martes, 12 de abril de 2011

Yo siempre he sido priísta

A Ricardo Cayuela

Del PRI lo sabemos todo, del PAN sabemos lo suficiente y del PRD esperamos saber algo más de lo que ya sabemos. Dicho sin matices, el PRI es el único partido congruente en este país: su clase política es lo que fue y no se ve otra en el horizonte cercano. Si acaso –cosas de la edad–, sufre algunos achaques de moralismo antiliberal. Dicho con un matiz significativo, el PRI no es el mismo pero los priístas no son distintos de sí mismos. El viejo régimen patrimonialista y corporativo ha sobrevivido, pero el monopolio se ha partido en tres.

El PAN es el partido más incongruente de la política mexicana: la clase gobernante y el partido le han dado la espalda a su pasado democrático. El PAN es, sin exageración, el peor engaño que se ha infringido a una ciudadanía que el año 2000 lo paseó en hombros por todas las calles y plazas del país. En poco tiempo Vicente Fox desgarró las esperanzas democráticas de sesenta años de brega de eternidades. Ni Fox ni el PAN ni nadie tuvo conciencia de que el 2000 era crucial y que era el momento de negociar un viraje histórico fundamental.

(Recuerdo, a propósito del PAN, al senador Gerardo Buganza –periodo 2000-2006–, veracruzano, joven, perrucho. Una tarde le pregunté por qué había decidido entrar a la política. Me explicó: su padre era un empresario como cualquier otro: tozudo, luchón, honrado; las crisis económicas lo habían llevado a la ruina, la última de las cuales, la que provocó el error de diciembre atribuido al presidente Ernesto Zedillo, lo dejó en la bancarrota y endeudado de por vida. Fue por entonces cuando Buganza tomó la decisión de inscribirse en el PAN y dar la batalla por un México democrático y económicamente estable. Luego fue diputado federal; más tarde peleó la interna por la candidatura al gobierno de Veracruz y la perdió con un ex priísta; encorajinado, se sumó, desde un partidillo, a restarle votos a la oposición y a favor del candidato del PRI. Ahora es el secretario general de gobierno –del PRI. Sigue siendo joven y ya es un próspero empresario. No me extrañaría que en unos años sea, en un segundo intento, candidato al gobierno del estado, pero ahora por el partido que, según sus palabras, causó la ruina económica y moral de su padre).

¿Qué pasó? Tal vez responda lo que miles en este país exclaman sin pudicia: “¡Yo siempre he sido priísta!”.

Por eso creo, no obstante las muchas reticencias que nos producen los métodos antidemocráticos del PRD, que ha llegado la hora de la izquierda. Pero ¿de cuál izquierda?; ¿qué significa hoy ser de izquierda? Isaiah Berlin se preguntaba en su lecho mortal: ¿dónde están las ideas políticas de la izquierda? Y de verdad, ¿dónde están?

El PRD no representa a toda la izquierda mexicana, sobre todo porque su discurso democrático se ve contradicho por sus prácticas antidemocráticas. El problema del PRD es que ven la democracia como un simple medio, un requisito formal (o burgués); carecen de cultura política, de principios y valores como fines en sí mismos; la democracia no podían haberla aprendido en los manuales socialistas ni en el asambleísmo universitario o sindical. Es un partido de abstracciones; su grandilocuencia verbal luce pero no ilustra. Con todo, ha sido un contrapeso político de gran utilidad.

La ausencia de democracia interna en el PRD no es una perversión escriturada a su nombre. En el PRI no hay debate y tampoco competencia que cumpla principios y reglas procesales. En el PAN la discusión se ha debilitado y las alianzas pactadas con el PRD han sido decisiones de un grupo de consejeros demasiado plegado al presidente Calderón antes que a la opinión crítica de sus militantes.

Si un sentido tiene decir que es la hora de la izquierda mexicana sólo puede ser porque, dentro o fuera del PRD, asumamos, al parejo de un proyecto de país que tenga en la justicia social el motor de los programas públicos, compromisos claros y contundentes con la crítica, la autocrítica y los principios e instituciones democráticas. Creo que de ello depende que una amplia gama de ciudadanos se sume con entusiasmo a deshacer los nudos que han hecho de este país un círculo de vicios repetidos.

Los liberales somos mayoría en el país, pero las minorías radicales de un extremo y otro gritan más fuerte. En un extremo, se mantiene la superchería teocrática de que el poder público procede de Dios; en el otro, el Pueblo es el dios omniscio y omnímodo. En ambos extremos la política es vista como una actividad derivada.

En el PRI ha desaparecido su vieja concepción nacionalista y revolucionaria. Pero así como los panistas se parecen cada vez más a los priístas, en el reverso de la medalla los priístas se parecen cada vez más a los panistas. Unos y otros se semejan hasta en la imagen de señoritos acicalados, más dignos de un cortejo monárquico que de servidores de la República. La visión empresarial de la política los cerca y los acerca; el PRI ha perdido el ideal de servicio público y el PAN, que históricamente fue un partido de ciudadanos libres, ahora gobierna como si los ciudadanos fueran clientes cautivos: cifras, porcentajes, estadísticas, ganancias, pérdidas y reparto de utilidades. La mafia de cuello blanco, pues.

En ambos partidos predomina el empresarialismo como ideología política: la cosificación del ciudadano. En un magnífico ensayo (Corriere della Sera, 22 de diciembre de 1999) el escritor italiano Claudio Magris se refiere al tema con la agudeza que lo caracteriza. Escribe que cada dos por tres los políticos advocan la palabra “mercado” como si fuera un ábrete sésamo. Es cierto, el mercado es el sistema menos malo que conocemos en lo que se refiere a las actividades económicas, pero no todo es economía. El lenguaje económico es la hegemonía que ha entrado, sin discusión crítica, a las universidades, a los hospitales, a los centros de investigación científica; el país entero se ha convertido en una empresa. Frente al discurso psico-pedagógico-sociologizante de la izquierda, el empresarialismo certifica la calidad de una institución educativa o de un organismo político como si fueran fábricas que producen tuercas o excusados (¿o los producen?); los estudiantes ya no son evaluados con calificaciones o notas: ahora pagan “créditos”. Pero una familia no es una sociedad anónima; si bien es cierto que una pareja de amantes tiene que procurarse el sustento para vivir, pues en caso contrario se moriría y ya no haría el amor, también es cierto que Tristán e Isolda no se escribe Tristán & Isolda. Definirlo todo como una empresa es una sandez, lo mismo que imponer a los estudiantes el pago de créditos y llamarlos “clientes”, pues en el comercio el cliente siempre tiene la razón mientras que en la escuela y en la política la razón es del que realmente la tiene. Esta tétrica visión de una existencia controlada y aritmetizada en cada uno de los gestos pone en relación al totalitarismo asambleario (en el que todo, desde el sexo hasta la política, tenía que obedecer a las reglas y a la mística del grupo) con el totalitarismo economicista, en el que todo debe ser inmediatamente productivo. El ensayo de Magris es de hace doce años. Las cosas han venido a peor.

El otro malestar de la cultura política mexicana es el de las víctimas. Un estudiante es evaluado por el número de créditos que paga, no por lo que realmente sabe. Una vez cubiertos, ese mismo estudiante se convertirá en un acreedor de por vida del Estado. El malestar es tan viejo como nuestra historia independiente. Ya el doctor José María Luis Mora advertía que la empleomanía pública era uno de los peores vicios del nuevo país. Y como escribe Magris, en un país de acreedores, lo único que queda es la bancarrota.

No hay en los partidos discusión interna ni debate crítico sobre la rueda del poder que, detenida en el mismo punto, gira y gira sin moverse de lugar, atascada en el mismo lodo oxidado de mentiras y cinismos. En México se tiene pavor a la crítica. En los partidos, el crítico es indisciplinado; el que protesta por la violación de reglas internas es tachado de insolente y, en ocasiones, de traidor; las ideas políticas no provienen de la reflexión crítica sino de una maquiladora; los líderes pastorean a los militantes y en tal actividad cerril fundan su éxito y su futuro; la argumentación y el genio crítico han cedido su lugar al insulto grosero; los militantes oyen, callan y obedecen; los gobernantes piden a los medios de comunicación una crítica constructiva, que no es otra cosa que pedir un elogio refinado; la falta de debate es, en fin, el dique que impide la competencia y la consolidación de la conciencia democrática.

Se confunden confrontación y enfrentamiento. La rueda sigue girando y salpica lodo. La esperanza política devuelta a los ciudadanos el año 2000 ha devenido en anti política, que es el peor de los escenarios.

Cuando digo que el péndulo político se mueve a la izquierda es sólo el deseo de que algo se mueva. El objetivo común es la recuperación de los principios liberales y socialistas de nuestra tradición política, pero la modernidad es la democracia o no es modernidad. ¿Qué hacer para consolidarla? No queremos, como un personaje de Platónov, buscar la tumba de Rosa Luxemburgo; menos queremos acabar, como Makar, en el manicomio; tampoco podemos, como escribió Enrique Krauze, esperar con los brazos cruzados la siguiente explosión del agravio insatisfecho.

Ante la probable victoria del PRI en la elección presidencial del año 2012, la frase más repetida ya es: “¡Yo siempre he sido priísta!”. El cinismo reinante es una pésima señal. Mejor reflexionemos en un entendimiento político y social que oriente el rumbo y acuerde los medios para consolidar la democracia y un estado de derecho y de justicia.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Yo todavía lloro

Porque el amor es tan fuerte como la muerte: El Cantar de los Cantares

La muerte tiene cuerpo pero no tiene nombre propio: simplemente es la muerte. Piedras que yacen en una banqueta, a media calle; cuerpos inertes que unos segundos antes caminaban, pensaban, sentían, soñaban; ropa enrojecida de odio, laberinto de complicidades inexpugnables. El ejecutado yace en la soledad total, sin sombras de arbustos deshojados ni cónclaves de curiosos entumecidos. Nos hemos familiarizado tanto con los muertos que la muerte es una mera representación: es la muerte de otros, no la parte final de la vida propia. Pero la muerte no es simple. Por eso es una desgracia humana que, siendo parte de la vida, la violencia le haya robado su fulgor negruzco y trágico. La violencia criminal, sin embargo, no es la única causa de que la muerte haya sido expulsada del pensamiento, la reflexión y la charla. Hablar de la muerte –de la propia, se entiende– es de mal gusto, una vulgaridad, un tabú, como antes lo era hablar de sexo. En el lado contrario, el culto a la muerte acumula miles de adeptos. La secta de la Santa Muerte es la que más fieles ha afiliado en los últimos años. Es la santa patrona de personas que viven la vida con muchos riesgos: camioneros, delincuentes, policías, pajilleras, intelectuales. Aunque algunos escritores relacionan el culto a la muerte con tradiciones milenarias, es una tontería concluir que las tradiciones mexicanas y las de muchas partes del mundo se parezcan a la adoración a la Santa Muerte o a esa necrofilia oficial de algunos gobernantes que rinden homenajes públicos a los huesos de los héroes o al paseo mundial de restos y reliquias de santos. La tradición de muertos existe en casi todas las culturas del mundo. Paradójicamente, en aquellos lugares donde hablar de la muerte se ha convertido en un poderoso tabú, es donde más miedo se le tiene, sobre todo en la intimidad de la almohada que entromete sus demonios en la nostalgia del futuro del que quiere dormir profundamente. Si algún sentido tiene pensar y hablar de la muerte es el amor a la vida; la conciencia de finitud es la conciencia de estar vivos, el enorme privilegio de ser, vivir y existir. Hablamos de los muertos –de nuestros muertos– para que sigan vivos y porque estamos vivos. Sabemos que el verdadero enigma no es la muerte sino el sufrimiento. “La tumba es un lecho muy confortable –dice un personaje de Isaac B. Singer–, y si los hombres lo supieran, no tendrían tanto miedo”. Nacer es un accidente maravilloso y cada quien es responsable de que su vida sea una sombra enrejada o una fiesta desparpajada de risa y llanto entrelazados. Si la infancia era un himno a la vida lo era muy especialmente porque los bosques, los ríos, los estanques, los cerros, las cuevas y las piedras no eran marcas registradas. Eran de nosotros, los excursionistas, y de los vagabundos, de las plantas, de los animalillos. Esto último me lo recordó el escritor lituano-polaco Czeslaw Milosz cuando hace memoria de que en su infancia nadie se preocupaba de saber a quién pertenecía el bosque y la naturaleza. La sensación de fragilidad del niño frente a la inmensidad natural es, según mi recuerdo, el más refinado y humilde agradecimiento a la vida, sabiendo que una víbora de cascabel merodeaba cerca, que un resbalón por una estrechísima vereda te podía lanzar al abismo, que un pedrusco no invitado a la fiesta podía caer velocísimo y partirte la cabeza. En una de esas excursiones infantiles a una montaña de la sierra michoacana, nos acompañó el hijo del jarciero; era su primera trepada a Los Azufres. Cuando llegamos a lo alto, lo vi llorar. El milagro se había consumado. Muchos años después, murió aplastado en el terremoto de la ciudad de México de 1985, y recordé entonces sus lagrimillas infantiles desprovistas de tiempo y muerte en lo alto de la montaña boscosa. Hace poco leí Adiós a todo eso, la biografía del escritor inglés Robert Graves (la traducción de Sergio Pitol es excepcionalmente buena) sobre la acción de escalar. Nosotros no éramos alpinistas, pero supe de lo que Graves habla cuando dice que al escalar uno tiene que soportar todo el peso del cuerpo en un par de dedos y de lo agradable que es estar a solas con un grupo elegido de personas en las que se puede confiar por completo. Es cierto que la muerte airea su macabro aroma y por eso uno toma conciencia de las maravillas de la vida. En la noche oscura, escuchando el lenguaje misterioso de los árboles, nos tirábamos boca arriba a contemplar la luna. Sólo ahora, a los 58, el amor a la luna ha regresado con su fuerza redentora. La luna de marzo ha sido la más cercana y hermosa que he visto. Creo que fue en un libro de Chaim Grade (el mejor escritor polaco de todos los tiempos; escribió en yiddish y recientemente fue traducido al inglés) donde leí sobre las tradiciones de muertos en Vilnia, Lituania. Con su paganismo rociado de amor a la naturaleza, los campesinos rendían culto a sus muertos exactamente igual a como se hace en México (o se hacía, pues ya quedó dicho que el Día de Muertos se ha convertido en una multitud desprovista de significados vitales y que ahora los pedagógicos padres de familia evitan hablar de la muerte delante de los niños, no sea que sufran traumas que luego ameriten una terapia de por vida). El respeto a la muerte era una muestra de gratitud a la vida. Chaim Grade describe los rituales, pero sobre todo da cuenta de los sentimientos, de esa humildad propia de quienes, al saberse frágiles y finitos, aman el momento tanto como el escalador ama a quien le puede salvar la vida. En noviembre pasado sostuve un intercambio epistolar con Jean Meyer. Me reprochó una exageración: dije que el llanto estaba en extinción, que ya no se llora; dije que ahora la gente contrata terapias para llorar y reír y que muy pronto se requerirán fórceps para la risa y goteros de cebollina lacrimal. Al final de su bella carta, Meyer me confesó: “yo todavía lloro”.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Conocer el cielo desde dentro

Parece natural, inevitable y necesario que el lenguaje sea una realidad viva y vivaz, movible y movilizadora a la vez. Cada día aparecen nuevas palabras; las que tenemos se transforman; miles de ellas se tiran al cesto oscuro del olvido; surgen sentidos novedosos y son traficados los significados por otros desprovistos de historia; se demudan giros sintácticos y semánticos y se combinan distintos elementos que modifican el habla, la escritura y la comunicación interhumana en su conjunto.

Es la vida la que cambia; las palabras se adhieren a los cambios y nos ofrecen algunas pistas para entenderlos –no sin extrañamiento y dificultad– si no se quiere sufrir el accidente del escritor uruguayo Eduardo Galeano, que se cayó del mundo y ahora no sabe cómo volverse a subir. Así nos pasa con las cosas y las palabras: son artificios fugaces; se utilizan al amanecer y en el crepúsculo ya fueron suplantadas por la furia de la estrechez. Nuestro lenguaje oscila velozmente entre dos extremos: el insulto y el eufemismo.

En esto no estaría de acuerdo George Orwell. En su célebre ensayo de 1946 (La política y la lengua inglesa) argumenta que la lengua no es un mero efecto de la degradación de la vida sino su causa; en todo caso, un efecto que luego se convierte en causa, una espiral que desciende en un pozo de lodo. Esto último no lo escribe Orwell pero dice algo peor: la lengua inglesa “se torna fea e inexacta porque nuestros pensamientos rallan en la estupidez, pero el desaliño de nuestro lenguaje nos facilita caer en esos pensamientos estúpidos”. Como sea, la degradación del lenguaje es causa y efecto, degrada y se degrada. Hablamos mal y feo porque pensamos peor y horrible, y pensamos de manera estúpida porque el habla y la escritura son la estupidez globalizada. El problema de decir tonterías no queda por desgracia en eso; de ellas se derivan actitudes, conductas y creencias. El hecho es que casi nada se ha dicho sobre la degradación de la lengua como causa y efecto de la violencia y de la fragmentación del individuo. El problema que señala Orwell –su ensayo se centra en la decadencia del lenguaje político del idioma inglés– es que primero debe haber una liberación de los pésimos hábitos de la escritura política como condición para pensar con claridad: “pensar con claridad es por fuerza el primer paso hacia la regeneración política”.

En México, ¿cómo dar ese primer paso?; ¿cómo contrarrestar el vasallaje que nos impone la telebasura?; ¿el pobrísimo y torpe lenguaje de nuestros políticos es una pista para entender por qué la vida pública esté convertida en un estercolero de balbuceos idiomáticos?; ¿no es acaso la oscuridad semántica una de las causas de que la verdad esté en poder de la cosmética?; ¿podríamos seguir esa pista fijando la atención en las palabras y sintaxis de los discursos políticos, en los debates parlamentarios, en las declaraciones de los gobernantes? La palabra la tienen los especialistas: filólogos, lingüistas, semiólogos, sociólogos y demás expertos. Agrego algo que me parece importante a propósito de los sociología, cuyo lenguaje es, además de feo y desfajado, ininteligible. No olvido que fue un gran sociólogo el que escribió una obra de arte de la narrativa de todos los tiempos: La política como profesión (Max Weber) ni que fue un gran literato el que escribió una obra de arte de la sociología: El hombre sin atributos (Robert Musil).

Contra la claridad y como una infame agresión al lector (aun al especialista), véase el siguiente párrafo de la Revista Anthropos de enero pasado sobre algo rarísimo denominado La Internacional Situacionista:

“Un lema gobierna toda la experiencia social y escritura situacionista. Este lema, desde un matiz negativo, se entiende como afirmación de una vida libre de constricciones sistémicas, y, formulado positivamente, se expresa como una subjetividad radical en régimen de autogestión generalizada. En el situacionismo no podemos encontrar nada que defina nuestra singularidad y autonomía, sólo descubrimos una prudente y discreta invitación a conectarse con las fuerzas transformadoras de la vida, para que cada uno formule su interpretación creativa y nueva. Este movimiento se propone experimentar la raíz misma de la democracia y la emergencia de una estructura autónoma de la subjetividad. Por ello rechaza toda mediación desde la cual se pueda materializar el sometimiento; y así “la reivindicación de la autonomía es rechazo de la mediación, apuesta por la democracia directa”. Lo cual constituye “las condiciones de construcción de una subjetividad liberada”.

Si un lector entendió el párrafo de la Internacional Situacionista, le hago caso a Chesterton y soy capaz de correr tras el propio sombrero.

Creo que si un gran pensador es grande es porque escribe con la grandeza que suele tener (y contener) la escritura clara y sencilla. Me parece arrogante eso que declaran algunos escritores de que escriben sólo para ellos, que el público lector les importa un comino. Unos cuantos genios son la excepción que confirma la regla de la bella claridad. Al escritor italiano Primo Levi lo contrariaba esa postura petulante de algunos escritores. En una entrevista de 1982, declara: “Yo siento el oficio de escribir como un servicio público que debe funcionar: el lector tiene que entender lo que yo escribo, no digo todos los lectores, porque existe el lector casi analfabeto, pero la mayor parte de los lectores, aunque no estén muy preparados, deben recibir mi comunicación, no digo mi mensaje, que es una palabra demasiado altisonante, sino mi comunicación”. Quien haya leído a Primo Levi entiende a las claras lo que el escritor dice y quiere significar: comunicar, que no significa otra cosa que participar en la formación de una comunidad. Así, si un escritor expresa que su único compromiso es con él mismo y no con el lector, cuídese de publicar su ampuloso compromiso. O lo que es lo mismo: que lo lea su abuela.

El filósofo Karl Popper apunta también el problema de la oscuridad del lenguaje como una irresponsabilidad del intelectual:
“Todo intelectual tiene una responsabilidad muy especial. Tiene el privilegio y la oportunidad de estudiar. A cambio debe presentar a sus congéneres (o ‘a la sociedad’) los resultados de su estudio lo más simple, clara y modestamente que pueda. Lo peor que pueden hacer los intelectuales –el pecado cardinal– es intentar establecerse como grandes profetas con respecto a sus congéneres e impresionarles con filosofías desconcertantes. Cualquiera que no sepa hablar de forma sencilla y con claridad no debería decir nada y seguir trabajando hasta que pueda conseguirlo” (“Contra las grandes palabras”, 1984).
El desafío cotidiano de un escritor es que la claridad y la sencillez sean bellas.

¿Y los poetas? Cedo la palabra a Joseph Brodsky cuando señala que la primera obligación de un poeta es escribir bien. Y si una decadencia se advierte en los poetas modernos es en las metáforas. En su mayoría son tan gastadas como un gabán raído por el tiempo o tan esotéricas como las tonterías del New Age. Sencillez y belleza se engarzan en la facilidad con que se escribe un buen verso:

Vida y muerte pronuncio con una sonrisa
oculta. . . (Marina Tsvietávieva)

El hecho es que el lenguaje hablado se ha modificado más en las dos décadas recientes que en los quinientos años anteriores. Para bien y para mal, el idioma refleja la vida y nos refleja en ella; somos sus espejos deformes, a veces en la intimidad sexual o en la inocente complicidad de los amigos, otras más en la soledad de la tristeza y, en la medida en que pasan los años, en la compañía callada de nuestras propias sombras.

Hace veinte años no habríamos entendido el habla de los jóvenes de nuestros días. Y estos jóvenes se rascarían la cabeza en señal de extrañamiento entre burlón y arrogante al escuchar una conversación de un grupo de campesinos de hace cincuenta años. Mi padre hablaba castellano, no español; fue el idioma hablado y transmitido de generación en generación durante cientos de años. Ni entonces el habla era estática, pero mantenía una riqueza imaginativa propia, estable y sonora, alejada de las influencias de otras hablas cercanas, dados los abismos entre una y otra región. Emigrado a la ciudad, mi padre resistió orgullosamente las imposiciones del habla de la urbe. Se mantuvo firme hasta el final. En el alma traiba su castilla y no se dejó charpiar por un español urbano que le parecía soflamero y ampón.

Es una catástrofe cultural que el español se esté comprimiendo hasta quedar reducido a letras. Los mensajes de texto y los que uno lee en las mal llamadas redes sociales casi han suprimido las vocales, las mismas que en el primero de Primaria cantábamos a coro y luego redondeábamos en papel de rallas deslucidas pero anchas. Ahora que lo recuerdo, nuestro idioma de cinco vocales es la combinación perfecta de una lengua equilibrada, de un idioma evolucionado para la concordia interhumana o para el odio más feroz, lo mismo para decir “Linda, te amo” que para decir “Te voy a matar”.

Si una degradación original tuvo la lengua del nazismo fue la de eliminar las vocales suaves e imponer las fuertes. De este hechoidiomático da cuenta con precisa concisión el filólogo judío-alemán Victor Klemperer en su diario de dos tomos Quiero dar testimonio hasta el final (Galaxia Gutenberg, 2003) y en su libro LTI: La lengua del Tercer Reich (Minúscula, 2007).

El habla y la escritura actuales son comprimidos cuyas consecuencias en las relaciones humanas ya podemos observar: la degradación del lenguaje corre al parejo de la degradación humana. Así ocurrió durante el nazismo. Se acuñaron nuevas palabras no para enriquecer la lengua de Goethe sino para dirigirla hacia fines de dominio social y exterminio, y a las ya existentes se les modificó el significado con el propósito de igualar el habla y el comportamiento de la sociedad. De hecho, la palabra “igualar” es una de las preferidas de la propaganda nazi. Inventaron, por ejemplo, la palabra “blindar”. Hoy esa palabra es de uso común, ya sin la carga bélica del hitlerismo, pero mantiene su connotación antisocial.

Hoy a nadie extraña que se blinden los edificios, los políticos, los actos públicos, las ciudades, los autos, los corazones. A nadie le asusta que se diga que los vendedores deben ser agresivos y combativos. Nadie se sorprende del uniforme del corredor de coches, uniforme, personaje y deporte favoritos de Hitler. Nadie se escandaliza del funcionamiento de decenas de miles de gimnasios y de la inmensa cantidad de ofertas de dietas, ejercicios, recetas reductoras y demás anchetas para la conservación física. Por el contrario, ir al gimnasio y cuidar la apariencia física es signo de salud, señal distintiva de una persona sana. El Estado Clínico nos impone el culto al cuerpo. La gente ha cambiado de religión: ya no la vemos en los templos sino en los gimnasios.

El proyecto moderno del culto al cuerpo lo inventó Hitler en Mi lucha y fue el caballito de batalla de la propaganda nazi. Es machacona la insistencia del nazismo en la religión del “fortalecimiento físico” y el desdén por la formación del carácter, el enriquecimiento del espíritu y el aprecio por la diversidad cultural. El nazismo tuvo en la palabra “nivelación” su proyecto homogeneizador. Todo había que nivelarlo sin novelarlo. Lo diferente fue demonizado y los diferentes fueron llevados al exterminio.

De la “nivelación” nazi se derivan los programas de certificación de calidad que pasan sin aduanas críticas a las instituciones públicas, a las universidades y a los centros literarios y científicos, en un intento, inconsciente pero irresponsable, de “estandarizar” la mediocridad. Son ejemplos y parecen inocuos; sin embargo, el habla es causa y efecto de la depredación de hábitos, tradiciones, sueños, cultura y civilización. El habla sirve lo mismo para velar y desvelar, para latir y delatar, para blindar o ablandar.

El habla del amor también se ha desvencijado. En Le cose dell’amore (2004) el escritor italiano Umberto Galimberti recuerda, a modo de epígrafe, una expresión del post moderno Jean Baudrillard sobre el lenguaje del amor: “El amor habla mucho, es un discurso. . . acto lingüístico altamente ambiguo, casi indecente”. Exagera Baudrillard: ignora lo esencial de la seducción. Galimberti escribe que el amor ama la verdad tanto como las ilusiones. Aclara: las palabras separan y curan más que los cuerpos. Acierta Javier Marías cuando escribe que nos hieren las palabras más que los hechos. Y es que las palabras, como era capaz de ver Nabokov, tienen colores; cada letra tiene el suyo y algunos tienen el poder de verlos; el secreto íntimo de una palabra es su color, que no es el mismo para todos. Una vez soñé con la “m”. Era entre azul y morado; soñé que moraba y me miraba en el verde intenso de una yerba resplandeciente por la rueda de un sol naranja.

El lenguaje compacto del amor se ha convertido en un nudo de hilos de aire, una altisonancia vacía, un flamazo de voz intemporal. En contraparte, las palabras de odio y menosprecio, aun encapsuladas en mensajes de texto reducidos a consonantes fuertes y secas, confunden los entendidos y los malentendidos: ya ni las malquerencias pueden desenredarse; la pasión es una alambrada oxidada y ahora se miente hasta cuando se calla; las palabras del amor se han abaratado y las del insulto son moneda de curso legal; el lenguaje político es un fraseo congestionado de clichés y los intelectuales oscurecen el lenguaje para parecer eruditos o amanecer en la vanguardia. Perlas de arsénico larvado, las palabras son azolve coagulado. Con todo, en las palabras podemos conocer el cielo desde dentro, pero ya no las hacemos descender de las nubes, de la lluvia o de los árboles. Ahora las tomamos del drenaje.

miércoles, 16 de marzo de 2011

La bandera japonesa

El tema es Japón y la tragedia natural que los tiene sometidos sin que los japoneses se sientan completamente sometidos. Comentaristas y comunicadores destacan la entereza que muestran los japoneses ante los desastres naturales y económicos que los tienen contra el paredón. Japón, un pueblo civilizado, parece preparado para lo peor. Ya era un pueblo civilizado cuando Estados Unidos lanzó las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. La rendición de los japoneses era un asunto que podía haberse resuelto con un amedrentamiento de tal manera poderoso que no hubiese sido necesario dejar caer el infierno nuclear sobre dos ciudades indefensas. Entre 1945 y el 2011, sin embargo, Japón se entregó de tiempo entero a la búsqueda del olvido: el altísimo bienestar material de su población no ha correspondido con la conservación de su cultura milenaria. Japón se entregó al olvido trabajando, conquistando el mundo de un modo distinto a su pasado imperial; logró un bienestar económico que hoy lo tiene postrado económicamente: deuda y más deuda. Sin duda se levantarán de esta nueva tragedia y serán capaces de aleccionar a los estados de todo el mundo para volver a la sensatez. Es un buen deseo.

No puedo dejar de recordar la satisfacción que Julien Benda experimentó al saber que los habitantes de Nueva Orleans viven con el terror perpetuo de ser sumergidos por el Misisipi. Benda reconoce que sintió placer. El hombre, con esto de dominar las cosas, se vuelve loco de orgullo. Es bueno que de vez en cuando lo llamen al orden, al cosmos. A Benda le gustaba el mito de los Titanes y de la Torre de Babel. A nosotros también nos gustan los mitos, salvo que no les damos significado.

No corre la naturaleza por un lado y el ser humano por el otro. Somos parte de la naturaleza; somos ella misma; la disfrutamos lo mismo que la padecemos; la dominamos y ella nos azota con su furia y humilla la soberbia con que antes la abusamos; la descubrimos pero en realidad es ella la que nos descubre; la trenzamos con toda suerte de ingenierías arquitectónicas y ella nos devuelve el agravio con una pequeña muestra de su fuerza destructiva. La naturaleza no está allá y los seres humanos más acá; nuestra naturaleza es que somos parte de la naturaleza y que no hay castigos divinos cuando su furia la delata y nos delata; no hay una naturaleza buena y limpia y unos seres humanos malos y sucios. Pero no es lo mismo trepar un árbol y desde la punta contemplar el pequeño gran horizonte que cortarlo para demostrar la fuerza de los brazos y la utilidad del hacha o la sierra eléctrica; no es lo mismo trozar leños para calentarnos que para quemar libros; no es lo mismo matar un animal para alimentarse que para afinar la puntería. Como todo en la vida, el equilibrio y la sensatez son las razones que nos recuerdan el vertiginoso y violento modo que hemos empleado para derruir cerros de piedra y asentar sobre ellos los edificios más feos jamás imaginados (véanse si no los cerros que rodean la ciudad de Querétaro: la fealdad como símbolo del progreso idiota. Esos cerros también se derrumbarán un día, pues también las piedras estallan con el paso del tiempo y lanzan al viento sus esquirlas iracundas).

La educación debe empezar por el conocimiento de la naturaleza. De niños nos llevaban al campo a sembrar árboles. También juntábamos leña para el fuego, para rodear con nuestros cantos la fogata en la noche negra y para sorprendernos de los misterios del horizonte oscuro. Sabíamos que unos kilómetros abajo, sobre caminos apisonados por la fuerza de monstruos motorizados, se llevaban miles de árboles talados ilegal e irracionalmente. Aun así, la naturaleza éramos nosotros mismos, con nuestras contradicciones e incoherencias, con el gusto de cortar un durazno de una rama pegada a una pared de adobe y la estupidez de matar a un pajarillo distraído. No creo que el pasado haya sido mejor que el presente, pero no tengo duda de que el dominio de la naturaleza, necesario para albergarnos con comodidad, ha cobrado en la actualidad una crueldad que acaba enseñándose con los más débiles. Necesitamos construir y no podemos hacerlo en el aire; tampoco podemos empezar, como los laputienses, una edificación cimentada en la parte superior del edificio; sin duda el progreso tecnológico merece una crítica racional, pero es tonto creer en los catastrofismos ecologistas. Como ha escrito Claudio Magris, todo es naturaleza, combinación de elementos: las colinas que nos rodean y la desertificación de los suelos, el aroma de las flores y el tufo de los tubos de escape. Y, sin embargo, la crítica racional al progreso salvaje queda a salvo. Hay responsabilidades humanas que no se disuelven en el mar de las furias naturales. En no poca medida hemos contribuido a causar que los desastres naturales nos golpeen con una fuerza cada vez mayor. El bienestar y el progreso han conseguido remediar muchos males humanos y sería absurdo negar que los avances científicos logran curar enfermedades que antes eran intratables; parece que hoy somos más fuertes; parece que nada es superior a la tecnología ni a los recursos extraordinarios con que los gobiernos atienden al instante las tragedias enfurecidas de la naturaleza. Pero la superioridad es aparente. En realidad somos más vulnerables, tanto porque los abusos contra la naturaleza son calados innombrables cuanto porque el bienestar nos ha hecho más débiles de lo que en realidad somos: un sol ardiente en un blanco infinito.

Yo quería hablar de la bandera japonesa y he terminado como la historia La bandera inglesa del escritor húngaro Imre Kertész, que sólo descubre en el capó de un jeep los colores británicos azul, blanco y rojo. No estamos preparados para la tragedia. El bienestar material y cultural es profundamente desigual. A veces, sin embargo, un desastre natural nos puede arrasar a todos por igual. Quizás entonces estemos en condiciones de hacer de la memoria un acto creativo, un acto de libertad.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Fray Servando

La vida de fray Servando de Christopher Domínguez Michael es uno de los diez mejores libros de la primera década mexicana del siglo XXI. La afirmación no es exagerada: el autor conjuga las humanidades y las pone al servicio del conocimiento del hombre. El libro de casi ochocientas páginas en letra pequeña podría ser, en otra edición, del doble; en este caso cuenta la cantidad porque en realidad el libro son varios libros, cada uno de los cuales está escrito con la pulcritud de un hombre de letras, la profundidad de un hombre de ideas y la claridad de un escritor que piensa en los lectores: el libro está al alcance de un lector común pero habituado al esfuerzo. Lo leí en su primera edición (2004) y en diciembre pasado un buen amigo me obsequió un ejemplar de la segunda reimpresión (2005). No lo releí, lo volví a leer; es decir, lo volví a subrayar, tomé notas, consulté libros, conversé con conocedores del tema. En el ínterin de una y otra lectura, leí las Memorias de fray Servando Teresa de Mier. Volver al libro de Domínguez Michael fue como pasar de una antesala atestada de gente desconocida a otra en la que sólo aguardan los pasajeros de un destino compartido. Domínguez Michael es crítico literario y literato, dos artes creativas misteriosamente incompatibles (si hacemos caso a George Steiner, que exaltaba, de un modo excepcional, la reunión de ambas cualidades en Umberto Eco. Exagera Steiner. Es cierto que grandes literatos desbarran cuando hablan de literatura o de política. Pongamos un par de ejemplos: Carlos Fuentes es un buen novelista y un pésimo escritor político; su autoridad moral y su credibilidad no producen por ello ideas políticas. Jean-Paul Sartre fue un literato agudísimo y un escritor y activista político decepcionante. De Sartre dice Canetti, inspirado en un ensayo de Octavio Paz, que no es un escritor sino un analista y un panfletista: “Ninguna de sus formulaciones fue un pensamiento. Nada suyo fue nuevo. Siempre tenía a mano una respuesta, existía ya antes de la pregunta”, remata Canetti con su habitual “amabilidad”. Steiner prefiere abstenerse del juicio político, pero en Los libros que nunca he escrito explica su resistencia a hablar de política: “Sigo sin estar seguro en cuanto a mis raíces psicológicas de mi reticencia o evasiva”).

Sin embargo, en nuestros días no puede uno dejar de sorprenderse de excelentes críticas literarias y sensatas reflexiones políticas y sociales en literatos de la talla de Coetzee, Le Clezio o Magris, por poner tres ejemplos que tengo a la mano de mi reciente memoria lectora. Como sea, Domínguez Michael es un crítico literario que nos reconcilia con la crítica literaria. Sus trabajos antológicos de literatura mexicana forman parte de la literatura mexicana misma; su novela William Pescador es una obra con un sentido profundo y creativo, una virtud especialmente notable en la Vida de Fray Servando. El libro es una reunión coherente de rodeos redondos, un entrecruce de ideas, doctrinas, mitos, transiciones, leyendas, pesadumbres y caminos que abrevan, sin que el lector pierda de vista la ruta principal, en la figura de un fraile dominico que en el tránsito farragoso del siglo XVIII al XIX representó papeles tan propios como impropios de la época: predicador gerundiano/enjuiciado sin gracia ni justicia/víctima de papirófagos del Averno/ Alfarache natural pero con mala suerte/Simón el Mago pero con buena suerte/erasmista o jansenista coyuntural/converso ilustrado gracias a judíos de Bayona/historiador puntilloso pero imprescindible/autobiógrafo deliberadamente inexacto/republicano fervoroso/conspirador/testigo de las cortes gaditanas/ aristócrata republicano/diputado constituyente/ referencia infaltable en la formación del nacionalismo mexicano. . . Es, todo él, un personaje de teatro y literatura, de Artemio de Valle-Arizpe a Reinaldo Arenas, dice Domínguez Michael: “Personaje volador e inventor del paracaidismo”. Pero la metáfora se hizo verbo y pensamiento. Fray Servando protagonizó la ruptura de una época de decadencia frailuna y la crisis monárquica, y el tránsito a otra, abrupta y reborujada, de los primeros años del México Independiente.

La madurez literaria de Domínguez Michael le permite, en la Vida de Fray Servando, abrirse paso con una erudición tan bien lograda que no deslumbra: ilustra, muestra, abre caminos que repasan los mitos de la evangelización de Mesoamérica (el apóstol Tomás, el Quetzalcóatl de la barroca imaginación novohispana). La precisión con que descubre las exageraciones o falsedades de las Memorias de fray Servando y las acotaciones y matices a las interpretaciones erróneas o inexactas de O’Gorman (estudioso por excelencia de Teresa de Mier), son dos de los méritos de quien entrelaza inteligencia literaria y rigor histórico.

Domínguez Michael disgrega y agrega a la vez: sus caminos no conducen a Roma, pero en cambio nos traen de regreso al camino real, al personaje y sus circunstancias, al bullicio que seguía provocando “La leyenda negra” impuesta a España por Inglaterra. La Nueva España fue, como la metrópoli, víctima de esa leyenda parcialmente justa y absolutamente perversa, herencia que aún cargamos en estos días del siglo XXI (se puede incluir el bobo humor del programa británico que representa a los mexicanos infectados por el mal de Oblómov).

La Leyenda Negra, nacida del conflicto entre Felipe II e Isabel de Inglaterra en 1588, a medio camino del cisma protestante que convirtió a España en la tierra de las tinieblas, merecería una obra especializada que nos ayudaría, ahora mismo, a entender nuestro extraño desapego de la legalidad. Los papirófagos del siglo XXI son legiones en ministerios públicos y juzgados, en tribunales y procedimientos kafkianos; se requeriría un estudio pormenorizado de las formas jurídicas novohispanas y su legado tenebroso de papeles que desaparecen, de expedientes que se reservan, de ambigüedades semánticas que legalmente pueden condenar o exculpar, de la fiebre reformista actual que barniza arcaísmos jurídicos. . . Las muy mexicanas costumbres de la picardía y la auto denigración son productos culturales de la regla de oro del derecho monárquico: “Acátese, pero no se cumpla”. La picardía para evadir las leyes puede deberse a que, en su mayoría, nuestras leyes son absurdas, un muro que dilata nuestra entrada franca al Estado de derecho y a la civilidad democrática.

La Vida de Fray Servando de Domínguez Michael es un libro para leerse con placentero detenimiento. Cada regreso, cada adelanto, cada camino disgregado y cada referencia histórica, ideológica, política y anecdótica son historias en sí mismas, hechos y personajes que podrían formar parte de un conjunto de libros independientes, aunque preñados de un mismo espíritu intelectual: México, su pasado remoto y su presente más remoto aún. Las anotaciones del autor son breves pero amablemente punzocortantes; la bibliografía es impresionante: clásicos de la historiografía y la hagiografía mexicanas, cronistas de Indias, literatos, ilustrados franceses, pensadores ingleses y estadounidenses y todos aquellos que hicieron constar su testimonio antes del sermón de 1794 de fray Servando y después del federalismo de 1824, una suma de conocimientos que el autor engarza acerca del país que somos, el que creemos que somos, el que no somos y el que no hemos podido llegar a ser. En más de un sentido, el Fray Servando de Domínguez Michael es una muestra representativa de la personalidad mexicana: pícara y pudibunda a la vez, tímida y desproporcionada a una sola voz, pesarosa y festiva el mismo día, silenciosa y desmesurada en el mismo tono. (El mal de Oblómov con que nos definió el programa cómico de la televisión inglesa nos duele, acaso porque nos hemos reservado el derecho auto denigratorio).

Fray Servando es, más que representativo, un protagonista del nacimiento del estado federal y un pensador de la nacionalidad. En el buen sentido, es nuestro hombre sin atributos; es, quizá sin tener conciencia de ello, un humanista en el sentido erasmiano, un hombre de diálogo racional y también de fe e ironía; pasa de las baratijas barrocas a la Ilustración, quizá sin haber tenido que sufrir las mortificaciones de un romanticismo que en Alemania estaba logrando que la gente se evadiera de la política y de la razón, con las nefandas consecuencias para la libertad. Pues el romanticismo, dice Magris, abrió nuevos caminos tanto a la genialidad como a la cursilería y al mal gusto, pues gracias a él se ha vuelto difícil distinguir una obra maestra de una estúpida trivialidad. Magris habla del presente: hoy todo es obra arte, simple y sencillamente porque lo dice quien la produce. Fray Servando no es en este sentido un hombre de su tiempo, como se ve en el desarrollo de su pensamiento durante la última parte de su vida. La pluralidad de influencias que acumuló le dio cuerpo a un país desgarrado por las facciones y los intereses en pugna a partir de 1821. Domínguez Michael nos conduce cortésmente en este propósito: conocerlo es conocernos. Fray Servando se despoja del hábito dominico y al mismo tiempo se deshace del barroco gerundiano. Descubre, en sus andanzas por Europa y Estados Unidos, que el barroquismo es la teología de lo indefinido, un sermón circular que se alza en espiral como humo fugaz que el vientecillo borra, que asciende a lo eterno en perjuicio del instante, en detrimento del arte de la fuga hacia el momento, rumbo a un presente que le debía una satisfacción y le presentaba un nuevo desafío.

Christopher Domínguez Michael se muestra, con la Vida de Fray Servando, dueño de una solidez intelectual, cultural y literaria que lo sitúa definitivamente como uno de nuestros grandes escritores. El autor es magnánimo: la erudición acicatea al lector, le pide un esfuerzo extra sin atosigarlo, pues ya quedó dicho que el libro es en realidad varios libros, y el lector bien puede leerlos pausadamente, dejarse llevar por un escritor que conduce a la velocidad de cada gusto y cada premura.








miércoles, 19 de enero de 2011

Rencor, mi viejo rencor

El juego favorito de la actualidad mexicana es el de la víctima. Es un juego que destruye a la propia víctima y a la sociedad entera. Ahora que el país se ha llenado de víctimas, los agravios multicolores se han apropiado de calles y plazas y exigen, en una desproporción verbal que ralla en la histeria, la reivindicación inmediata y total de los daños reales o imaginarios de 110 millones de mexicanos.
El juego de la víctima es sumamente rentable. A eso se debe a que la mayor parte de las víctimas no lo son: se creen o se sienten víctimas o simplemente se suman a las masas para sacar alguna tajada.
El juego de la víctima ha fragmentado los derechos humanos hasta desnivelar el principio básico de la igualdad: mujeres, niños, ancianos, indígenas, discapacitados, bisnietos de braceros, tataranietos de revolucionarios, parientes políticos de la abuela de la hermana de una tía cuyo nieto perdió su casa en una inundación. . .
El deslave de derechos grupales se derrumba sobre el país como se desploman los cerros sobre los pueblos, acarreando a su paso una masa informe de lodo, piedras, troncos y desgracias.
Nos hemos convertido, al cabo de un siglo de desproporción y desmesura, en un país de víctimas. Porque ¿quién no se siente agraviado por algo o por alguien? Todos hemos llegado a creer, aunque sea en la intimidad, que merecemos más de lo que tenemos, que la vida no nos ha dado lo que nos ha quitado, que la existencia ha sido injusta y que tenemos acumulados méritos que no nos han sido reconocidos o daños que no nos han sido reparados directa y personalmente.
La clave moral del juego de la víctima está en el traslado de la responsabilidad: todos son culpables, excepto la víctima. Y si todos somos víctimas, nadie es culpable.
Culpemos entonces al Estado. ¡Bien hecho!
Con el objeto de ponerle nombre completo al acusado pongamos que el culpable es el Estado neoliberal. Fácil, ¿verdad? Si los que acusan son intelectuales o académicos, pongamos que la culpa de todos los males públicos y privados del país es el modelo económico. Oremos todos a una voz: “El modelo ha fallado”. Pro domo sua.
Si la inconformidad pasa de la justa indignación al resentimiento social y del resentimiento social al odio de los colectivos, la desproporción entre daño y reivindicación destruye las posibilidades, casi siempre limitadas, de pensar con sensatez y de acordar democráticamente las prioridades públicas.
Pero pensar es difícil y discernir es todavía más difícil.
En vista de ello, si les parece, pongamos nuevos nombres y enderecemos acusaciones concretas: el crimen de Marisela Escobedo es un crimen de Estado. ¿A poco no se oye bien bonito?
Las cifras de la violencia criminal son tremendas: más de treinta mil muertos en un año. El dato es real, la violencia desatada por los delincuentes son racimos de sangre y espanto.
Pongamos nombre y apellido al culpable: son los muertos de Calderón. ¿A poco no se oye impactante? Aceptado por unanimidad.
Según las cifras oficiales, el país debe generar un millón de empleos cada año. Se trata del millón de jóvenes que cada año se incorporan a la necesidad de trabajar. El dato es real y el Estado es también una víctima involuntaria del problema: ha caído en su propia trampa. La lucha por el poder ha provocado que partidos y candidatos ofrezcan soluciones irrealizables. El autoritarismo no se ha extinguido: sólo ha cambiado de piel. Esto se debe a la lógica del poder y a que la sociedad es peligrosamente autoritaria: exigimos un Estado Omnipresente. ¡Bravo! ¡Que el Estado resuelva todo porque es el culpable de todo! Por mi parte acuso al Estado neoliberal de que mi abuelita de noventa años se murió de un retortijón. Si el fallecimiento de mi abuela Agustina no pasó a la historia y por eso no puedo exigir una reparación, se debe a que murió el día que asesinaron a Kennedy. No importa, motivos sobran.
Nombremos al culpable: la partidocracia es la causa de todas las causas. Luego entonces, la alternativa es eliminar a los partidos y optar por una (sic a mí mismo) alternativa ciudadana. ¿No es una idea fabulosa? Aplausos atronadores, votación por aclamación, aceptación universal de la solución. ¡Mueran los partidos y vivan los ciudadanos! ¡Bravo! ¡Ciudadanicemos! Y el que lo desciudadanice será un buen desciudadanizador.
Se puede creer en Dios de dos maneras básicas: adorándolo o mentándole la madre. A los primeros se les llama creyentes y a los segundos ateos. Algo similar ocurre con los enamorados del Estado: amor-odio son las caras de la moneda. ¡El Estado es el demonio! ¡Viva el Estado!
El Estado Omnipresente (está en los cielos, en la tierra y en todo lugar) no se gestó en la sociedad sino en la mala interpretación que el propio Estado hizo de la sociedad. Pero hemos acogido servilmente la existencia deísta del Estado. El viejo culto al Estado (Platón, Hegel, Marx, Hitler, Mussolini, Stalin, Franco, Pinochet, Fidel Castro, Echeverría, López Portillo, Hugo Chávez) también se manifiesta en el odio al Estado. Bien canta Gardel en un famoso tango: rencor, mi viejo rencor. . . rencor, tengo miedo de que seas amor.
El Estado es un mal necesario. Acotarlo, delimitarlo, vigilarlo y criticarlo son tareas que no podemos trasladar; dejarlas en la exclusividad de los medios de comunicación o en la histeria de las víctimas (supuestas o reales), es abandonarlas a la desgarrada desproporción.

miércoles, 12 de enero de 2011

Memoria desagradecida

1
El gusto por el trabajo es tan viejo como la humanidad. La esclavitud y la opresión tienen la misma data. A la gran mayoría de las personas lo que más les gusta es trabajar. Ese gusto no es un mero gusto: es una razón que le da validez a la existencia, seamos conscientes de ello o no. El trabajo es quizá la actividad más adherida a la existencia: trabajo, luego existo. Esto puede ser una tontera, salvo que se endereza contra la irracionalidad creciente que sostiene que todo lo que existe es absurdo.
Contra el gusto al trabajo se han inventado estratagemas de todo tipo y calibre: trabajos forzados, guerras, derechos, ideologías políticas, teorías económicas. Es una paradoja que los gobernantes modernos tengan como propósito supremo crear empleos y a la vez interfieran en el trabajo, actividad que debiera pertenecer en su mayor parte a la decisión, esfuerzo y gusto de cada persona. Los gobernantes tienen excelentes intenciones por cuanto a la creación de empleos, excepto la imaginación para lograrlo. En nuestro caso, ni siquiera se promueve el enorme potencial de posibilidades sencillas y baratas de crear empleos. Crear empleos formales es costosísimo y los beneficios son exiguos. El empleo cívico, por ejemplo, es una de las opciones que los gobiernos no han impulsado para que los jóvenes disfruten del trabajo, se ganen la vida y se mejoren sustancialmente las condiciones de civilidad y convivencia. En esa paradoja está encerrada la clave para comprender por qué los gobiernos siempre fracasan en sus programas de empleo: el Estado y la sociedad están organizados para no trabajar. Impiden con ello que la gente le dé gusto al cuerpo: trabajando.
Un engaño típico de nuestra época es el del empleo bien remunerado. Se confunde el medio con el fin; mejor: se ha hecho del medio un fin. Ni trabajar para vivir ni vivir para trabajar. Es preferible el trabajo remunerado que nos puede dar, con perseverancia y esfuerzo, la esperanza de destinar más tiempo a lo que nos gusta.
2
Confundidos los medios y los fines, la gente se cansa a las primeras; lo que ocurre es que el trabajo queda reducido a esperar la hora de salida. No hay mayor estulticia que festejar la reducción de las horas de trabajo. No hay conciencia de que uno de los descansos más apacibles y productivos es precisamente cuando se trabaja. Recuerdo a propósito el título de un libro de poemas del trágico escritor italiano Cesare Pavese (1908-1950): Trabajar descansa (Lavorare stanca). Hay una diferencia de fondo entre “trabajar” y “laborar”. Dicho en pocas palabras y de modo muy simple, trabajar era propio de esclavos y laborar lo era de hombres libres. No me detengo más en este asunto, pues en la actualidad prevalece la palabra trabajo. Sin embargo, tuve la suerte de escuchar a los campesinos decir que ya se iban a la labor, que era un espacio de tierra y otro de tiempo, de su tierra y de su tiempo, combinados ambos en una unidad que transitaba del deber al gusto y del gusto a la plenitud. Aún no he encontrado un placer más noble y gratificante que el gusto que proporciona el trabajo bien hecho. De niño, en la labor de mi padre (en realidad él era mediero), pasé los días más preciosos de mi vida. Era una pequeña milpa de temporal donde, absorto ante el milagro, vi los cuadros dibujados por el sol que se marchaba sin estridencias, por el viento que soplaba amorosamente las matas de garbanzo, por las nubes delgadas y finas que anunciaban los primeros fulgores de la luna y por las luces de un crepúsculo que acariciaban el rostro de las piedras. Años después, cuando trabajé en una de las primeras grandes fábricas que se instalaron en Querétaro, viví momentos inolvidables al frente de una máquina fresadora, divertido por las ocurrencias y dichos de mis compañeros, por su lenguaje de silbidos y onomatopeyas, por sus cancioncillas bien entonadas y siempre maravillado del ingenio de sus puyas y contra puyas lingüísticas. A veces me detengo en un taller para observar y escuchar, mientras un martillo feroz azota un pedazo de fierro, las charlas y chistes de los trabajadores. Los envidio un poco: no sé si sean más felices que yo pero me quedo con la certeza de que son más libres. No me cambiaría: mi trabajo no es menos grato.
3
El día que los sindicatos obreros consiguieron la jornada máxima de trabajo empezó el trayecto cultural que acabó por rendir culto a los que trabajan menos y desdén a los que trabajan más. Los burros suelen decir “que trabajen los burros”. La frase de que “Nadie trabaja por gusto” es una expresión que de un modo perfecto sintetiza la fase final del proceso de extinción del gusto por el trabajo. Prefiero escuchar a quien dice que descansa haciendo adobes. Lo dice con orgullo genuino, con vanidad incluso, pero no con soberbia. Considero que son privilegiados aquellos que mueren en un día de trabajo: trabajaron en la mañana y fallecieron por la tarde. Y compadezco a los que se jubilan alrededor de los cincuenta de edad. ¡Pobrecillos, lo que se van a cansar descansado! En muchos casos se sientan, durante treinta o más años, a esperar la muerte. Viven pero dejan de existir. Otros, achispados y joviales, no se permiten el desgaste de buscar empleo y mejor dedican su experiencia y esfuerzo a crear un negocio propio, una empresa pequeña, y son capaces de crear dos o tres empleos directos. Lo que estos jubilados quieren es trabajar, ahuyentar la enfermedad y la muerte, no un salario y unas prestaciones cuya espera es hiel amarga y árida.
El origen de la jornada máxima de trabajo es noble; fue, apenas entrado el siglo XX, el resultado de una aspiración de justicia. A fin de cuentas, la explotación del trabajo era también la explotación del gusto por el trabajo. Pero la jornada máxima fue el puente para pasar de un extremo a otro: trabajar menos o no trabajar ha sido la constante de las famosas reivindicaciones laborales del siglo XX. Un acto de justicia se convirtió, en el transcurso de un siglo, en la peor de las injusticias sociales: ganar un salario sin trabajar es como trabajar sin ganar un salario.
4
La escritora francesa Simone Weil (1909-1943), célebre anarquista, defensora de la dignidad del trabajo y perspicaz e incansable organizadora sindical, lamentó la institución de la jornada laboral máxima: “Hacer del pueblo una masa de ociosos que serían esclavos dos horas al día no es ni deseable, aunque fuera posible, ni moralmente posible, aunque lo fuera materialmente”. Estas palabras de Weil fueron escritas en plena euforia sindicalista (Experiencias de la vida de fábrica, 1936), publicadas en español recientemente (año 2007). ¿Qué decir del parasitismo en el que devinieron los sindicatos de burócratas y universitarios, el de PEMEX, el del SNTE? ¿De dónde nos viene la irracionalidad de creer y hacer creer que trabajar menos o no trabajar es el resultado de un derecho, una meta, un triunfo, cuando en realidad es el signo más ominoso de la indignidad humana, el fracaso desnudo?
El problema, para Weil, no estaba en la reducción de la jornada laboral sino en combatir la alienación del trabajo en las fábricas. La fábrica, decía, debe ser un lugar de alegría, un lugar donde, aunque el cuerpo y el alma sufran de manera inevitable, el alma pueda sin embargo degustar también alegrías, alimentarse de alegrías. Escribe: “Hay que cambiar la naturaleza de los estímulos del trabajo, disminuir o abolir las causas del hastío, transformar la relación de cada obrero con el funcionamiento del conjunto de la fábrica, la relación del obrero con la máquina, y la manera en que transcurre el tiempo de trabajo”. El sentido social del trabajo era para Weil el de la paz. Ella, una pacifista radical, veía en el trabajo la causa primera de la paz de los pueblos. Pero los estímulos a los que se refería la escritora nada tienen que ver con los estímulos de hoy, como pagar más por llegar puntualmente, por asistencia, por llenar formularios.
5
En un artículo inédito durante ochenta años, Simone Weil escribe que sólo el trabajo es pacificador. Desde su perspectiva sindical y anarquista, defiende en primer lugar al individuo: “No puedo conocer el valor del individuo humano más que en tanto experimento mi propio valor, y no experimento mi propio valor más que en tanto actúo”. Es cierto, trabajamos por necesidad y todos queremos ganar un poco más. Nunca nos alcanza. Es probable que el problema no radique en la buena o mala administración de lo que ganamos sino en la buena o mala administración de nuestras necesidades, que pertenece al ámbito de la libertad de cada quien. Como sea, actuar es la palabra clave. Trabajar más no es indigno si, además de unos pesos agregados, se añade la dignidad del reconocimiento del propio trabajo, por simple que sea. Que reconozcan tu trabajo está en el centro de la dignidad humana. Sin embargo, como dice el excepcional escritor polaco Zbigniew Herbert, la memoria humana es desagradecida. Lo curioso del asunto es que aquellos que trabajan menos o no trabajan (profesores universitarios, maestros de educación básica, burócratas de todas las raleas) se pasan la vida pidiendo, exigiendo, ser reconocidos. Algunos llegan al extremo de aceptar premios balines y organizar sus propios homenajes. Otros, los peores, hasta se atreven a escribir sus memorias.
El reconocimiento de tu trabajo es la médula de la dignidad humana, aunque la mayoría de los trabajadores de las artes menores y de los oficios más sencillos no tienen tiempo para pensar en ello. “La gente feliz, al igual que la gente sana, no se cuestiona sobre su estado de ánimo”, piensa un personaje de Zbigniew Herbert. Eso no quita que debamos otorgarlo; necesitamos dar a la propia memoria un puntapié para desempolvarla de su ingratitud. El valor del otro es el propio valor.