martes, 31 de marzo de 2009

Congreso de las almas muertas


No recuerdo la fecha y en ese tiempo no hubo mes, y del año sólo el diablo lo sabe. El retraso de un vuelo tiene su gracia; si se tiene un poco de curiosidad, se puede pasear entre la gente que espera y que, cuando escucha el anuncio del retraso, tiene que esperar indefinidamente el nuevo aviso de partida; se puede ver de cerca a quienes tuercen la boca en señal de inconformidad o angustia; también a quienes cogen inmediatamente su teléfono celular y llaman a quien los espera en el destino del vuelo; algunos llaman a sus casas; otros se levantan de su asiento y caminan por caminar, sin un rumbo definido, dando pasos arrastrados sobre el piso reluciente; dos o tres toman nuevamente el periódico que ya habían abandonado en el asiento de al lado y lo abren donde sea, como queriendo encontrar algo que se les escapó, pero más con la intención de matar el tiempo; se puede observar rostros resignados o inquietos, ojerosos o matutinos, desparpajados o contritos. Llamaba la atención un hombre exageradamente gordo. Era uno de esos tipos a quienes se suele llamar señores de medio pelo, de los que nacen troquelados para vivir a sus anchas y gustosos con el alma dentro de su manifiesta obesidad, desprovistos del qué dirán, campantes con su inmensa corpulencia. El gordo cargaba dos belices de buen tamaño, una maleta de mano, un portafolios, una carpeta donde se guardan planos o litografías, una bolsa de asas de Saks donde llevaba camisas, pantalones, corbatas y otras prendas que se compran la víspera, una caja envuelta para regalo que al menos pesaba dos kilos, un porta trajes que parecía a punto de reventar como parece que revienta una puerca preñada. El gordo dormía un sueño profundo; es de esos canijos que se duermen al instante y se despiertan también al instante, de los que duermen y despiertan sin previos o posteriores trámites o formalidades. El gordo dormía un sueño sin sueños, un sueño “a prueba de una bomba”, como se dice en algunos lugares del vasto imperio ruso. En este mundo los gordos saben arreglar sus asuntos mejor que los flacos. Ya sabemos que los flacos sirven sobre todo como secretarios particulares, pero los extraordinariamente flacos, los que en la oficina están condenados a un rango inferior, son los que pasan hambre con tal de ahorrar unos centavos cada mes durante veinte o treinta años para comprar un abrigo nuevo que los proteja del frío y salir a la calle en calidad de fantasmas encapuchados. En cuanto del altavoz se escuchó el anuncio del retraso del vuelo, el gordo despertó y en menos de cinco segundos ya caminaba sudoroso, con el cargamento bien distribuido entre manos, hombros y espalda, rumbo a la sala de espera donde un vuelo estaba a punto de partir, pues a las claras se notaba que el gordo era uno de esos tipos que les da lo mismo el destino del viaje; son de los que viajan siempre y nunca llegan a ninguna parte, de los que suelen decir que lo importante es el viaje, no la llegada. Enfrente estaba “un hombre a una nariz pegado”, de esos de los que se dice que son pícaros de tomo y lomo; bien mirado su rostro, la protuberante nariz se veía cansada y molesta de cargar con un rostro obsceno, y que bien podía, dado su porte y autosuficiencia, desprenderse de aquella cara y vivir su propia vida, caminar faroleando sus estruendosos estornudos por la calle donde las damas más bellas pasean sus orlados vestidos, mujeres de talles esbeltos, ceñidísimos, no más gruesos que el gollete de una botella y a las que se puede ver sólo de lejos, pues un suspiro imprudente podría quebrar la deliciosa obra de la naturaleza y del arte. En cuanto el hombre dormitaba, la nariz se desprendía, y, sin ningún recato, recorría el largo pasillo de la sala y se pegaba al ventanal por donde se ve cómo despegan y aterrizan los aviones. El narigón, un esmirriado esqueleto de ojos derrengados y hundidos, se dormía como un santo, como duermen tan sólo los felices mortales que no saben lo que son las hemorroides o las pulgas ni están dotados de facultades intelectuales acusadas en demasía. En la última hilera de asientos estaba un joven de rostro perspicaz y una vieja vestida de negro, con un gorro de dormir y un chal de franela al cuello. Intercambiaban algunas cortesías entre balbuceos lingüísticos, pues ella era búlgara y él de Moldavia, según se pudo saber cuando se entendieron en un chistoso y filosófico francés. Los dos se alegraron al saber que tenían el mismo destino: iban al Congreso de Almas Muertas, en Ucrania. Ella era profesora de literatura sin empleo y se dedicaba a sembrar nabos y coles en la ribera del Danubio, a unos pasos de Rustschuk, y él era –así se entendió– un cazador de almas adheridas, y su empresa, llamada “El llano en llamas”, se basaba en cierta teoría materialista que aseguraba que, llegada la muerte, el alma tardaba en abandonar el cuerpo treinta días en promedio, por lo que la cremación de un cadáver condenaba al espíritu a permanecer eternamente adherido a las cenizas de su cuerpo. El negocio consistía, con un invento de alta tecnología debidamente patentado, en depurar las cenizas, exprimirlas psicogenéticamente, hasta conseguir que el alma abandonara aquel polvo inerte. El joven, que dijo llamarse Nozdriov, era lo que se dice un tipo polifacético, pues era bueno en todo y sabía tratar a la gente: “Ni en la ciudad señores ni en la aldea labradores”. El Congreso de Almas Muertas tendría lugar justo el día primero de abril, bicentenario del nacimiento de Nikolái Vasíliviech Gógol. Pero, ¿cuándo es primero de abril? En estos tiempos sólo el diablo sabe de días, meses y años. Cuando se anunció que el vuelo se había cancelado, todos corrieron por entre las salas para ganar un lugar en el primer vuelo que partierar, sin importar cuál fuera el destino ni las escalas. La sala quedó vacía y oscura. Se pudo ver cuando la nariz salió a la calle y se perdió en las tinieblas de la noche.

domingo, 29 de marzo de 2009

Krauze y el fallo fallido

Enrique Krauze

El liberal y demócrata mexicano Enrique Krauze se ha metido nuevamente en problemas. Su texto titulado The mexican evolution, publicado el pasado 23 de marzo en The New York Times, prendió las brasas de odio que arden con la más leve de las ventiscas. Las críticas de Krauze no fueron, sin embargo, un viento cualquiera –tampoco un ventarrón–, sino una de sus habituales esgrimas liberales con las que suele franquear el espeso bosque de las falsedades históricas, los equívocos democráticos, las trampas intelectuales y las mentiras disfrazadas de voluntad popular. México fue calificado en Estados Unidos como un ‘estado fallido’ y Krauze argumenta lo fallido del fallo. Los adjetivos ácidos le llueven ahora como aguacero de mayo, los cuales, como reza la fórmula notarial, se dan aquí por reproducidos como si a la letra se insertasen. Me llama la atención que se le descalifique con un sustantivo: “es judío”. El hecho sería irrelevante si no fuera porque muestra que en México sigue vivo nuestro antisemitismo tropical y que en la conciencia de muchos mexicanos sobrevive –oculta, simulada u obvia– la creencia de que los judíos tienen la culpa de uno, varios o todos los males de la humanidad. Pero ¿qué escribió Enrique Krauze para levantar la polvareda de dignidades ofendidas que circula en muchos medios de comunicación? Hizo lo que un liberal genuino lleva a cabo cotidianamente, una crítica liberal al liberalismo. Que se compare a México con Pakistán es mala fe; también hay ignorancia altanera, pues el país más poderoso del Planeta, el que tiene los intereses y recursos para mirar con precisión las realidades locales de todos los pueblos y sistemas políticos y económicos de la humanidad, el que ha logrado situar a treinta o cuarenta de sus universidades entre las mejores cien del mundo, también es el país que ignora y nos ignora. George Steiner, en Los libros que nunca he escrito, afirma que la enseñanza universitaria norteamericana es incomparable: “Es la primera en el mundo en ciencias puras y aplicadas y en estudios empresariales. América (Steiner también peca de ignorancia culposa al llamar “América” sólo a Estados Unidos) es el puntal de las publicaciones científicas, de la investigación médica, de la teoría y la tecnología de la investigación”. Sin embargo, la población norteamericana también sufre, tanto o más que las sociedades inglesa, francesa y alemana, los estragos de ese analfabetismo del que habla Steiner. Los norteamericanos están en todo el mundo y no conocen el mundo.

George Steiner

La mexicana es una democracia visiblemente imperfecta. Sus defectos son innegables pero sus avances son significativos. La nuestra no es, como señala Krauze, una democracia joven. Apenas es una democracia niña o aniñada: reboza puerilidad, capricho, egoísmo; es costosa, pachorruda, patosa. Pero ya es una democracia. No obstante, la crítica liberal al liberalismo, la que debemos pensar y debatir, es la crítica a la prensa escrita del país: “Los medios impresos de comunicación mexicanos no han sido libres del todo. Desde luego, la libertad de prensa es esencial para la democracia. Pero nuestros medios impresos de comunicación han ido más allá de la comunicación necesaria y legítima de información publicando cotidianamente las fotografías de los aspectos más atroces de la guerra contra el narcotráfico, una práctica que para algunos es una pornografía de la violencia. Las fotos de prensa publican horrores como cabezas decapitadas y proveen de publicidad gratuita a los cárteles de la droga. Esto también contribuye a hacer sentir a los mexicanos que también ellos son parte de un estado fallido” (traducción libre y al vuelo). El comentario crítico de Krauze le ha sumado un nuevo infundio: “Krauze ataca a la prensa mexicana”. No hay tal. Quien quiere leer mal, sea por prejuicio ideológico o dolencia estomacal, lee lo que le conviene. A mí me parece que el intelectual mexicano pone sobre la mesa pública un asunto siempre pospuesto: los límites de la libertad de expresión. Si en una acepción amplia y general del liberalismo convenimos en que es un conjunto de ideas, hipótesis y teorías acerca de los límites del poder para garantizar a los individuos el máximo posible de iniciativa y libertad, nada tiene de exótico que Krauze formule una crítica a los medios masivos de comunicación. En un artículo publicado un día antes de su fallecimiento (17 de septiembre de 1994), mi admirado maestro Karl Popper reflexiona, a propósito de la televisión, sobre la inutilidad de la censura, juicio que se puede aplicar a los demás medios. Lo cual no quiere decir, agrega, que dichos medios no estén sujetos a ciertos límites, a ciertos controles. En otra parte Popper nos interroga: ¿En qué medida tienen los pensadores libertad para publicar sus ideas? ¿Puede haber una completa libertad de publicar? ¿Debe haber una total libertad para publicar cualquier cosa?



Me parece que no hemos aprovechado la experiencia de algunos colegios gremiales y de profesionistas que, mediante una autorregulación ética, técnica y científica vinculantes, han logrado atemperar los excesos. En México la experiencia de los códigos morales de los gremios no es nueva. Por ejemplo, los colegios de notarios han uniformado algunos criterios básicos de actuación y regulado la conducta de quienes ejercen esta importante función pública; lo mismo ocurre con los peritos valuadores; lo he comprobado igualmente con los colegios de arquitectos, de ingenieros, de contadores. Los médicos, que antes fueron el modelo de colegiación profesional, han sido rebasados por la barbarie del mercantilismo, y los abogados no han iniciado realmente una colegiación que trascienda los intereses partidistas y el convivio social. Tenemos agrupaciones de periodistas, de periódicos y de medios electrónicos; pero, de forma paralela a la defensa de sus intereses, todavía no han asumido la tarea democrática de fijarse algunos límites. Medios escandalosos y sangrientos los hay en todas partes. Pero los más importantes, es decir los que se toman la libertad de expresión con seriedad, sólo pueden enorgullecerse de su ejercicio si cumplen los límites de una responsabilidad compartida.
Escribe Krauze que México no es un ‘estado fallido’ como tampoco lo fue Estados Unidos en la época del imperio criminal de Al Capone. En el segundo plan quinquenal de los Sóviets (1933-1937) se profetizó el fin de la historia de Estados Unidos. Fundaban su profecía en el número de páginas que los “periódicos burgueses” dedicaban al “héroe del día”. Al Capone batió el récord de atención de los medios de comunicación estadounidense, con más de un millón y medio de páginas. Del traficante se publicaron más de cinco mil fotografías, por encima de la información y fotografías que mereció el presidente Hoover. La prensa describía detalladamente todo lo que se refería al mafioso de Chicago y se exaltaba que poseía automóviles, vapores, aviones y “muchas otras cosas de las cuales no puede disponer un simple mortal” (ya se sabe que en la URSS todo el pueblo era un simple mortal. Mi querido amigo Vitali Shentalinski prueba en su trilogía sobre los archivos literarios de la KGB que más de dos mil escritores fueron asesinados en una década). El plan soviético agregaba que Al Capone era uno de los puntales de la sociedad burguesa, que “solamente en un estado de descomposición, de avanzada degeneración moral y espiritual de las clases reinantes en los países capitalistas pueden explicarse hechos semejantes”. Lo cierto es que la democracia norteamericana hizo posible el encarcelamiento de Al Capone y de los que le siguieron. México y Estados Unidos estamos condenados a entendernos. Y es que sólo la democracia, por defectuosa que sea o parezca, nos ofrece la fundada esperanza en un mundo menos injusto y cruel. De ahí el empeño racional por defenderla y consolidarla.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Culpas sin culpables


Constitución de Cádiz de 1812. Alegoría

Se lee en el dictamen constitucional en materia de responsabilidad pública que “Hasta hoy la responsabilidad no solamente de los altos funcionarios de la Federación, sino también de sus agentes inferiores, ha sido ineficaz, imposible. De un lado, la influencia de ellos, fortificada tras de fórmulas dilatadas y embarazosas, y de otro la dificultad nacida de complicar la suspensión o destitución del funcionario acusado. . .”
Los diputados que redactaron el texto anterior sabían de sobra que el poder público no puede ejercerse sin responsabilidad. El poder es una responsabilidad; es decir, hay que responder de su ejercicio: informar, rendir cuentas, dar y explicar motivos, justificar hasta el último centavo. . . y los legisladores, también en ejercicio de su poder representativo, deben revisar esas cuentas, cotejar programas y resultados, evaluar el trabajo de quienes administran los recursos de toda la población, verificar obras, escudriñar gastos, revisar conductas. Y, como consecuencia de tales funciones, imponer sanciones (políticas, administrativas y penales) a quienes hayan ejercido indebidamente el poder que les fue mandado.
El texto del dictamen constitucional citado en el primer párrafo de esta reflexión es uno de los párrafos de la propuesta del Constituyente de 1856 para instituir el juicio político en el sistema constitucional mexicano. En el ambiente público de la época era una conclusión general que la materia de responsabilidades públicas, incluida por primera vez en la Constitución de Cádiz de 1812, había corrido con pésima suerte durante las tres primeras décadas del México independiente. En la imaginaria se ceñía la atroz figura de Antonio López de Santa Anna, pero era del conocimiento de todos que el “seductor de la Patria” sólo era una muestra de la irresponsabilidad con que se gobernaba en todo el país, desde el más modesto empleado público hasta el presidente de la república. La materia constitucional de responsabilidades públicas ha tenido, a partir de la aprobación del artículo 105 de la Constitución de 1857, un recorrido siempre ascendente. Las normas en esta materia merecieron un apartado de varios artículos en la Constitución de 1917; las varias reformas al Título Cuarto contadas hasta la del año 2002 (“De las responsabilidades de los servidores públicos y patrimonial del Estado”), han forjado un texto fundamental que puede considerarse el más perfecto del mundo. Sin embargo, si en este mismo instante un grupo de legisladores formularan un dictamen para reformar la materia de responsabilidades públicas, bien podría suscribir la triste realidad expresada por los diputados constituyentes de 1856: “Hasta hoy la responsabilidad ha sido ineficaz, imposible”. A pesar de que tenemos disposiciones constitucionales dignas de mérito jurídico y de leyes reglamentarias acuciosas y acuciantes, el poder público en México se ejerce sin que verdaderamente se responda de su ejercicio.
Los juicios y procedimientos de responsabilidad pública en México se llevan acabo para expedir cartas de buena conducta, no para sancionara los infractores. No tenemos en México esa costumbre honorable de los funcionarios del Oriente lejano que, una vez desatado un escándalo de corrupción económica o política, la simple mención del nombre del presunto responsable avista el suicidio de éste, sin más trámite ni averiguaciones. Para los orientales es preferible la muerte que la vergüenza de un juicio y una pena. El suicidio es de este modo la más honrosa de las redenciones personales e institucionales. En México no queremos que nadie se suicide, pero en cambio es exigencia ciudadana que se proceda y se castigue a los corruptos. La corrupción no es exclusiva del patrimonio político de los mexicanos, pero en otras partes la democracia es capaz de dar nombres y apellidos y de juzgarlos por tribunales autónomos y eficaces. En la maraña selvática de nuestras leyes, todo es posible: proceder, dilatar, exculpar o condenar, pero al final del túnel la Suprema Corte de Justicia es la oficina de la misericordia donde se expiden credenciales de inocencia. México tiene, para decirlo con un viejo cliché, el sistema jurídico y político más surrealista del mundo: la materia existe (robo, desvío de recursos, tráfico de influencias, sub ejercicio presupuestal, encarecimiento sospechoso de las obras públicas, ineficiencia, parcialidad y demás conductas previstas legalmente) pero el culpable es humo que se difumina entre los cerros de expedientes que se forman a lo largo de los años. Desde que la Constitución liberal de Cádiz de 1812 estableció que era facultad de las Cortes “Hacer efectiva la responsabilidad de los secretarios del Despacho y demás empleados públicos”, han transcurrido casi doscientos años. Si se me permite la exageración, estamos parados en el mismo lugar. En México no hay manera de que el poder público responda de su ejercicio.
Aquí nunca pasa nada. Escándalos van y vienen y nunca pasa nada. Hay muchas culpas y ni un solo culpable. La fiebre legislativa es un mal antiguo y típico de la vida pública mexicana, una afección cultural que ha cabalgado jubilosa durante varios siglos; se legisla todos los días y respecto de todos los asuntos; los problemas sociales, no importa qué tan complejos sean, quedan reducidos a soluciones normativas; y las soluciones, casi siempre grandilocuentes, pasan invariablemente por más y nuevas leyes. En México todo es importante y urgente, y en esta merced todo deja de serlo. La urgencia de hoy es la desmemoria de mañana. El escándalo de hoy es borrado absolutamente por el escándalo de mañana. Y en esta sucesión cotidiana de bochornos y obscenidades políticas y administrativas, se hace imposible lo que se proponía la Constitución de Cádiz: hacer efectiva la responsabilidad de los servidores públicos.

domingo, 22 de marzo de 2009

Debate fallido

Durante seis años (de 2000 a 2006) el contenido de la democracia mexicana tuvo dos palabras clave: alternancia y transición. Durante esos años el debate fue intenso y la palabrería extensa. La mayoría suponíamos que la alternancia nos había abierto las puertas para transitar a la democracia. Sobre la transición se discutió amplia y floridamente, pero ni la amplitud ni la floridez de los ríos de tinta analítica nos han podido sacar del atolladero babélico y pre democrático en el que aún nos encontramos: el vocablo “democracia” sirve de igual manera para sustentar ideales y prácticas genuinamente democráticos como para fundar otros manifiestamente anti democráticos: La discusión no ha tenido en México una dirección, un contenido y una finalidad; cada quien ve y juzga la democracia de distinto modo, y cada quien da por supuesto lo que no puede darse por supuesto. Así, por ejemplo, a unos les parece democrático interrumpir el funcionamiento de una institución (tal vez su concepción etimológica sólo les alcanza para hablar y actuar en nombre del pueblo), mientras otros dan por hecho que la legitimidad del sufragio les alcanza para gobernar con márgenes demasiado amplios de arbitrariedad. No hemos sido capaces de definir los principios elementales en los que estamos todos de acuerdo y, a partir de ellos, encausar los debates consecuentes. Quizás hemos dado demasiados principios por sentados; pero incluso los presupuestos políticos, los derechos morales y los derechos estrictamente legales chocan constantemente entre sí y no hemos acertado a construir y aceptar unos principios intemporales, válidos independientemente de la modificación de las circunstancias y problemas.
Alternancia y transición democrática son de ese tipo de expedientes que, repentinamente, quedan sepultados entre cerros de papeles en el escritorio. ¿La alternancia se reducía a derrotar al PRI? ¿Ya terminó la transición a la democracia? El presente lo abarca todo; la actualidad ha comprimido en una gruesa carpeta los asuntos pendientes, revueltos todos en un maremágnum de cuestiones por discutir y resolver. Los problemas están encima de la mesa, son asuntos de urgente decisión, pero no se ajustan, so pena de convertirse en monstruos invencibles, a la pachorruda calma de las instituciones del Estado burocrático. Preservar y recuperar el empleo, combatir la delincuencia organizada, afrontar el empobrecimiento extremo, reducir las tremendas desigualdades. . . Son temas amplios y tan generales que no dan lugar al descuerdo; el problema empieza cuando se concretan las soluciones. El punto es que los partidismos se imponen en el debate al grado de anularlo. Las elecciones federales están cerca y casi todo se ajusta a los números. Pero en nuestro caso pensar en las elecciones siguientes no es pensar en el futuro político del país sino en un regreso al pasado. Por eso los problemas se agrian hasta volverse pus.
El pasado se ha convertido en excusa y acusación a la vez. El narcotráfico no es, en efecto, un problema reciente. Durante más de sesenta años –al menos desde la Segunda Guerra Mundial–, la producción y comercialización de drogas corrió paralelamente a las prohibiciones impuestas a su venta y consumo en Estados Unidos. Seis décadas sobraron para corromper a las instituciones de seguridad del Estado mexicano. Me parece una irresponsabilidad del PRI y de sus legisladores la inocencia que simulan sobre ese asunto, pero igualmente me parece irresponsable que los gobernantes del PAN finquen sus anhelos electorales designando culpables, pues algunas culpas ya les competen. Urgen leyes que faculten al ejecutivo federal y a los ejecutivos locales a combatir con eficacia el monstruo de las mil cabezas en que se transformó la delincuencia organizada, pero no es válido fincar la eficacia pública en una o muchas leyes, sobre todo si, como se puede ver en una primera lectura, una o varias de las libertades fundamentales se pone en riesgo. Estamos, ni más ni menos, ante un choque de grandes principios: libertad y seguridad o seguridad contra libertad. Hay que decidir pronto y lo mejor que se pueda. Pero antes de formular las posibles salidas para atenuar esa confrontación de grandes principios, tenemos derecho a preguntarnos si la aprobación de leyes, con las nuevas atribuciones que se conceden a las instituciones de seguridad y justicia del país, no será una más de las tantas humaredas legalistas con que en este país de afrontan los problemas.
Hace unos días, el titular de la Auditoría Superior de la Federación, Arturo González de Aragón, acusó a la Suprema Corte de Justicia de obstruir las tareas fiscalizadoras y a la Procuraduría General de la República de no resolver ninguna de las denuncias presentadas a lo largo de siete años. Por ejemplo, la Auditoría interpuso 24 denuncias penales y la PGR no consignado ninguna. Es justo sospechar. A pesar de que fue presentada en 2007, la denuncia por un desvío de recursos de PEMEX por más de mil millones de pesos aún permanece en el caprichoso cajón de pendientes de la PGR. ¿De qué sirven las leyes de transparencia en un gobierno que no las acata? ¿No implicaba la transición democrática el paso decisivo a la división real de poderes, muy especialmente en el caso de tener un poder judicial autónomo, imparcial y oportuno? ¿De qué sirven los órganos autónomos si sus funciones se topan con el poderoso muro de unos jueces obsoletos y pazguatos? ¿De qué sirven las mejores intenciones públicas si han de sufrir los innumerables y laberínticos filtros de un Estado obeso, soflamero y alcahuete? Si el sufragio libre es la puerta que se abre, ¿por qué después se cierra? Ocupados todos en las encuestas, el debate político trascendente ha de esperar a mejores tiempos.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Dos cartas sobre México



La unidad partidista es la clave de la competencia electoral. La unidad se ha impuesto como un valor político primario, como la condición sin la cual el éxito se mancha de improbabilidad. La unidad va por delante, lleva la estafeta del primer tramo, pero no se ve que los relevos estén provistos de protagonismo. Si no fuera porque hay que simular algo de competencia democrática interna o porque las presiones de los prietitos en el arroz declaran sus inconformidades, la unidad sería declarada como el valor único de los partidos, en detrimento radical de otras virtudes inequívocamente democráticas: competencia, deliberación, debate, crítica, auto crítica, pasión política. . . Pero estas virtudes lo son sólo si se privilegia la madurez de los que ganan y la dignidad de los que pierden. Sólo entonces podemos decir que la unidad ha salvado sus rasgos esenciales. Pero no es así: por encima de todo –y a veces de todos– se predica la unidad del partido como medio y como fin. Este hecho ha desnaturalizado la sustancia democrática de los partidos, pues si la unidad se enferma de susto al acercarse las contiendas internas, entonces esa delgada unidad es tan frágil que cualquier disenso puede romperla, ya no digamos la abierta competencia, la franca disputa de los cargos en juego.
Pero es justo decir que la ciudadanía no ve con buenos ojos los pleitos internos de los partidos ni oye con buenos oídos el estruendo que suelen producir las contiendas democráticas. Acaso esta deformación cultural sea el telón de fondo de dos males políticos: no se sabe ganar y no se sabe perder. No se sabe competir. Sea por exceso o por defecto, la competencia degenera en resentimientos duraderos o en una mera simulación. No hay esos equilibrios de pasión y razón, de crítica y madurez, de contienda real y compañerismo resultante. En nuestros partidos el pleito suele ser inútil, vacío, improductivo, tribal. Por eso se prefiere la simulación.
Uno de los pensadores políticos más influyentes del siglo XX estuvo en Cuernavaca en 1945. De su estancia en México Isaiah Berlin dejó constancia en dos cartas que en su edición de diciembre de 2007 publicó la revista Letras Libres. En la primera de ellas, fechada el 4 de abril de ese 1945, Berlin agradece a su anfitriona Elízabeth Morrow, viuda del que fue embajador estadounidense en México Dwight Morrow de 1927 a 1930, y expresa la perplejidad que le causó nuestro país: “Regresé inundado de las más contradictorias emociones acerca de México y los mexicanos; me parecieron mucho más oscuros y violentos de lo que esperaba, llenos de superstición y auténtica barbarie medieval, y con temperamentos más intensos y una vida interna más secreta que los alegres, sonrientes y, supongo, frívolos latinoamericanos de otros países con los que uno se encuentra en Washington. Obviamente, la tierra de México es muy rica y exuberante y la vegetación muy abundante, pero las expresiones en los rostros de la gente me parecían más bien atemorizantes. Podía respetarlos y admirarlos, pero creo que nunca llegaría a sentirme cómodo entre ellos. . .”

Isaiah Berlin

La percepción del gran pensador político puede ser juzgada de superficial, sobre todo si se toma en cuenta el poco tiempo que estuvo acá. Isaiah Berlin, un fabulador de tiempo completo, vio esa parte trágica de los mexicanos y a partir de ella juzgó en definitiva. Años más tarde, en 1968, Berlin recuerda su estancia en México de un modo similar al que muestra su carta de 1945: “México me daba mucho miedo. . . Esos murales empapados de sangre –sangre por todas partes– en Cuernavaca y también en la ciudad de México: primero un mural de Rivera, de los aztecas haciendo sacrificios humanos; luego los españoles masacrando a los aztecas; luego gente siendo asesinada en siglo XVIII; luego los españoles masacrados en la Revolución Mexicana; después sangre que manaba en tiempos del buen Juárez; después Madero, Zapata. . . finalmente un gran mural de un guerrillero y a sus pies un campesino degollado con una guadaña (creo) diciendo Tierra y Libertad. . .”
México es un mural de sangre a los ojos de Berlin. Es del todo improbable, según la mirada asustada del pensador británico, que en México pueda darse la democracia. La fatalidad con que juzgó la cultura mexicana contrasta sus batallas liberales contra los determinismos históricos. Es cierto que la historia pesa; en nuestro caso, el peso es enorme, una carga trashumante que ha cabalgado durante varios siglos y que aún hoy se manifiesta en una religiosidad supersticiosa y en unas ideas políticas impregnadas de tragedia, fatalidad y virulencia. Como sea que fuere, han transcurrido más de sesenta años desde que sir Isaiah Berlin vio lo que escribe en sus cartas. ¿Estamos condenados al arrebato político violento, a fundar las ideas políticas en una especie de mesianismo troquelado en el dilema trágico del todo o nada, a sufrir repetidamente la barbarie del robo de urnas, la inequidad manifiesta, las trampas del poder, la toma de tribunas de la oposición, el ancestral fanatismo religioso trasminado en las ideas y conductas políticas?
No hay democracia donde no hay competencia, o donde ésta es escasa, imperfecta, simulada. Entre los extremos de la virulencia y la simulación, los equilibrios son débiles y la civilidad es una tela desfibrada que se rasga con cualquier arañazo. Quizá por eso los dirigentes de los partidos prefieren los candidatos de unidad a la competencia genuina; tal vez a esa civilidad que se desdibuja en cuanto es sometida a la prueba de los hechos se deba que la competencia electoral navegue por un río que se desborda con extraña facilidad; es probable que nuestras imperfecciones democráticas merezcan un definitivo ajuste de cuentas con el pasado.

domingo, 15 de marzo de 2009

Si ahora no, ¿cuándo?

“Si ahora no, ¿cuándo?” Así titula Primo Levi una de sus mejores novelas. Utilizo la pregunta para mostrar, de ese modo simple y claro, el apremio que tiene la vida pública mexicana de recuperar la dignidad del régimen republicano. Esto último parece ampuloso. Sin embargo, la propuesta es sencilla y concreta: es urgente emparejar con la naturaleza republicana los ingresos de los funcionarios públicos del país: salarios, compensaciones, sobresueldos, gratificaciones especiales, bonos, préstamos o adelantos imprevistos, prestaciones privilegiadas, gastos de representación, viáticos injustificados o desproporcionados, apoyos técnicos, materiales y humanos que no son escrupulosamente indispensables, gastos diversos por la organización de foros, congresos y consultas que en su mayoría no sirven a nadie y un sinfín de recursos públicos que se destinan a insuflar la fama de millones de altos y medios funcionarios de todo el país. Utilizo el verbo “emparejar” en su sentido de igualar, en el mismo sentido que fue usado en la primera de las Leyes de Reforma, la Ley Juárez del 23 de noviembre de 1855, que se proponía reorganizar el sistema de justicia y eliminar los privilegios (militar y clerical) y los monopolios. Los privilegios atentan contra el principio de igualdad; su eliminación es una idea y un programa esenciales de una república, en oposición a la monarquía y su extenso caudal de arbitrariedades y concesiones políticas y económicas. Lo absurdo de los privilegios es que en la actualidad están en manos de quienes tienen la responsabilidad pública de erradicarlos e impedirlos, y para el caso es irrelevante que el cargo público provenga directamente del sufragio o de una de sus derivaciones.
Con el paso de los años la idea de “república” degeneró en una abstracción vacía. En su momento tuvo una significación inequívoca: justa oposición a todo lo que fuera una prerrogativa especial. Los contenidos del programa liberal fueron la supremacía civil, la eliminación de los fueros, la autonomía de los estados y la cultura del servicio y del servidor público. La república tuvo en su origen principios claros y una imagen que la representaba: mesura, temperancia, trabajo, ahorro, honradez y responsabilidad. Esa imagen que la reflejaba fue durante el período de la República Restaurada un cuadro reconocido porque en él se reconocía la población. Juárez habló de honrosa medianía de los salarios de “los servidores de la República”. Pero ya en 1867 la medianía estaba perdiendo sus contenidos virtuosos y en cambio se nutría de sustancias denigratorias.
En su ensayo ¿Qué hacemos con los mediocres? (Incluido en el libro El secreto de la fama de enero de este 2009), Gabriel Zaid ilustra con su genuina erudición el proceso degenerativo que ha sufrido el justo medio. Dice que la medianía fue neutral, luego positiva, después negativa y ahora tabú. En español se le designa con muchas palabras: medio, en medio, mediano, mediocre, promedio, intermedio, medianero, mediador, mediante, inmediato. En latín, agrega, mediocris describía una posición de mediana altura, en un monte o elevación física, a toda posición que no llega al extremo: mediocre malum (enfermedad no grave), mediocris animus (espíritu moderado), mediocris vir (hombre de clase media). Escribe Zaid que la sabiduría antigua desconfiaba de la desmesura, lo desproporcionado, el exceso. Por eso se elogiaba la medianía y la moderación: el justo medio aristotélico entre dos extremos. Horacio celebra la dorada medianía. Séneca sentenciaba que “Es de gran ánimo despreciar las cosas grandes y preferir lo mediano a lo excesivo”. Lo mediano era lo razonable. El desprecio por lo mediano es de siglos recientes; parece surgir con lo barroco y su amor por el exceso, exaltarse en el romanticismo y el culto al genio y lo sublime. El resultado de esta conversión es el relativismo moderno que niega todo criterio de valor: nada es inferior y por tanto nada es mejor; todo es igualable; tan válida es una propuesta como su contraria; hay que estandarizado todo. Ante el fracaso de las mitologías del superhombre nazi y el hombre nuevo socialista, ascendió la fanfarria del hombre común. Si todo hombre es un líder en potencia, no puede haber mediocres: todo es cuestión de superación personal. Surge entonces la industria del progreso. Así como se decía hasta la náusea que México era un país en vías de desarrollo, ahora las personas hablan de superación constante, de mejora continua. Nuestro tiempo es de mediciones. Escribe Zaid que reducir las personas a una medida las degrada y la sociedad entera se degrada: todo se reduce a medir y ser medido. Para evitar la discusión y el análisis racional de las diferencias, todo se limita a mediciones mecánicas: el candidato con más puntos suele ser el más mediocre, el producto con más ventas puede ser el de peor calidad, el más calificado en las encuestas puede ser el más ignorante, el programa con más raiting puede ser una porquería. De este modo todos somos cómplices del trabajo mal hecho, y un pobre diablo puede llegar a ser el número uno: el alumno que fue aprobado compasivamente, el profesor que no enseña porque no sabe o no asiste, el escritor que escribe libros sólo porque el éxito se mide por el número de libros publicados, el investigador que destina más tiempo a llenar formularios para obtener estímulos económicos que a investigar seriamente, el diputado o senador o funcionario (el mediocris habilis) que es competente para competir pero absolutamente incompetente para desempeñar el cargo.

La imagen de la república sufre también esta desgracia cultural del desprecio de lo mediano; es decir, de la mesura, la moderación, el equilibrio. Los sueldos reales de los funcionarios son excesivos porque su monto significa éxito, fama, reconocimiento. Así, el régimen representativo no lo es en términos cualitativos. Nada tiene de representativo que un diputado local se embolse mensualmente doscientos mil pesos o que un ministro de la Corte perciba alrededor de medio millón de pesos cada mes. Tengo entendido que el salario mensual del juez español Baltasar Garzón no rebasa los noventa mil pesos, y vaya que ha corrido y sigue corriendo graves riesgos al enjuiciar a los poderosos. Hace años la Audiencia Española se declaró competente para enjuiciar a la CIA por el traslado de iraquíes que, con destino a Guantánamo, hacían escala en algún aeropuerto español. Por esos días hablé por teléfono con Garzón para invitarlo a Querétaro a un curso de juicios orales. Al instante me dijo que sí. Le pregunté sobre sus gastos y honorarios. Me contestó que él no cobraba honorarios porque ya tenía un sueldo, pero que la Audiencia no le cubriría los gastos de un viaje con tal objetivo. En el último momento se disculpó porque en esos días estaban citados unos agentes de la CIA y él personalmente debía interrogarlos.
Me gusta repetir la imagen que tuvo de la república Julien Benda en su niñez, narrada en sus Memorias. En el edificio de clase media donde vivía en París, un grupo de chiquillos jugaba ruidosamente en los pasillos. Un hombre salió de su departamento a pedirles de favor que no hicieran tanto ruido, que él era el ministro de educación de la República Francesa y que en ese momento elaboraba el programa educativo. Escribe Benda: “Creo que desde aquel día me figuro que así es como deben vivir los conductores del Estado”. La lección fue ejemplar. Por eso creo que la moderación ejemplar de los salarios de los gobernantes es el inicio de la recuperación de la confianza y la credibilidad. La pregunta inicial es inocente pero deliberadamente inquisitiva: si ahora no, ¿cuándo?

miércoles, 11 de marzo de 2009

Hablando en serio

Carla Bruni en México

El oficio del predicador, el más común pero más curioso de los oficios humanos, tiene dos fases que pueden convertirse en dos facetas: la primera es que la solemnidad es risible en sí misma; no es necesario que el solemne dé ese paso fatal que lo conduce al ridículo del mismo modo que no es necesario que el condenado a la horca, en el instante previo a la caída, solicite un jarabe para la tos. En el caso de la solemnidad lo risible puede ser de dos tipos: uno se ríe del solemne por solemne, por las palabras que engola y por los silencios que presagian lo peor, por los gestos de su rostro o por la ausencia pétrea de ellos, por la forma en que sus manos esgrimen como espadas el aire o porque las tiene metidas en algún vestido sagrado o las cruza en señal de apariencia serenísima, porque se mueve de un lado a otro teatralmente o porque permanece petrificado al modo de una estatua en el centro de las miradas de los oyentes. . . Todo eso es risible en sí; y también lo es por un acto de creatividad del testigo, sea que imagine que la entrada solemne del predicador se tropieza con un escalón chocarrero y su corpulencia sacramental ruede incontroladamente, sea que al momento de levantar sus obnubilados ojos al cielo le caiga encima un plafón traicionero. En la solemnidad es posible imaginar muchas situaciones cómicas, desde las más grotescas hasta las más refinadas, todas las cuales están en la esfera de la propia sacralidad del personaje. El solemne es risible en su naturaleza y por derecho propio, y los aditamentos que lo visten o lo acompañan participan, sólo por extensión, de la comicidad de lo solemne.
Que en la solemnidad germina el virus maligno de lo cómico es una realidad que se puede observar si observamos relajadamente una situación determinada. Los anuncios televisivos de los partidos políticos, por ejemplo, son risibles por bobos. Pero es necesario tener en cuenta que se producen con absoluta seriedad, como que la intención es llamar la atención de los electores. Casi nada, está en juego el poder. La imagen del presidente nacional del PAN, el joven Germán Martínez, es extraordinariamente cómica, y a la comicidad de su figura se agrega el tono de su voz, los gestos de una sonrisa que quiere ser irónica y sólo es onírica. Germán Martínez es un solemne que quiere parecer natural o desparpajado, y en el esfuerzo de parecer lo que no puede ser advertimos un motivo adicional de risa. La presidenta nacional del PRI no sólo no hace ningún esfuerzo por no parecer solemne sino lo contrario: aún en el más natural de los espacios y en la más simple de las ocasiones, Beatriz Paredes mira, habla y mueve las manos de la misma forma que el pirómano disfruta lanzando gasolina al fuego. Es tremendamente cómica. Toda ella es engolada, y su vestimenta tradicional no hace sino aumentar la ridiculez de su sonrisa maquiavélica. El presidente nacional del PRD, a quien le cuesta demasiado trabajo hilar dos frases, ha dicho que el pleito que libran el PAN y el PRI le están haciendo mucho daño al país, pues sólo están logrando que los electores se desalienten y el abstencionismo se incremente. El hecho de que lo diga el presidente del partido más desprestigiado del país, el que más ha contribuido a desilusionar a los ciudadanos, es risible. ¡Que lo diga precisamente Jesús Ortega! Es como si la burra predicara a su especie la prohibición de meterse al trigo. Lo más risible de estos días es la presencia en México del presidente francés Nicolás Sarkozy. Su figura de por sí una caricatura. No puede uno entender que la culta y admirada Francia sea gobernada por un tipo tan chistoso. Pero más comicidad hay en el hecho de que nadie lo mira ni lo oye, pues todos estamos al pendiente de la hermosura y distinción de Carla Bruni, su mujer. Que el presidente francés Nicolás Sarkozy y el presidente mexicano Felipe Calderón trataron asuntos importantes de seguridad y de negocios, pero en el ambiente sobresalió el hecho de que la importante visita de estado se redujo al asunto de una secuestradora francesa. Estamos ante una muestra de humor negro globalizado, absolutamente involuntario.
La solemnidad es risible en sí misma, no importa los objetos que se agreguen a ella. No son ridículos los trajes o vestidos indígenas; los objetos no son risibles en sí mismos; no lo es, por ejemplo, el curioso y colorido sombrero huichol, pero puesto en la cabeza del presidente de la república, éste se ve ridículo. Como bien explica Peter Berger en la Risa redentora, no es exacto decir que un sombrero es ridículo, que un vestido es cursi o que unas sandalias son risibles, sin tener en cuenta a la persona que se los pone, a quien las dibujó y fabricó o a quien tuvo la hazaña de comprarlas y obsequiarlas. En cualquier caso, estamos ante lo que llamamos humor involuntario, regularmente proveniente de esa dimensión cómica de la experiencia humana que deriva de lo solemne. No todo lo solemne es cómico; la comicidad depende de circunstancias de tiempo, modo y lugar, pero la solemnidad juega generalmente en un campo donde la comicidad se aposenta a su gusto y a sus anchas. Tiene razón Berger cuando escribe que la risa es una intrusa; se entromete, a veces de manera inesperada, ahí donde menos se le espera y en el momento menos oportuno. Pero la intromisión de la comicidad en lo solemne es sorpresiva e inaudita precisamente porque semeja la escena de un payaso ebrio que se cuela en una reunión de banqueros y ofrece a los compungidos directivos su espectáculo más aplaudido en el circo. Ninguno de los asistentes se ríe, pero vista la escena desde fuera la comicidad es hilarante.
Lo cómico es –delata Berger – la visión del mundo más seria que existe, acaso porque la seriedad es la visión del mundo más cómica que existe. La comicidad surge cuando alguien amenaza con hablar en serio.