado el suyo. Llegado el momento, nadie lo recuerda ni quiere recordarlo. En la mayoría de las ocasiones son las funerarias las que ofrecen un catálogo de frases hechas que pueden resumirse en una: “Te recordaremos siempre”. Hace poco, en un pueblo del desierto norteño, entré al panteón y caminé entre las tumbas. No lo hice como homenaje en el día del centenario del nacimiento de E. M. Cioran, uno de los más geniales escritores de aforismos, sino para ver si en la aridez y el polvo se podía encontrar un epitafio diferente. Nada. El insoportable calor quemaba pero no iluminaba. Recordé, a falta de otro mejor, el epitafio de la tumba de Groucho Marx: “Disculpen que no me levante”. También el de un amigo que admiraba al emperador romano Julio César: “Vine, viví y me morí”. Andar entre tumbas es un gozo cuando se siente la intensidad de la vida. La muerte no es cruel sino el acto de morir. Sándor Márai escribe en sus Diarios sobre la crueldad que los humanos le damos a la muerte. Cuenta de un rey etrusco que ataba a los presos a cadáveres, cara a cara, y los dejaba así hasta que el vivo se pudría junto al muerto. En fin, a nada conducen estas atrocidades. El tema es otro.


8. Somos fanáticos de la sentencia, del adagio, del aforismo. Los refranes son oraciones breves y sustanciosas; con ellos explicamos un hecho o juzgamos a una persona; con un dicho nos consolamos o nos reímos; con un refrán comprimimos la complejidad de lo real.


Lo anterior no quita que seamos legítimos herederos de un lenguaje vasto y rico en matices, modulaciones, inflexiones, intensidades e intenciones. Hemos depredado esa herencia. El habla común ha quedado reducida a menos de sesenta palabras. El asunto sería irrelevante si no fuera porque, como lamenta Steiner, ahí donde una lengua, por pequeña que sea, se extingue, se extinguen también muchos mundos, trozos enormes de humanidad. Veamos si podemos dejar los escarceos cantinflescos.


9. Los escritores de todos los tamaños son adictos a las entrevistas. Se entiende que quieran saber el tema o preguntas de la entrevista. Que un micrófono no te agarre desprevenido es parte de la legítima defensa. Algunos grandes escritores revisan antes las preguntas y los hay quienes las escriben; es decir, se auto entrevistan. El caso de Vladímir Nabókov es particularmente provocador: arrasa con todo y contra todos; no tiene el genio de Karl Krauss o el de Borges, pero Nabókov responde la que a mi juicio es la mejor crítica que se ha hecho al psicoanálisis.


Entrevistador: “¿Lo han psicoanalizado alguna vez?”
Nabókov: “¿Me han qué?”
Entrevistador: “Si lo han sometido a un examen psicoanalítico”
Nabókov: “¿Por qué, Dios mío?”


La contundencia irónica de Nabókov no es una buena forma de concluir un artículo que, hasta esta línea, no va a ninguna parte, acaso porque tiene todos los frentes abiertos. Se impone una confesión: soy coleccionista de fisuras. Sé que los escritores conciben un libro y luego piensan en el título. Es probable que un escritor tenga primero un buen título y luego piense en el contenido del libro. Muchas veces es el editor el que sugiere o impone el nombre. Lo cierto es que hay títulos de libros que valen oro.


10. Hace poco, leyendo La nieve roja de escritor ruso Sigismund Krzyzanowki, me encontré con excelentes títulos (el de este articulito lo tomé prestado de él). En 1930 publicó un ensayo breve llamado La poética del título. Es un escritor digno de estar entre los grandes del siglo de plata de la literatura rusa, aunque es casi desconocido. Joseph Brodski decía que la gran literatura rusa había concluido con Vasili Grossman; en realidad sería más exacto decir que concluyó con Brodski. Después de Marca de agua, ¿qué escritor se atrevería a escribir sobre Venecia? ¿Dónde encontrar ensayos literarios sobre Mandelstam, Ajmátova, Tsvietávieva y Platónov mejores que los suyos? El atajo es interesante pero se aparta mucho del camino. La libertad es un puñado de fisuras y atajos. Mejor termino.


11. El epígrafe es un arte de marcas de agua en los libros. Los hay tan buenos que incluso son superiores al libro. No es el caso de la historia de las drogas de Richard Davenport-Hines (La búsqueda del olvido). Uno de los epígrafes es una cita de Carl Jung:



“Toda adicción es mala, ya sea la droga, el alcohol, la morfina o el idealismo”.


En fin, me he perdido y no hallo cómo salir al claro. Si una veredilla me atrae, la sigo al instante; en los caminos del bosque, en un tronco bordeado de misteriosas figuras o en una piedra herida de tiempo, hay fisuras por donde escurre el clima. En sus oquedades se oyen murmullos suaves y cadenciosos, encantamientos que vienen de más allá del país de Babia.


2. Entre escritores, ya se sabe, se dan hasta con la cubeta: la envidia elevada a la genialidad literaria. En Las armas y las letras el escritor español Andrés Trapiello recuerda que Unamuno llamaba tonto al escritor Salvador de Madariaga. La vez que alguien defendió a Madariaga exaltando que hablaba cinco idiomas, Unamuno respondió: “Más a mi favor: es un tonto en cinco idiomas”.


domingo, 1 de mayo de 2011

La tía Julia y los piqueteros

Un grupo de intelectuales argentinos protestó, desde principios de marzo, contra el hecho de que Mario Vargas Llosa inaugurara la feria del libro de Buenos Aires y exigió que se vetara su presencia. La presidenta Cristina Fernández pidió que se retirara la carta de protesta, pero nada se hizo para garantizar la apertura y el discurso inaugural, el pasado miércoles, como estaba previsto.
Vargas Llosa leyó, en otra parte de la ciudad, su discurso: “Defender el derecho de los libros a ser libres es defender nuestra libertad de ciudadanos, el precioso fuego que la atiza, mantiene y renueva". De la ira ideológica de los intelectuales argentinos por la presencia de Vargas Llosa en Buenos Aires, Fernando Savater, también en la feria y también repudiado, hizo la mejor de las críticas: reírse de los intelectuales argentinos.
La inauguración oficial de la feria del libro fue un acto político. En otra parte Vargas Llosa habló de los libros: son “como árboles de un bosque encantado, se animan al abrirlos. Basta que celebremos con sus páginas esa operación mágica que es la lectura para que la vida estalle en ellos".
El escritor llamó a los indignados con su presencia “piqueteros intelectuales”. Antes, un pequeño grupo de piqueteros cortó el tráfico frente a su hotel y exigió su salida del país. El escritor declaró: "Les vi desde la ventana. No eran muchos, pero hacían mucho ruido. Gritaban contra mí”.
Pero ¿qué son los “piqueteros”?
Los piqueteros son grupos pequeños de manifestantes que defienden lo mismo a los Hunos que a los Hotros. Tal como los conocemos, nacieron a la vida pública hace poco. Surgen cuando el gasto público deja de alimentar la demagogia. Se puede decir que son hijos del populismo político que durante la década de 1970 gastaba a manos llenas (con cargo a la deuda pública y a la inflación). Suelen ser utilizados por grupos de poder y en muchos casos obedecen a intereses de partido o ideológicos. Actúan en el linde difuso de la legalidad y es común que, en nombre de la libertad de expresión, violen normas elementales de tránsito en las grandes ciudades. Su presencia callejera, aunque de pocos, es ruidosa y altera la normalidad de la vida urbana. Los piqueteros son virulentos y groseros, pero saben calcular y medir el grado de afectación para ser eficaces sin llegar al delito grave, aunque el riesgo late en cada paso. Sus causas son todas y ninguna: un día acarrean a veinte mujeres indígenas exigiendo justicia y el siguiente encabezan a otros veinte que piden drenaje y alumbrado; una semana gritan frente a la sede del gobierno la liberación de un preso y a la siguiente acusan al neoliberalismo de causar la pobreza; en la mañana son luchadores sociales y en la tarde son sólo sociales (opíparamente sociales).
En Misiones, en el norte de Argentina, el calor es un sofoco del infierno. Pues a Misiones fue a dar, gracias a la exigencia de un pequeño grupo de piqueteros que se plantó en el cruce de la 9 de julio y la avenida de Mayo, un cargamento de calentadores. El populismo argentino no es muy distinto del nuestro. Los piqueteros son capaces de exigir bloques de hielo para los pobres de la Patagonia o demandar camiones de arena para el desierto. Los piqueteros mexicanos encabezan marchas de comerciantes ambulantes y de barrios. Se autonombran activistas o luchadores sociales. Los hay genuinos y desinteresados, pero abundan los que se ganan la vida defendiendo a los pobres. Entre los piqueteros, algunos se han hecho millonarios.
Pero ¿por qué se llaman piqueteros?
Proviene de los vocablos latinos “picus”, pájaro, y “pica”, urraca. De ellos se derivaron muchos: picar, picadero, piquetero, repicar, ¿pícaro?, picante, picoso, picota, picones (celos). Dar picones significa propiciar celos (¿Todavía se utiliza? ¿Hay celos en las relaciones “free” de los jóvenes?). También se derivan piquera (en México, cantina o pulquería de mala muerte), pique (ir a pique o estar en pique con alguien), piqueta (zapapico), piquete (herida leve o grupo pequeño de soldados), picado (una prenda picada por la polilla, un rostro picado de viruela o un borracho a medios chiles que la quiere seguir), picapleitos (litigante de barandilla), picador (carterista o señor gordo montado en un caballo percherón que hunde una garrocha en el lomo de un toro, momento aprovechado para saciar la sed del hígado), picaflor (donjuán picado de barros que tontea con varias muchachas sin tomar en serio a ninguna), etcétera.
Un grupo de piqueteros intelectuales argentinos, pues, le hizo ruido a Vargas Llosa e impidió su presencia en el acto oficial de inauguración de la feria del libro. Se entiende que el peruano no sea bien visto en Argentina: en La tía Julia y el escribidor un personaje dice que la proverbial hombría de los porteños es un mito, pues casi todos practican la homosexualidad, y que de tanto cabecear pelotas de fútbol, se habían alterado los genes nacionales, lo que explicaba la abundancia de oligofrénicos.
Es de risa. No sé qué ocurriría si Vargas Llosa escribiera una novela en la que los machos de Jalisco tuvieran prácticas homosexuales vestidos de mariachis, y luego fuera el invitado de honor a la feria del libro de Guadalajara. La mochería de Jalisco es tan famosa como el tequila, pero es más temible la intolerancia de los compas (así se llaman entre ellos los piqueteros en México), que rechiflaría la presencia de Vargas Llosa.
En una nota de Clarín del pasado domingo, firmada por Pablo Calvo, un librero de la calle Corrientes afirma que, gracias a los piqueteros, los libros de Vargas Llosa aumentaron sus ventas en un cuarenta por ciento.
Piqueteros hay en todas partes. En México son legiones. Muchos de ellos son universitarios, escritores, diputados. Los piqueteros de todas partes se parecen: bandean entre ideologías de baratillo y mercenarismo.
Como sea, la mejor respuesta la ha dado, por enésima vez, Fernando Savater: reírse de los piqueteros intelectuales de Buenos Aires.