lunes, 6 de junio de 2011

La abolición de los rincones

A Rogelio Garfias

El sol, por fin, se ha detenido. El viejo anhelo del hombre fuerte se está cumpliendo sin que apenas lo hayamos notado. Petrificado en lo alto del cielo, su luz, como un solsticio fijo, ya casi no da sombras. Pero su luz quema; sólo durante algunas tardes de invierno su calidez es como una tapia de bruma que, aun transparente, sosiega un poco la furia solar.

No hace mucho la transparencia era la más justa de las exigencias humanas. Las noches eran largas y sus sombras cubrían el día entero. Queríamos saber, teníamos derecho a saber, era preciso saber; la democracia era, es, transparencia; saber lo que ocurría en los rincones del poder –rincones oscuros, tenebrosos, sombríos– era, es, una manera de desvelar los misterios del poder, de descarrilar el cortinaje negruzco que escondía la madeja –los intríngulis, los cruces y entrecruces de los acuerdos– cuyas hilillos apenas se desprendían de esa madeja como de un estropajo huyen las fibras menos aptas para la rudeza de la friega del cochambre.

El día se ha vuelto casi eterno. Adormecidas las noches y aluzados todos los rincones, incluso los vericuetos de los matorrales de flores campiranas, el día ha dejado de ser día; sin las noches que guardan secretos y misterios, el día es un sol que ha despojado el amanecer de sus fulgores y entusiasmos y ha derruido el éxtasis de las maravillas multicolores de los crepúsculos de otoño. Sin la noche, el día es nada; es luz ardiente o filmación invisible; es brillo cegador o vigilante ciego. Nada escapa a la luz, nada le es ajeno. Las personas somos filmadas por cientos de cámaras instaladas en todas partes, en patios y oficinas públicas, en bancos y comercios, en terminales de autobuses y aeropuertos, en las calles, en una plaza que parece apacible, entre la gente y el ruido, en el rincón sombreado de soledad de un parque, a la entrada del vecindario, en el interior de las casas. Asistimos, sin tomar conciencia de ello, al exterminio de los rincones. Lo que es una virtud pública es un vicio privado y lo que es un vicio privado no ha alcanzado el privilegio de ser una virtud pública. Así, por ejemplo, la transparencia que exigimos a los gobernantes y a todos aquellos que ejercen un poder sobre la sociedad, lo hemos adoptado –o no se nos ha impuesto por razones de seguridad, es decir por nuestro bien– en el ámbito de la vida privada, en el restaurante, en la calle, en un jardín, en la sala de la casa, en la alcoba. La sociedad se ha vuelto transparente a fuerza de cámaras y micrófonos a la vista de todos y de ello no se infiere que seamos una sociedad más abierta ni que el Estado sea más democrático que en tiempos. Si no conviene que la transparencia de los asuntos públicos sea total, menos conviene que lo sea en los asuntos que no lo son, los que corresponden, según el sentido común, a la esfera de la persona y su soledad o a las soledades juntas llamadas “familia”.

La claridad es buena en sí misma sólo si las excepciones le dan sentido o significado. Una vida sin escondrijos es una vida despojada de sus prendas íntimas. Porque ¿qué es una piel de mujer si su aroma desaparece? ¿Qué es el sabor sin el aroma? Si todo es sol, ¿cómo mirarlo sin temor a ser achicharrado con su mirada feraz? ¿Qué es la luz del sol si ciega y no alumbra?

En un magnífico artículo publicado hace unos días en El país de España (Psicoanálisis del rincón), Vicente Verdú aborda el asunto con una sombría lucidez que encalla en la conciencia de quienes vivimos en tiempos de sol intenso, en claroscuros deslumbrantes y oscuridades de temor, suspenso o miedo. En los días terribles la noche es una esperanza que nos ayuda a no deshilar la integridad del espíritu y en las noches tenebrosas la aurora rehace la trivialidad de la existencia y ahuyenta los demonios densos de la fatalidad.

Los peores crímenes no se cometen en las sombras de la noche sino a plena luz del día. Esto lo sabían los mafiosos antiguos y la lección la han aprendido los delincuentes de nuestro tiempo: si quieres ocultar algo, hazlo a plena luz del día, a la vista de todos. En los hechos, los delitos más graves (la ejecución de un grupo de jóvenes, pongamos por caso) se llevan a cabo en la multitud, delante de la mirada de muchos. Estos crímenes son los más difíciles de resolver. De esta talla son los asesinatos políticos: entre más se indaga y se descubre, menos se sabe de los hechos. Dígalo si no el caso del asesino del emperador austrohúngaro que en 1914 detonó la Primera Guerra Mundial, el crimen del presidente Kennedy o el de Luis Donaldo Colosio. Al Capone fue condenado no por sus masacres callejeras sino por evasión fiscal, con pruebas documentales guardadas durante años y resguardadas en la confidencialidad y aun en el secreto. El tiempo y los testigos se encargan de acrecentar las dudas, no de aclarar los hechos. Pasados los años, sabemos menos de lo que sabíamos diez minutos después de cometido el delito. Un abogado penalista sabe que la cantidad de testigos es la cantidad de tierra que sepulta, no la claridad que conduce a la verdad histórica.

Escribe Vicente Verdú que si un fenómeno caracteriza nuestra época es el de la transparencia. Comenta el libro Cultura Mainstream del escritor Fréderic Martel: la uniformidad del pensamiento coincide con la supervigilancia dentro y fuera de la red. Se trata del mayor reportaje sobre la cultura de masas tradicional, apoyada en el cine, la televisión, el libro o la música. No hay forma de escapar a la contaminación mediática que tiende a convertirnos en consumidores culturales de lo mismo. Todos vamos en la misma frecuencia, trátese de un partido de fútbol o de un espectáculo artístico. La industria del entretenimiento es, después de la industria espacial, el primer exportador de Estados Unidos. Se pregunta Verdú: ¿Tanta diversión se pide? Así como las vacaciones se convirtieron en una obligación sacramental de los mexicanos, así mismo el entretenimiento ha ocupado casi todos los sitios que antes ocupaban los juegos decididos por cada quien, incluidos los muy divertidos juegos infantiles de esconderse de la mirada de los otros. El de las escondidas era un juego cuyo trayecto era sumamente provechoso, tanto porque había talentos especiales para ocultarse en los rincones menos previsibles cuanto porque los jugadores lograban sentir ese suspenso de buscar y descubrir y de saberse buscado y no encontrado. La amenidad se nos ha impuesto con su carga de transparencia y a la vez se han perdido multitud de ocasiones para inventar reglas, interpretarlas y aceptarlas. En la década de 1960 se llamó a la televisión la industria de manipulación de las conciencias. La cultura del entretenimiento de hoy ha conseguido homogeneizar los gustos y se le han cortado las alas a la imaginación, a la individualidad.

La transparencia ha sido en buena medida la topografía que nos ha cancelado la posibilidad de apartarnos de las voces y las miradas de los otros. Las casas de antes eran geografías de escondites; lo mismo servía un ropero, el tronco y el ramaje de un árbol, el cuarto de triques, el fondo semioscuro de una cama cuya colcha besaba con sus orlas redondas el piso rojo, una pared malhecha y ahuecada, una techumbre herrumbrosa a la que nadie iba nunca (excepto para esconderse) y una gran variedad de rincones que servían para jugar y sentir el poder de ocultarte y tener opciones para ejercer ese poder.

Escribe Verdú sobre la escasez de escondites, de nichos donde forjar un nido propio, diferente y particular. De este modo, el rincón sería la metáfora perfecta para ilustrar la ceguera de la transparencia que caracteriza nuestro tiempo. Si todo es transparente, entonces ya nada lo es.

Un buen día ganó la funcionalidad de las construcciones de edificios y casas. En los hechos, la arquitectura funcional fue la menos funcional que se podía ver y habitar. La luz y el vidrio fueron en su momento los dogmas de una vida que translucía una verdad aparente, pues todo lo que es visto y sabe que es visto pierde en esa proporción su realidad. Nadie al que le dicen que van a filmarlo es el mismo; en realidad, al momento en que el foquillo rojo de la cámara se enciende, cada quien se desprende de sí y se convierte, o trata de convertirse, en otro. En épocas de violencia e inseguridad la gente cambia. He visto el fenómeno en Ciudad Juárez. La gente simula una mayor amabilidad y se esfuerza por parecer bueno, decente; sus palabras y sus cordialidades parecen decirte “Mira, yo no soy narcotraficante, yo soy bueno, date cuenta, no te vayas a confundir, no me vayas a confundir”.

Las casas que se han construido en por lo menos los últimos cincuenta años son planas y diseñadas para que el sol enseñoree sus luces vigilantes y morbosas. Las casas de antes estaban caracterizadas por los recovecos que le permitían a cada miembro de la familia, incluso en las casas de los pobres de las orillas de la ciudad, apartarse por momentos de la presencia de los otros. Cuando tal cosa no era posible, en el campo abierto había más escondrijos que en los viejos castillos medievales, porque ¿quién te podría encontrar en la exuberancia de troncos, ramas y altura de un álamo gigantesco o dentro de un hueco delgado de un garambullo? Las construcciones modernas son, dice Verdú, formas que abolieron los rincones. Casas de ricos o de pobres, contrahechas u oscuras, eran más luminosas que las casas modernas, de ricos o de pobres, donde es posible verlo todo desde todos los sitios de la casa, construidas panópticamente para que nadie escape a la vigilancia. La abolición de los rincones es también el exterminio de una intimidad que permitía a la persona resguardar sus secretos, su yo particular y distraído.

miércoles, 18 de mayo de 2011

De qué muere la gente


Escribe Claudio Magris que nacer es más terrible, más violento y más absurdo que morir. ¿Quién lo puede saber? Tal vez los muertos lo sepan pero no tenemos testimonio fiable de esa experiencia. Como sea, el acto creativo es doloroso; lo fue la explosión del Bing Bang y lo sigue siendo un parto; lo ha sido siempre la génesis de una hecatombe y la creación solitaria de un poema escrito hace dos mil años ante una vela tímida que parpadea hasta que se apaga. Crear duele y por eso vivir tiene sentido.


La gente nace y en el curso de la existencia aprende la costumbre de morir. No es lo mismo, sin embargo, tener conciencia de la muerte que la presencia de ella. El tiempo y las circunstancias hacen la diferencia: no es igual tener veinte años que ochenta ni es lo mismo vivir en una ciudad apacible que en otra donde las esquirlas cruzan de una acera a otra o provienen de un callejón tenebroso donde las luces fugaces e intermitentes de la metralla rasgan el silencio y las balas vuelan libres y caprichosas, haciendo trizas el azar, crepitando la indiferencia con que uno camina vestido de desparpajo, iluminado por la textura invisible del retraimiento.


Tienen culpa los que nacen y la tienen los que causan el nacimiento. Esto es más cierto ahora que antes. Traer un hijo al mundo ha adquirido sentidos y tonos diferentes. La gente ve el mundo y se retrae; ahora se la piensa; analiza y discute con el marido o el amante; tiene conciencia de que el mundo está convertido en un tiradero de fierro oxidado, que la lluvia es ácido mortal, que las aguas de los ríos son lixiviados venenosos, que la inseguridad y la violencia enseñorean su crueldad a diestro y siniestro; sabe de la pederastia y el tráfico de menores, del desempleo y de esto y lo otro.


Hace unos días, en el elevador de un hotel de la ciudad de México, le comenté a una guapa muuchacha embarazada: “Es una maravilla ver una mujer embarazada”. Ella me respondió al instante: “Para que veáis que, a pesar de todo, todavía confiamos en vosotros”. Era, como se oye, una muchacha española. El “vosotros” es “ustedes los hombres”, pero también puede interpretarse como reproche a la estupidez globalizada.


Algunas madres sienten culpa de haber traído al mundo a uno o a sus hijos. El enunciado anterior es políticamente correcto pero es inexacto: la culpa la llegamos a sentir todos, madres y padres, según las circunstancias. Hay épocas especialmente propicias para la culpa de hacer nacer: violencia extrema, miseria, guerra, calamidad, pertenencia cultural. En alguna parte de uno de sus libros (creo que Dossier K) el escritor húngaro-judío Imre Kertész (Premio Nobel de Literatura 2002) escribe sobre la culpa del judío de procrear en un mundo hostil que los persigue, los destierra y los mete en hornos crematorios. Muchos se consuelan apelando a la voluntad de Dios, pero este consuelo, una cobardía, apenas sirve para no reconocer, con Montaigne, que el recién nacido ya tiene edad suficiente para morir. El mismo Kertész escribió uno de los libros más tristes y bellos sobre la muerte: la muerte de lo que nace o no nació. El libro es Kaddish por el hijo no nacido. En realidad es una oración que llora por el niño que no nació en él. Kertész, que estuvo en un campo nazi de exterminio, soñaba que Auschwitz era la imagen misma de su padre. El fantasma de Kafka. Ya el católico Georges Bernanos, tan genuinamente católico que no perdía el tiempo en rezos, lamentaba la muerte del niño que fue.


Nacer, además de terrible y violento como apunta el escritor italiano, es un hecho culposo. No siempre ha sido así o tal vez la gente antigua no alcanzaba a intuir siquiera que una culpa escondida en algún rincón de su memoria profunda obedecía a la costumbre de ser parte del nacimiento de otro. Dar vida es un gozo y una pena al mismo tiempo. Como sea, con el dolor a cuestas –del que hace nacer y del que nace–, vivir es la más sorprendente y milagrosa de las maravillas, una experiencia que nos ha sido dada accidentalmente a una minoría selecta azarosamente. Se nace por accidente y ya después poco se sabe sobre el acto de morir. El tema es recurrente en el escritor húngaro Sándor Márai: una cosa es la muerte y otra muy distinta es el acto de morir.


De Márai (1900-1989) acaban de publicarse en español sus Diarios 1984-1989. Son notas que va escribiendo sobre la muerte, la de su mujer que se fue desgranando hasta quedar reducida a un olote oxidado, la de sus hermanos y amigos, la suya propia, el proceso de putrefacción que Márai vivió de los 84 a los 89, unos días antes de darse un tiro. El libro me conmovió hasta el llanto.


Cada uno de sus últimos días Márai pensó en su muerte, pero el tormento de morir no fue de ningún modo un pensamiento sencillo. Anota el 11 de abril de 1984: “Quietud si pienso en la muerte. Inquietud si pienso en el morir”. Fallecida su esposa con la que convivió más de sesenta años, Márai dispuso su triste existencia en torno a la agonía. Él, enemigo mortal de las armas, compró una. Incluso tomó lecciones de tiro: aprender a matar-se.


En el camino de sus notas garabatea breves reflexiones sobre el momento: planear para los siguientes cinco segundos. Lee poco: Voltaire, poesía húngara (la lengua es la verdadera patria, repite), Don Quijote (dice que es la novela más hermosa de la literatura universal). Márai descubre la bella fatalidad de morir sano: “Ha de ser bonito morir sano”, apunta. Pero la realidad que tuvo que padecer los últimos meses modificaron esa convicción: fue víctima de la costosa industria del dolor, de la vejez y de la agonía. A los médicos los llama perreros con título. Descubre que todo es mentira: “lo que los curas, los médicos y la gente de toda clase masculla sobre la muerte. La realidad de la muerte es asquerosa”. Cuando Márai siente cerca la muerte huele su pestilente aliento. Sin embargo, a veces se consuela con un verso: “Tal vez no sea gran cosa la muerte”. El viejo escritor ironiza: “Es posible. Acaso el poeta estaba en lo cierto, teniendo en cuenta que todo el mundo ha pasado por ello y nadie ha presentado una queja a posteriori”.


Humor fúnebre el de Márai que se va diluyendo como si estuviera metido en un tambo de ácido. Lee a Spinoza: “Todo está en Dios. Y Dios está en todo. Sin embargo, Dios no puede ser el Dios de las religiones”. Las religiones institucionalizan la muerte y al hacerlo la deforman, la desfiguran, la convierten en un espectáculo plañidero y la disponen para que el comercio de la agonía y de la muerte se enriquezca como ninguno otro: “El robo descarado ejercido por la medicina y sus compañías es asqueroso”. Los curas, agrego yo, bien que contribuyen a que esa industria sea hoy tan floreciente como el comercio de drogas o el consumo de comida chatarra. Todavía tiene Márai el humor de ironizar sobre la comida chatarra: una tarde va a comer a un restaurante de comida china. Los chinos, piensa, ya tienen bombas atómicas, pero aún no han sido capaces de inventar el cuchillo y el tenedor.


El 15 de enero los Diarios 1984-1989 tienen el siguiente apunte: “Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora”.


Se suicidó el 21 de febrero de 1989. Ante la muerte del otro uno sólo piensa tonterías. Yo pensé: “ya no se enteró Márai de la caída del Muro de Berlín”. Sin embargo, pensé también en las últimas palabras que le dijo su esposa: “Ten cuidado de no mezclarte con mala gente”.


Sabemos, al menos desde Montaigne, que morimos no porque estemos enfermos sino porque estamos vivos. Esta verdad elemental no nos permite, sin embargo, comprender la muerte ni el acto de morir, y menos nos sirve de consuelo cuando enfrentamos esa abstracción a la que llamamos muerte o el recuerdo de aquella tarde de diciembre cuando una bala lanzada desde la oscuridad rozó los cabellos sueltos de tu cabeza. La muerte ronda en redondo; llega cuando se le da la gana y no llega cunando debiera. Eso debiera producirnos una profunda alegría: “Estoy vivo. ¡Viva la vida!”.


En su Autobiografía, Bertrand Russell, el más importante filósofo desde Kant según afirma el sabio Karl Popper, anota: “He buscado el amor, primero, porque conduce al éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por una horas de este gozo”. Eso mismo lo suscribe cualquiera que tenga entre sus manos la esplendorosa oportunidad de unas horas de ese inmenso gozo.


La vida es una fiesta porque es breve y porque cada vez los invitados son otros. La muerte es un misterio y no se ve en el horizonte científico nada que lo desvele. El propio Einstein abogaba por mantener en su lugar los grandes misterios de la vida. Era un hombre sabio: el conocimiento racional es escaso y por eso debemos cuidarlo como el mayor tesoro de la humanidad. Es penoso que la gente actual se desfigure y se des-configure: le tienen demasiado miedo a morir. Ha de ser porque le tienen miedo a la vida. A los 87 años, la mujer de Sándor Márai era una mujer hermosísima, más aún que en sus distintas juventudes.


Las parejas de hoy ya no quieren hijos. “Salen muy caros”, dicen. Pero no es la carestía material de la vida sino el exceso de expectativas que el consumo ha impuesto como deberes sacramentales, uno de los cuales es mantener a una persona con vida al costo que sea, económico y moral. Antes la gente se moría con dignidad, en su casa y en paz. La industria de la muerte ha transformado esa costumbre; el mercado de la agonía ha abierto un abanico de posibilidades de vegetación. El negocio de la agonía es cruel pero la muerte es un negocio en sí mismo.


El día que Márai esparció las cenizas de su mujer en el mar de San Diego, California, una vez que el representante de la empresa fúnebre se despidió del escritor, le comentó en tono amable y servicial: “Esperamos que haya quedado satisfecho. Vuelva pronto”.



miércoles, 4 de mayo de 2011

Coleccionista de fisuras



Las opiniones contundentes son muy apreciadas. Algunas son torpes y groseras, otras son ingeniosas y unas pocas rallan en la genialidad. Nos gustan las frases breves, redondas, punzocortantes. Se han escrito cuentos extraordinarios de una sola línea. Los textos largos y el bla bla bla suelen ser tediosos, periféricos, ambiguos y hasta pueden producir sordera. Entre menos palabras, mejor, se dice con rotundidad. Lo bueno, si breve, doblemente bueno, se repite como verdad incuestionable. El gusto por la brevedad lo heredamos del lenguaje, no de la realidad; pero tal vez sea más correcto decir que la lengua latina tuvo en la sentencia la fórmula ideal para atrapar la realidad en unas pocas palabras. “Muchas noticias en pocas palabras”, se decía con inicua vanidad periodística.


En la vida cotidiana sucede lo mismo y lo contrario al mismo tiempo. Por un lado le pedimos al hablante que sea breve y concreto, que no le dé vueltas a un asunto que es o parece sencillo. Por el otro, le pedimos al hablante del país de Laconia que se explique, que amplíe con palabras su parquedad. Creo que todos nos hemos topado en la calle con alguien al que saludamos y eso basta para que nos cuente la historia de su vida. También nos hemos dado encontronazos con los cortantes monosílabos que te dejan sin habla, sopapos que enmudecen.


Todo depende, desde luego, de las personas que hablan y del momento en que lo hacen. No es lo mismo un amigo que un enemigo y tampoco lo es una amante que una esposa. A los amantes les sobran promesas y a los esposos les faltan sobremesas. En el primer caso la vida de los novios es exuberante y en el segundo las sombras de la muerte envuelven el silencio de cónyuges agobiados de sí mismos. La generalización no es justa: hay matrimonios vitales y hay amantes que se matan; he visto cónyuges amorosos y amantes que se sacan los ojos y se rasgan los ojales. “Hay palabras que duelen como una mordedura”, dice un poema húngaro; palabras densas como el cianuro.


Ya se habrá dado cuenta el lector de que le estoy dando vueltas al asunto y no entro en materia. Es el Cantinflas que llevo dentro. Georges Steiner preguntaría, con razón, ¿Qué quieres decir en sentido literal? Puntuemos:


1. No es lo mismo pensar, hablar y escribir. En el habla hay también diferencias: obvias unas, sutiles las otras. El poeta José Emilio Pacheco dice que no es lo mismo platicar que charlar o conversar. Tiene razón: la gente de antes (se) platicaba mucho: “Platícame” o “Déjame platicarte” eran expresiones que anunciaban el arribo de anécdotas que el oyente adornaba con un arqueo de cejas, una boca que se abría sorprendida, una mano que se cubría los labios para contener el asombro, una exclamación onomatopéyica. Hoy es común escuchar entre los jóvenes “¡Guau”!


2. Charlar es otra cosa y tiene sus diferencias de fondo con conversar y dialogar. Entre charlar y conversar la diferencia es sutil pero profunda. Por definición, la charla es desparpajada. La solemnidad y la seriedad no están invitadas al banquete. El abuso puede rallar en charlatanería. Sin embargo, es más exacto decir que el charlador puede degenerar en parlanchín, pues el uso del vocablo charlatán se ha extendido hasta emparentar con la farsa y el farsante. Si el lector quiere un ejemplo a la mano, léase El maestro de almas de la escritora rusa Irène Némirovky, una novela que narra la farsa arribista de un emigrado que, nacido en las profundidades del hambre, la humillación y el sentimiento de inferioridad, busca, mediante la fama y el reconocimiento, resarcirse de un pasado marginal. El personaje aprovecha la ignorancia de las damas burguesas del París de entreguerras que pagan lo que sea con tal de curar su incurable manía de sufrir dolencias imaginarias. Eran tiempos en que el psicoanálisis estaba de moda y de muda. La novela de Némirovsky no es buena, pero un par de personajes está bien logrado. Irène, escritora judía acusada de antisemita, murió en un campo de exterminio nazi en 1942, por judía y no por antisemita.


3. Un parlanchín no es necesariamente un charlatán y un charlatán no es necesariamente un parlanchín. Dos parlanchines se oyen como una tambora sinaloense y más de dos parlanchines parece la cámara de diputados. En cambio, un charlatán pasa por un loco y más de dos charlatanes fundan una nueva escuela terapéutica.


4. Conversar es un desparpajo con control de calidad; es la intercalación de pocas voces, un coro de dos o tres amigos (y no más de cinco); la armonía y el ritmo pausan el divertimento, las opiniones se engarzan y se pulen sin previa intención de acuerdo. El fin de la conversación no es el acuerdo sino el placer de opinar y escuchar. Conversar no es lo mismo que dialogar. La diferencia está en las reglas (mínimas en el primer caso, suficientes y claras en el segundo) y en el objetivo: el diálogo se propone resolver un conflicto o atemperar una diferencia, la conversación no. El diálogo es un remedio eficacísimo cuando las diferencias chocan y sacan chispas. Se inventó hace dos mil quinientos años. Fue el título con el que Platón envolvió el método de Sócrates para llegar a la verdad. Algunos Diálogos de Platón son una delicia intelectual, pero en su mayoría son insulsos, sobre todo porque Platón tenía la pésima costumbre de reunir a Sócrates con unos interlocutores de bajo nivel y algunos francamente bobos. Además, es natural que Sócrates envejeciera y que su mayéutica degenerara en dogmática. En nuestro tiempo, el Sócrates de La República sería un cofrade de sacristía. Prefiero creer que el que envejeció fue Platón y que hizo decir barbaridades a su maestro, al maestro de la humanidad.


La perífrasis me ganó otra vez. Dejemos las veredas y volvamos al camino. Además, los acólitos de Platón ya andan en campaña política ofreciendo la salvación del país y la felicidad del pueblo. Dejemos el diálogo para el conflicto y para los amantes rijosos. Acéptese que dialogar es el medio par excellence que tiene una democracia para evitar la guerra.


5. Es inútil abrir el diccionario para encontrar las diferencias entre platicar, charlar, conversar y dialogar. La experiencia es más útil. En la calle o con los amigos el Verbo se hace carne; al encarnarse, corre el riesgo del sobrepeso y la obesidad. Como el Estado Clínico ha entrado a la vida privada e incluso se ha metido debajo de la piel de la intimidad –ya no hay tiempo para avisarle que su visita no es bienvenida–, mejor pensemos en prevenirnos de las prevenciones, no sea que un día de estos la Organización Mundial de la Salud dictamine que hablar en exceso produce daños a la propia salud y a la de los oyentes, a quienes se llamaría “parlantes pasivos”. Tal vez la gente apacible aplaudiría una norma que prohibiera el habla espamentera en los lugares públicos para no dañar la salud de aquellos que cuando comen no conocen o de los que sólo hablan con la mirada. Imagino que, de aprobarse la norma, un grupo de amigos tendría que conversar con susurros vigilados por cámaras auditivas. Como se ve, entré en vericuetos y aún no doy inicio al tema.


6. La sabiduría de nuestros mayores insistía en que había que pensar antes de hablar. Un poeta polaco va más lejos: hay que pensar antes de pensar. El poeta ignora que esta práctica es antiquísima. Antes de pensar la gente meditaba o hacía oración, formas de pensar antes de pensar. La fe de nuestros mayores nos aconsejaba, antes de ir a un examen escolar, encomendarnos al Espíritu Santo. Sin embargo, no es lo mismo meditar que pensar y el meditabundo no necesariamente medita o piensa. Algunos meditabundos son como los personajes de una historia de Isaak Bábel: “agobiados de la pastosa tristeza de los recuerdos”. En ojos cerrados no entra el sol y en mentes en blanco no entran los recuerdos. Pero este es otro tema; es el tema de la culpa y el perdón. Mejor retomemos el buen camino. Los últimos días de Bábel son de un dolor que aún no tiene nombre.


7. Somos herederos de la paráfrasis tanto como de la perífrasis, así del aforismo perfecto como del aforo imperfecto. El pensador francés Clément Rosset escribe en su Tratado de la idiotez que la lengua latina no es la lengua de la disolución y de la hinchazón, sino más bien de la concisión y la sobriedad. Y, sin embargo, el latín es una lengua grandilocuente, y eso en virtud de su concisión misma: condenada a resumir, no puede dejar de caricaturizar, de encerrar la multiplicidad de lo real en fórmulas necesariamente sumarias, aproximadas y convencionales. Somos herederos de las frases lapidarias. Lo curioso es que las frases que uno ve en las lápidas no son diferentes unas de otras. Sería una actividad intelectualmente divertida pasear entre tumbas y descubrir epitafios geniales. Muchos han ideado el suyo. Llegado el momento, nadie lo recuerda ni quiere recordarlo. En la mayoría de las ocasiones son las funerarias las que ofrecen un catálogo de frases hechas que pueden resumirse en una: “Te recordaremos siempre”. Hace poco, en un pueblo del desierto norteño, entré al panteón y caminé entre las tumbas. No lo hice como homenaje en el día del centenario del nacimiento de E. M. Cioran, uno de los más geniales escritores de aforismos, sino para ver si en la aridez y el polvo se podía encontrar un epitafio diferente. Nada. El insoportable calor quemaba pero no iluminaba. Recordé, a falta de otro mejor, el epitafio de la tumba de Groucho Marx: “Disculpen que no me levante”. También el de un amigo que admiraba al emperador romano Julio César: “Vine, viví y me morí”. Andar entre tumbas es un gozo cuando se siente la intensidad de la vida. La muerte no es cruel sino el acto de morir. Sándor Márai escribe en sus Diarios sobre la crueldad que los humanos le damos a la muerte. Cuenta de un rey etrusco que ataba a los presos a cadáveres, cara a cara, y los dejaba así hasta que el vivo se pudría junto al muerto. En fin, a nada conducen estas atrocidades. El tema es otro.


8. Somos fanáticos de la sentencia, del adagio, del aforismo. Los refranes son oraciones breves y sustanciosas; con ellos explicamos un hecho o juzgamos a una persona; con un dicho nos consolamos o nos reímos; con un refrán comprimimos la complejidad de lo real.


Lo anterior no quita que seamos legítimos herederos de un lenguaje vasto y rico en matices, modulaciones, inflexiones, intensidades e intenciones. Hemos depredado esa herencia. El habla común ha quedado reducida a menos de sesenta palabras. El asunto sería irrelevante si no fuera porque, como lamenta Steiner, ahí donde una lengua, por pequeña que sea, se extingue, se extinguen también muchos mundos, trozos enormes de humanidad. Veamos si podemos dejar los escarceos cantinflescos.


9. Los escritores de todos los tamaños son adictos a las entrevistas. Se entiende que quieran saber el tema o preguntas de la entrevista. Que un micrófono no te agarre desprevenido es parte de la legítima defensa. Algunos grandes escritores revisan antes las preguntas y los hay quienes las escriben; es decir, se auto entrevistan. El caso de Vladímir Nabókov es particularmente provocador: arrasa con todo y contra todos; no tiene el genio de Karl Krauss o el de Borges, pero Nabókov responde la que a mi juicio es la mejor crítica que se ha hecho al psicoanálisis.


Entrevistador: “¿Lo han psicoanalizado alguna vez?”
Nabókov: “¿Me han qué?”
Entrevistador: “Si lo han sometido a un examen psicoanalítico”
Nabókov: “¿Por qué, Dios mío?”


La contundencia irónica de Nabókov no es una buena forma de concluir un artículo que, hasta esta línea, no va a ninguna parte, acaso porque tiene todos los frentes abiertos. Se impone una confesión: soy coleccionista de fisuras. Sé que los escritores conciben un libro y luego piensan en el título. Es probable que un escritor tenga primero un buen título y luego piense en el contenido del libro. Muchas veces es el editor el que sugiere o impone el nombre. Lo cierto es que hay títulos de libros que valen oro.


10. Hace poco, leyendo La nieve roja de escritor ruso Sigismund Krzyzanowki, me encontré con excelentes títulos (el de este articulito lo tomé prestado de él). En 1930 publicó un ensayo breve llamado La poética del título. Es un escritor digno de estar entre los grandes del siglo de plata de la literatura rusa, aunque es casi desconocido. Joseph Brodski decía que la gran literatura rusa había concluido con Vasili Grossman; en realidad sería más exacto decir que concluyó con Brodski. Después de Marca de agua, ¿qué escritor se atrevería a escribir sobre Venecia? ¿Dónde encontrar ensayos literarios sobre Mandelstam, Ajmátova, Tsvietávieva y Platónov mejores que los suyos? El atajo es interesante pero se aparta mucho del camino. La libertad es un puñado de fisuras y atajos. Mejor termino.


11. El epígrafe es un arte de marcas de agua en los libros. Los hay tan buenos que incluso son superiores al libro. No es el caso de la historia de las drogas de Richard Davenport-Hines (La búsqueda del olvido). Uno de los epígrafes es una cita de Carl Jung:



“Toda adicción es mala, ya sea la droga, el alcohol, la morfina o el idealismo”.


En fin, me he perdido y no hallo cómo salir al claro. Si una veredilla me atrae, la sigo al instante; en los caminos del bosque, en un tronco bordeado de misteriosas figuras o en una piedra herida de tiempo, hay fisuras por donde escurre el clima. En sus oquedades se oyen murmullos suaves y cadenciosos, encantamientos que vienen de más allá del país de Babia.


2. Entre escritores, ya se sabe, se dan hasta con la cubeta: la envidia elevada a la genialidad literaria. En Las armas y las letras el escritor español Andrés Trapiello recuerda que Unamuno llamaba tonto al escritor Salvador de Madariaga. La vez que alguien defendió a Madariaga exaltando que hablaba cinco idiomas, Unamuno respondió: “Más a mi favor: es un tonto en cinco idiomas”.


domingo, 1 de mayo de 2011

La tía Julia y los piqueteros

Un grupo de intelectuales argentinos protestó, desde principios de marzo, contra el hecho de que Mario Vargas Llosa inaugurara la feria del libro de Buenos Aires y exigió que se vetara su presencia. La presidenta Cristina Fernández pidió que se retirara la carta de protesta, pero nada se hizo para garantizar la apertura y el discurso inaugural, el pasado miércoles, como estaba previsto.
Vargas Llosa leyó, en otra parte de la ciudad, su discurso: “Defender el derecho de los libros a ser libres es defender nuestra libertad de ciudadanos, el precioso fuego que la atiza, mantiene y renueva". De la ira ideológica de los intelectuales argentinos por la presencia de Vargas Llosa en Buenos Aires, Fernando Savater, también en la feria y también repudiado, hizo la mejor de las críticas: reírse de los intelectuales argentinos.
La inauguración oficial de la feria del libro fue un acto político. En otra parte Vargas Llosa habló de los libros: son “como árboles de un bosque encantado, se animan al abrirlos. Basta que celebremos con sus páginas esa operación mágica que es la lectura para que la vida estalle en ellos".
El escritor llamó a los indignados con su presencia “piqueteros intelectuales”. Antes, un pequeño grupo de piqueteros cortó el tráfico frente a su hotel y exigió su salida del país. El escritor declaró: "Les vi desde la ventana. No eran muchos, pero hacían mucho ruido. Gritaban contra mí”.
Pero ¿qué son los “piqueteros”?
Los piqueteros son grupos pequeños de manifestantes que defienden lo mismo a los Hunos que a los Hotros. Tal como los conocemos, nacieron a la vida pública hace poco. Surgen cuando el gasto público deja de alimentar la demagogia. Se puede decir que son hijos del populismo político que durante la década de 1970 gastaba a manos llenas (con cargo a la deuda pública y a la inflación). Suelen ser utilizados por grupos de poder y en muchos casos obedecen a intereses de partido o ideológicos. Actúan en el linde difuso de la legalidad y es común que, en nombre de la libertad de expresión, violen normas elementales de tránsito en las grandes ciudades. Su presencia callejera, aunque de pocos, es ruidosa y altera la normalidad de la vida urbana. Los piqueteros son virulentos y groseros, pero saben calcular y medir el grado de afectación para ser eficaces sin llegar al delito grave, aunque el riesgo late en cada paso. Sus causas son todas y ninguna: un día acarrean a veinte mujeres indígenas exigiendo justicia y el siguiente encabezan a otros veinte que piden drenaje y alumbrado; una semana gritan frente a la sede del gobierno la liberación de un preso y a la siguiente acusan al neoliberalismo de causar la pobreza; en la mañana son luchadores sociales y en la tarde son sólo sociales (opíparamente sociales).
En Misiones, en el norte de Argentina, el calor es un sofoco del infierno. Pues a Misiones fue a dar, gracias a la exigencia de un pequeño grupo de piqueteros que se plantó en el cruce de la 9 de julio y la avenida de Mayo, un cargamento de calentadores. El populismo argentino no es muy distinto del nuestro. Los piqueteros son capaces de exigir bloques de hielo para los pobres de la Patagonia o demandar camiones de arena para el desierto. Los piqueteros mexicanos encabezan marchas de comerciantes ambulantes y de barrios. Se autonombran activistas o luchadores sociales. Los hay genuinos y desinteresados, pero abundan los que se ganan la vida defendiendo a los pobres. Entre los piqueteros, algunos se han hecho millonarios.
Pero ¿por qué se llaman piqueteros?
Proviene de los vocablos latinos “picus”, pájaro, y “pica”, urraca. De ellos se derivaron muchos: picar, picadero, piquetero, repicar, ¿pícaro?, picante, picoso, picota, picones (celos). Dar picones significa propiciar celos (¿Todavía se utiliza? ¿Hay celos en las relaciones “free” de los jóvenes?). También se derivan piquera (en México, cantina o pulquería de mala muerte), pique (ir a pique o estar en pique con alguien), piqueta (zapapico), piquete (herida leve o grupo pequeño de soldados), picado (una prenda picada por la polilla, un rostro picado de viruela o un borracho a medios chiles que la quiere seguir), picapleitos (litigante de barandilla), picador (carterista o señor gordo montado en un caballo percherón que hunde una garrocha en el lomo de un toro, momento aprovechado para saciar la sed del hígado), picaflor (donjuán picado de barros que tontea con varias muchachas sin tomar en serio a ninguna), etcétera.
Un grupo de piqueteros intelectuales argentinos, pues, le hizo ruido a Vargas Llosa e impidió su presencia en el acto oficial de inauguración de la feria del libro. Se entiende que el peruano no sea bien visto en Argentina: en La tía Julia y el escribidor un personaje dice que la proverbial hombría de los porteños es un mito, pues casi todos practican la homosexualidad, y que de tanto cabecear pelotas de fútbol, se habían alterado los genes nacionales, lo que explicaba la abundancia de oligofrénicos.
Es de risa. No sé qué ocurriría si Vargas Llosa escribiera una novela en la que los machos de Jalisco tuvieran prácticas homosexuales vestidos de mariachis, y luego fuera el invitado de honor a la feria del libro de Guadalajara. La mochería de Jalisco es tan famosa como el tequila, pero es más temible la intolerancia de los compas (así se llaman entre ellos los piqueteros en México), que rechiflaría la presencia de Vargas Llosa.
En una nota de Clarín del pasado domingo, firmada por Pablo Calvo, un librero de la calle Corrientes afirma que, gracias a los piqueteros, los libros de Vargas Llosa aumentaron sus ventas en un cuarenta por ciento.
Piqueteros hay en todas partes. En México son legiones. Muchos de ellos son universitarios, escritores, diputados. Los piqueteros de todas partes se parecen: bandean entre ideologías de baratillo y mercenarismo.
Como sea, la mejor respuesta la ha dado, por enésima vez, Fernando Savater: reírse de los piqueteros intelectuales de Buenos Aires.


martes, 19 de abril de 2011

Un canto preñado de fe y de lágrimas

“He visto a un pequeño pueblo cristiano, de tradición pacífica, de una extrema y casi excesiva sociabilidad, endurecerse de repente, he visto cómo se endurecían sus rostros, hasta los de los niños”: Georges Bernanos. Los grandes cementerios bajo la luna.

¡Qué fácil es hablar de la muerte y qué difícil es hablarle a la cara! Delante del que sufre la muerte en carne propia sólo puede haber balbuceos, una voz que murmura una lengua que no sirve para maldita sea.


La muerte de un hijo –cuentan los sobrevivientes– es la más dolorosa. Sin embargo, una señora joven que sufrió la experiencia del secuestro de su pequeño hijo me dice: peor que la muerte es la angustia de no saber si el niño vive, si lo torturan, si lo violan, si esto y lo otro y todo lo que esa angustia es capaz de causar con su multiplicidad de horrores.


Rabia, impotencia, coraje, odio. A uno de mis hijos lo han asaltado en varias ocasiones en el trayecto del trabajo a su casa. Todas fueron a punta de pistola y a punta de sol y multitud, a pleno rayo de infortunio.


“¿Sentiste miedo”?


“No, sentí coraje”.


Es la ira de la impotencia. En un camión urbano, sin que nadie lo imagine porque la violencia y el asalto viajan en el asiento de junto, tres tipos lo encañonan y le quitan cartera, reloj, dinero. . . En la calle, en la soledad de la humillación, es inútil pedir ayuda y todavía más inútil denunciar; no queda en el bolsillo ni un trapo húmedo para enjugar la ira ni a quién recurrir para pedir una gota de agua para remojar la aridez del alma; la gente pasa de largo; algunos voltean la mirada pero nadie voltea el corazón. ¿Denunciar? ¿No han ejecutado a algunos denunciantes, incluso antes que amanezca? El procurador de justicia de un estado del noreste me lo dice sin reborujos: “De muchas denuncias se enteran los denunciados antes que yo”.


He visto, en el norte, ejecuciones a unos metros. El tiempo se empantana; todo ocurre en cámara lenta; el aire se densa y las piernas se transforman en metales inarticulados; los testigos de junto parecen robots de ojos extrañamente abiertos, ojos que se convierten en el rostro completo, manos y pies que se mueven pesadamente, cuerpo y alma incapaces de un salto, inhumados todos en el aire de concreto.


Es la eternidad. Luego viene la sordera. Las ráfagas se escuchan toda la noche, en la cabeza; las luces que salen de las metralletas rebotan en el cerebro durante días y semanas, y la sordera permanece toda la vida. Pero otra sordera es peor aún: la sordera de la conciencia. ¿En quién confiar? Lo razonable es confiar en las instituciones de seguridad y de justicia; sí, pero el corazón tiene sentimientos que la razón desconoce.


¿Es la barbarie contra la civilización? En parte lo es; creo que es mucho peor. En Las armas y las letras dice Andrés Trapiello de la Guerra Civil española que la barbarie se ensañaba contra el candor: niños y jóvenes asesinados simplemente porque sí, porque era la Guerra, porque la Revolución o la Nación lo justificaban, y para el caso daba igual que los asesinos fueran dos minorías que luchaban, una, para defender la civilización católica, y, la otra, para redimir al proletariado.


Acostumbrarse a la muerte es la muerte misma. Escribe Bernanos que es fácil acostumbrarse a los muertos, a la visión, al olor de los muertos, pero los pudrideros son los pudrideros. Allí un bruto se transforma en un cobarde, y un cobarde se pudre, se licua.


Pero ¿de qué valentía genuina se puede hablar cuando los muertos no son muertos de guerra sino muertos de paz? ¿Qué pueden hacer los pacíficos habitantes de una pequeña comunidad ante la violencia que a todas horas los roba y los mata? En algunos pueblos la gente ha dado muerte a los criminales. No, no es el camino, el remedio es peor que la enfermedad.


Es cierto, los rostros se endurecen, incluso las caritas de los niños. La piel de las mujeres se hace fibrosa. Los hombres son piedras duras del desierto, rugosidades que miran el desconsuelo en el horizonte de sol y desolado. La dureza de esos rostros parece una máscara mortuoria, impenetrable, pero dentro permanecen los sentimientos blandos del duelo y el coraje. Viven en tierra inhumana, con el dolor a cuestas por la violación de una hija, el asesinato de un hijo, el robo de ganado o la extorsión que pende encima de ellos como espada de Damocles. En esas comunidades cristianas y pacíficas no se comprende qué pasa. La impunidad tiene domicilio conocido pero en movimiento: viaja en el tren del ostento.


Hace algunas noches, una camioneta de lujo con los vidrios polarizados se interpuso en el camino del taxi donde yo viajaba. No podíamos ver quiénes iban dentro; percibimos el peligro, el riesgo de ser vistos como presuntos muertos. Eran las ocho de la noche, en la avenida Constituyentes, casi para doblar en la colonia Cimatario. La camioneta lo abarcaba todo; esperaba un lugar para estacionarse y no tenía prisa; le hice un comentario al taxista: “ahora ya no puede uno mentarle la madre al abusivo, pues te salta con una metralleta”. El taxista entendió y aquietó su impaciencia.


Vivo en la ciudad donde circula el mayor número de automóviles de lujo en el país. La inseguridad no es un problema grave. La ciudad está de no verse de tanta cirugía. Sin embargo, no hemos tenido suerte con los gobernantes. Entre ladrones y sacristanes, la ciudad-estado fue entregada a la voracidad inmobiliaria. Estamos sentados en un barril de pólvora. Nada aceptaría con más gusto que el desmentido del tiempo. Y es cosa de días que la falta de agua y las inundaciones desmientan a otros.


Hace unos días, en la sala de abordar del aeropuerto de la ciudad de México, vi llegar a Luis H. Álvarez con su esposa en silla de ruedas. Durante la media hora que duró la espera, nadie se acercó a saludarlo. Solo y su serenidad. Es un funcionario importante pero es un personaje más importante aún. Parece El espectador orteguiano; pero sólo parece, pues en esa figura frágil y quebradiza vive acumulada la fuerza de un político que por más de cincuenta años ha bregado por un México mejor.


Cuando se anuncia el inicio del abordaje, ellos van delante. Él mismo empuja la silla de ruedas de su mujer y la lleva hasta la puerta. Ella entra, él no. Más tarde, los busco entre los pasajeros de clase premier. No van ahí. Dos horas después, en el arribo, ya lo esperan dos personas. Ayudan a su esposa; salen, parten en un auto Toyota Camry, y detrás de ellos una Suburban. Ni el presidente municipal del pueblo más jodido se atreve a salir a la calle con solo un par de escoltas. El alcalde de la ciudad donde vivo es mi vecino. Suele salir de la colonia en procesión de vehículos. Más que una autoridad democrática parece una caravana de belicópatas.


¿A qué viene esto de las escoltas de los funcionarios?


El poeta Javier Sicilia llama a un gran acuerdo social para frenar la violencia. Los acuerdos generales son necesarios. El pronóstico de Mario Vargas Llosa sobre el riesgo de que América Latina se convierta en un gran México no es descabellado y, sin embargo, no se quiere debatir seriamente la propuesta de despenalizar y reglamentar la producción, venta y compra de drogas. El acuerdo tiene que ser entre México y los países de América Latina y entre todos con Estados Unidos, la sociedad que más consume drogas ilegales en el mundo. Se debe atizar por todos lados, de arriba abajo y a partir de la base, con leyes generales y reglamentos municipales, aliándonos con el vecino y no apartándonos de su mirada, agrupándonos civilmente y exigiendo resultados.


En el breve espacio donde esos pueblos cristianos y pacíficos de los que habla Bernanos también se puede empezar con actitudes públicas que nos devuelvan la confianza: en nosotros mismos, en los vecinos, en las instituciones. La ejemplaridad pública es un acuerdo básico que corre en distintas direcciones. Los burócratas de cuello blanco deben dejar de comportarse como narcotraficantes. Si una autoridad mediana se traslada en una caravana de escoltas y ayudantes, representa la imagen misma de las caravanas de narcotraficantes que se trasladan a masacrar a sus enemigos o ejecutar a un grupo de migrantes.


Es un arcaísmo lo que voy a decir pero no tengo más: los representantes populares y los funcionarios de la burocracia no deben conducirse y mostrarse como si fueran delincuentes. Los gobernantes deben saber que en el 94 por ciento de los municipios del país no hay librerías y de que México es uno de los países con el más bajo índice de lectores en América Latina. Otra propuesta vejestoria es que los ayuntamientos restauren la naturaleza educativa del municipio. Antes se decía que los municipios eran escuelas de democracia, y en tiempos lo eran; no lo son ya; su tarea más elemental de educar a los habitantes en las formas primarias de relación interhumana, vecinal y comunitaria, no existe más, no obstante que ahora disponen de más recursos y autonomía. Es una imbecilidad propia de retrasados morales que el dinero lo utilicen para darse una protección que en la mayoría de los casos no necesitan. Muchos alcaldes también viajan en el tren del ostento.


Todos somos responsables del caos que vive el país, ha dicho Javier Sicilia. De acuerdo, pero no todos somos culpables. Él no lo es. El “todos” siempre es peligroso, induce a confusión: se pierde claridad en el deslinde de responsabilidades. El poeta cita el primer verso de Ósip Mandelstam: “nos hacen ya no sentir el suelo bajo nuestros pies”. Se trata del célebre poema que Mandelstam dirigió contra Stalin. La tierra inhumana donde estamos viviendo merece el recuerdo de la primera parte del poema:


Vivimos sin percibir el país bajo nuestros pies,
nuestras palabras a diez pasos no se oyen,
y donde con una breve charla basta,
nos salen con el montañés del Kremlin.
Sus gruesos dedos son como gusanos, sebosos,
y sus palabras exactas, como pesas macizas.
Sus bigotes de cucaracha se ríen,
y las cañas de sus botas refulgen.


El poema fue la base de la incriminación que la KGB utilizó como prueba para instruir y enjuiciar a uno de los grandes poetas del siglo XX.


Borís Pasternak, en una desesperada defensa de Mandelstam, llamó a Stalin, buscando salvar la vida del maestro:

Stalin: ¿Es realmente un maestro?

Pasternak: Ésa no es la cuestión.
Stalin: ¿Pues cuál es?


Pasternak respondió que le gustaría reunirse con él y hablar tranquilamente de eso.


Stalin: ¿De qué?
Pasternak: De la vida y de la muerte.


Stalin le colgó a Pasternak. Mandelstam murió a la medianoche del 26 de diciembre de 1938 en una cárcel del Gulag. En 1987, casi cincuenta años después, a duras penas el Tribunal Supremo soviético lo absolvió. Ya no se enteró Nadieshda, que luchó por ello “contra toda esperanza”.


La muerte no tiene permiso pero entra a rajatabla a punta de metralla y crueldad. Jósef Czapski, pintor y escritor polaco, estuvo en un campo de concentración soviético a principios de la Segunda Guerra mundial. Una vez liberado, dedicó su vida a investigar el destino de los miles de oficiales polacos desaparecidos. Dicho con más precisión, Czapski fue un excavador: tuvo la misión de descubrir fosas clandestinas. En su libro En tierra inhumana escribe que en la búsqueda de desaparecidos, en medio de insultos y trifulcas, alguien canturreó:


A tu Amparo, Padre del cielo,
Tus hijos entregan su suerte.
Bendícelos, ahórrales duelo,
Defiéndelos de la muerte.


“Y todo el establo –dice Czapski– entonó aquel cántico como un solo hombre. En aquel cántico había un arrobo infantil preñado de fe y de lágrimas”.


Va por las hijas e hijos de todos y por los hijos de nuestros hijos.
Omein.


martes, 12 de abril de 2011

Yo siempre he sido priísta

A Ricardo Cayuela

Del PRI lo sabemos todo, del PAN sabemos lo suficiente y del PRD esperamos saber algo más de lo que ya sabemos. Dicho sin matices, el PRI es el único partido congruente en este país: su clase política es lo que fue y no se ve otra en el horizonte cercano. Si acaso –cosas de la edad–, sufre algunos achaques de moralismo antiliberal. Dicho con un matiz significativo, el PRI no es el mismo pero los priístas no son distintos de sí mismos. El viejo régimen patrimonialista y corporativo ha sobrevivido, pero el monopolio se ha partido en tres.

El PAN es el partido más incongruente de la política mexicana: la clase gobernante y el partido le han dado la espalda a su pasado democrático. El PAN es, sin exageración, el peor engaño que se ha infringido a una ciudadanía que el año 2000 lo paseó en hombros por todas las calles y plazas del país. En poco tiempo Vicente Fox desgarró las esperanzas democráticas de sesenta años de brega de eternidades. Ni Fox ni el PAN ni nadie tuvo conciencia de que el 2000 era crucial y que era el momento de negociar un viraje histórico fundamental.

(Recuerdo, a propósito del PAN, al senador Gerardo Buganza –periodo 2000-2006–, veracruzano, joven, perrucho. Una tarde le pregunté por qué había decidido entrar a la política. Me explicó: su padre era un empresario como cualquier otro: tozudo, luchón, honrado; las crisis económicas lo habían llevado a la ruina, la última de las cuales, la que provocó el error de diciembre atribuido al presidente Ernesto Zedillo, lo dejó en la bancarrota y endeudado de por vida. Fue por entonces cuando Buganza tomó la decisión de inscribirse en el PAN y dar la batalla por un México democrático y económicamente estable. Luego fue diputado federal; más tarde peleó la interna por la candidatura al gobierno de Veracruz y la perdió con un ex priísta; encorajinado, se sumó, desde un partidillo, a restarle votos a la oposición y a favor del candidato del PRI. Ahora es el secretario general de gobierno –del PRI. Sigue siendo joven y ya es un próspero empresario. No me extrañaría que en unos años sea, en un segundo intento, candidato al gobierno del estado, pero ahora por el partido que, según sus palabras, causó la ruina económica y moral de su padre).

¿Qué pasó? Tal vez responda lo que miles en este país exclaman sin pudicia: “¡Yo siempre he sido priísta!”.

Por eso creo, no obstante las muchas reticencias que nos producen los métodos antidemocráticos del PRD, que ha llegado la hora de la izquierda. Pero ¿de cuál izquierda?; ¿qué significa hoy ser de izquierda? Isaiah Berlin se preguntaba en su lecho mortal: ¿dónde están las ideas políticas de la izquierda? Y de verdad, ¿dónde están?

El PRD no representa a toda la izquierda mexicana, sobre todo porque su discurso democrático se ve contradicho por sus prácticas antidemocráticas. El problema del PRD es que ven la democracia como un simple medio, un requisito formal (o burgués); carecen de cultura política, de principios y valores como fines en sí mismos; la democracia no podían haberla aprendido en los manuales socialistas ni en el asambleísmo universitario o sindical. Es un partido de abstracciones; su grandilocuencia verbal luce pero no ilustra. Con todo, ha sido un contrapeso político de gran utilidad.

La ausencia de democracia interna en el PRD no es una perversión escriturada a su nombre. En el PRI no hay debate y tampoco competencia que cumpla principios y reglas procesales. En el PAN la discusión se ha debilitado y las alianzas pactadas con el PRD han sido decisiones de un grupo de consejeros demasiado plegado al presidente Calderón antes que a la opinión crítica de sus militantes.

Si un sentido tiene decir que es la hora de la izquierda mexicana sólo puede ser porque, dentro o fuera del PRD, asumamos, al parejo de un proyecto de país que tenga en la justicia social el motor de los programas públicos, compromisos claros y contundentes con la crítica, la autocrítica y los principios e instituciones democráticas. Creo que de ello depende que una amplia gama de ciudadanos se sume con entusiasmo a deshacer los nudos que han hecho de este país un círculo de vicios repetidos.

Los liberales somos mayoría en el país, pero las minorías radicales de un extremo y otro gritan más fuerte. En un extremo, se mantiene la superchería teocrática de que el poder público procede de Dios; en el otro, el Pueblo es el dios omniscio y omnímodo. En ambos extremos la política es vista como una actividad derivada.

En el PRI ha desaparecido su vieja concepción nacionalista y revolucionaria. Pero así como los panistas se parecen cada vez más a los priístas, en el reverso de la medalla los priístas se parecen cada vez más a los panistas. Unos y otros se semejan hasta en la imagen de señoritos acicalados, más dignos de un cortejo monárquico que de servidores de la República. La visión empresarial de la política los cerca y los acerca; el PRI ha perdido el ideal de servicio público y el PAN, que históricamente fue un partido de ciudadanos libres, ahora gobierna como si los ciudadanos fueran clientes cautivos: cifras, porcentajes, estadísticas, ganancias, pérdidas y reparto de utilidades. La mafia de cuello blanco, pues.

En ambos partidos predomina el empresarialismo como ideología política: la cosificación del ciudadano. En un magnífico ensayo (Corriere della Sera, 22 de diciembre de 1999) el escritor italiano Claudio Magris se refiere al tema con la agudeza que lo caracteriza. Escribe que cada dos por tres los políticos advocan la palabra “mercado” como si fuera un ábrete sésamo. Es cierto, el mercado es el sistema menos malo que conocemos en lo que se refiere a las actividades económicas, pero no todo es economía. El lenguaje económico es la hegemonía que ha entrado, sin discusión crítica, a las universidades, a los hospitales, a los centros de investigación científica; el país entero se ha convertido en una empresa. Frente al discurso psico-pedagógico-sociologizante de la izquierda, el empresarialismo certifica la calidad de una institución educativa o de un organismo político como si fueran fábricas que producen tuercas o excusados (¿o los producen?); los estudiantes ya no son evaluados con calificaciones o notas: ahora pagan “créditos”. Pero una familia no es una sociedad anónima; si bien es cierto que una pareja de amantes tiene que procurarse el sustento para vivir, pues en caso contrario se moriría y ya no haría el amor, también es cierto que Tristán e Isolda no se escribe Tristán & Isolda. Definirlo todo como una empresa es una sandez, lo mismo que imponer a los estudiantes el pago de créditos y llamarlos “clientes”, pues en el comercio el cliente siempre tiene la razón mientras que en la escuela y en la política la razón es del que realmente la tiene. Esta tétrica visión de una existencia controlada y aritmetizada en cada uno de los gestos pone en relación al totalitarismo asambleario (en el que todo, desde el sexo hasta la política, tenía que obedecer a las reglas y a la mística del grupo) con el totalitarismo economicista, en el que todo debe ser inmediatamente productivo. El ensayo de Magris es de hace doce años. Las cosas han venido a peor.

El otro malestar de la cultura política mexicana es el de las víctimas. Un estudiante es evaluado por el número de créditos que paga, no por lo que realmente sabe. Una vez cubiertos, ese mismo estudiante se convertirá en un acreedor de por vida del Estado. El malestar es tan viejo como nuestra historia independiente. Ya el doctor José María Luis Mora advertía que la empleomanía pública era uno de los peores vicios del nuevo país. Y como escribe Magris, en un país de acreedores, lo único que queda es la bancarrota.

No hay en los partidos discusión interna ni debate crítico sobre la rueda del poder que, detenida en el mismo punto, gira y gira sin moverse de lugar, atascada en el mismo lodo oxidado de mentiras y cinismos. En México se tiene pavor a la crítica. En los partidos, el crítico es indisciplinado; el que protesta por la violación de reglas internas es tachado de insolente y, en ocasiones, de traidor; las ideas políticas no provienen de la reflexión crítica sino de una maquiladora; los líderes pastorean a los militantes y en tal actividad cerril fundan su éxito y su futuro; la argumentación y el genio crítico han cedido su lugar al insulto grosero; los militantes oyen, callan y obedecen; los gobernantes piden a los medios de comunicación una crítica constructiva, que no es otra cosa que pedir un elogio refinado; la falta de debate es, en fin, el dique que impide la competencia y la consolidación de la conciencia democrática.

Se confunden confrontación y enfrentamiento. La rueda sigue girando y salpica lodo. La esperanza política devuelta a los ciudadanos el año 2000 ha devenido en anti política, que es el peor de los escenarios.

Cuando digo que el péndulo político se mueve a la izquierda es sólo el deseo de que algo se mueva. El objetivo común es la recuperación de los principios liberales y socialistas de nuestra tradición política, pero la modernidad es la democracia o no es modernidad. ¿Qué hacer para consolidarla? No queremos, como un personaje de Platónov, buscar la tumba de Rosa Luxemburgo; menos queremos acabar, como Makar, en el manicomio; tampoco podemos, como escribió Enrique Krauze, esperar con los brazos cruzados la siguiente explosión del agravio insatisfecho.

Ante la probable victoria del PRI en la elección presidencial del año 2012, la frase más repetida ya es: “¡Yo siempre he sido priísta!”. El cinismo reinante es una pésima señal. Mejor reflexionemos en un entendimiento político y social que oriente el rumbo y acuerde los medios para consolidar la democracia y un estado de derecho y de justicia.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Yo todavía lloro

Porque el amor es tan fuerte como la muerte: El Cantar de los Cantares

La muerte tiene cuerpo pero no tiene nombre propio: simplemente es la muerte. Piedras que yacen en una banqueta, a media calle; cuerpos inertes que unos segundos antes caminaban, pensaban, sentían, soñaban; ropa enrojecida de odio, laberinto de complicidades inexpugnables. El ejecutado yace en la soledad total, sin sombras de arbustos deshojados ni cónclaves de curiosos entumecidos. Nos hemos familiarizado tanto con los muertos que la muerte es una mera representación: es la muerte de otros, no la parte final de la vida propia. Pero la muerte no es simple. Por eso es una desgracia humana que, siendo parte de la vida, la violencia le haya robado su fulgor negruzco y trágico. La violencia criminal, sin embargo, no es la única causa de que la muerte haya sido expulsada del pensamiento, la reflexión y la charla. Hablar de la muerte –de la propia, se entiende– es de mal gusto, una vulgaridad, un tabú, como antes lo era hablar de sexo. En el lado contrario, el culto a la muerte acumula miles de adeptos. La secta de la Santa Muerte es la que más fieles ha afiliado en los últimos años. Es la santa patrona de personas que viven la vida con muchos riesgos: camioneros, delincuentes, policías, pajilleras, intelectuales. Aunque algunos escritores relacionan el culto a la muerte con tradiciones milenarias, es una tontería concluir que las tradiciones mexicanas y las de muchas partes del mundo se parezcan a la adoración a la Santa Muerte o a esa necrofilia oficial de algunos gobernantes que rinden homenajes públicos a los huesos de los héroes o al paseo mundial de restos y reliquias de santos. La tradición de muertos existe en casi todas las culturas del mundo. Paradójicamente, en aquellos lugares donde hablar de la muerte se ha convertido en un poderoso tabú, es donde más miedo se le tiene, sobre todo en la intimidad de la almohada que entromete sus demonios en la nostalgia del futuro del que quiere dormir profundamente. Si algún sentido tiene pensar y hablar de la muerte es el amor a la vida; la conciencia de finitud es la conciencia de estar vivos, el enorme privilegio de ser, vivir y existir. Hablamos de los muertos –de nuestros muertos– para que sigan vivos y porque estamos vivos. Sabemos que el verdadero enigma no es la muerte sino el sufrimiento. “La tumba es un lecho muy confortable –dice un personaje de Isaac B. Singer–, y si los hombres lo supieran, no tendrían tanto miedo”. Nacer es un accidente maravilloso y cada quien es responsable de que su vida sea una sombra enrejada o una fiesta desparpajada de risa y llanto entrelazados. Si la infancia era un himno a la vida lo era muy especialmente porque los bosques, los ríos, los estanques, los cerros, las cuevas y las piedras no eran marcas registradas. Eran de nosotros, los excursionistas, y de los vagabundos, de las plantas, de los animalillos. Esto último me lo recordó el escritor lituano-polaco Czeslaw Milosz cuando hace memoria de que en su infancia nadie se preocupaba de saber a quién pertenecía el bosque y la naturaleza. La sensación de fragilidad del niño frente a la inmensidad natural es, según mi recuerdo, el más refinado y humilde agradecimiento a la vida, sabiendo que una víbora de cascabel merodeaba cerca, que un resbalón por una estrechísima vereda te podía lanzar al abismo, que un pedrusco no invitado a la fiesta podía caer velocísimo y partirte la cabeza. En una de esas excursiones infantiles a una montaña de la sierra michoacana, nos acompañó el hijo del jarciero; era su primera trepada a Los Azufres. Cuando llegamos a lo alto, lo vi llorar. El milagro se había consumado. Muchos años después, murió aplastado en el terremoto de la ciudad de México de 1985, y recordé entonces sus lagrimillas infantiles desprovistas de tiempo y muerte en lo alto de la montaña boscosa. Hace poco leí Adiós a todo eso, la biografía del escritor inglés Robert Graves (la traducción de Sergio Pitol es excepcionalmente buena) sobre la acción de escalar. Nosotros no éramos alpinistas, pero supe de lo que Graves habla cuando dice que al escalar uno tiene que soportar todo el peso del cuerpo en un par de dedos y de lo agradable que es estar a solas con un grupo elegido de personas en las que se puede confiar por completo. Es cierto que la muerte airea su macabro aroma y por eso uno toma conciencia de las maravillas de la vida. En la noche oscura, escuchando el lenguaje misterioso de los árboles, nos tirábamos boca arriba a contemplar la luna. Sólo ahora, a los 58, el amor a la luna ha regresado con su fuerza redentora. La luna de marzo ha sido la más cercana y hermosa que he visto. Creo que fue en un libro de Chaim Grade (el mejor escritor polaco de todos los tiempos; escribió en yiddish y recientemente fue traducido al inglés) donde leí sobre las tradiciones de muertos en Vilnia, Lituania. Con su paganismo rociado de amor a la naturaleza, los campesinos rendían culto a sus muertos exactamente igual a como se hace en México (o se hacía, pues ya quedó dicho que el Día de Muertos se ha convertido en una multitud desprovista de significados vitales y que ahora los pedagógicos padres de familia evitan hablar de la muerte delante de los niños, no sea que sufran traumas que luego ameriten una terapia de por vida). El respeto a la muerte era una muestra de gratitud a la vida. Chaim Grade describe los rituales, pero sobre todo da cuenta de los sentimientos, de esa humildad propia de quienes, al saberse frágiles y finitos, aman el momento tanto como el escalador ama a quien le puede salvar la vida. En noviembre pasado sostuve un intercambio epistolar con Jean Meyer. Me reprochó una exageración: dije que el llanto estaba en extinción, que ya no se llora; dije que ahora la gente contrata terapias para llorar y reír y que muy pronto se requerirán fórceps para la risa y goteros de cebollina lacrimal. Al final de su bella carta, Meyer me confesó: “yo todavía lloro”.