miércoles, 16 de marzo de 2011

La bandera japonesa

El tema es Japón y la tragedia natural que los tiene sometidos sin que los japoneses se sientan completamente sometidos. Comentaristas y comunicadores destacan la entereza que muestran los japoneses ante los desastres naturales y económicos que los tienen contra el paredón. Japón, un pueblo civilizado, parece preparado para lo peor. Ya era un pueblo civilizado cuando Estados Unidos lanzó las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. La rendición de los japoneses era un asunto que podía haberse resuelto con un amedrentamiento de tal manera poderoso que no hubiese sido necesario dejar caer el infierno nuclear sobre dos ciudades indefensas. Entre 1945 y el 2011, sin embargo, Japón se entregó de tiempo entero a la búsqueda del olvido: el altísimo bienestar material de su población no ha correspondido con la conservación de su cultura milenaria. Japón se entregó al olvido trabajando, conquistando el mundo de un modo distinto a su pasado imperial; logró un bienestar económico que hoy lo tiene postrado económicamente: deuda y más deuda. Sin duda se levantarán de esta nueva tragedia y serán capaces de aleccionar a los estados de todo el mundo para volver a la sensatez. Es un buen deseo.

No puedo dejar de recordar la satisfacción que Julien Benda experimentó al saber que los habitantes de Nueva Orleans viven con el terror perpetuo de ser sumergidos por el Misisipi. Benda reconoce que sintió placer. El hombre, con esto de dominar las cosas, se vuelve loco de orgullo. Es bueno que de vez en cuando lo llamen al orden, al cosmos. A Benda le gustaba el mito de los Titanes y de la Torre de Babel. A nosotros también nos gustan los mitos, salvo que no les damos significado.

No corre la naturaleza por un lado y el ser humano por el otro. Somos parte de la naturaleza; somos ella misma; la disfrutamos lo mismo que la padecemos; la dominamos y ella nos azota con su furia y humilla la soberbia con que antes la abusamos; la descubrimos pero en realidad es ella la que nos descubre; la trenzamos con toda suerte de ingenierías arquitectónicas y ella nos devuelve el agravio con una pequeña muestra de su fuerza destructiva. La naturaleza no está allá y los seres humanos más acá; nuestra naturaleza es que somos parte de la naturaleza y que no hay castigos divinos cuando su furia la delata y nos delata; no hay una naturaleza buena y limpia y unos seres humanos malos y sucios. Pero no es lo mismo trepar un árbol y desde la punta contemplar el pequeño gran horizonte que cortarlo para demostrar la fuerza de los brazos y la utilidad del hacha o la sierra eléctrica; no es lo mismo trozar leños para calentarnos que para quemar libros; no es lo mismo matar un animal para alimentarse que para afinar la puntería. Como todo en la vida, el equilibrio y la sensatez son las razones que nos recuerdan el vertiginoso y violento modo que hemos empleado para derruir cerros de piedra y asentar sobre ellos los edificios más feos jamás imaginados (véanse si no los cerros que rodean la ciudad de Querétaro: la fealdad como símbolo del progreso idiota. Esos cerros también se derrumbarán un día, pues también las piedras estallan con el paso del tiempo y lanzan al viento sus esquirlas iracundas).

La educación debe empezar por el conocimiento de la naturaleza. De niños nos llevaban al campo a sembrar árboles. También juntábamos leña para el fuego, para rodear con nuestros cantos la fogata en la noche negra y para sorprendernos de los misterios del horizonte oscuro. Sabíamos que unos kilómetros abajo, sobre caminos apisonados por la fuerza de monstruos motorizados, se llevaban miles de árboles talados ilegal e irracionalmente. Aun así, la naturaleza éramos nosotros mismos, con nuestras contradicciones e incoherencias, con el gusto de cortar un durazno de una rama pegada a una pared de adobe y la estupidez de matar a un pajarillo distraído. No creo que el pasado haya sido mejor que el presente, pero no tengo duda de que el dominio de la naturaleza, necesario para albergarnos con comodidad, ha cobrado en la actualidad una crueldad que acaba enseñándose con los más débiles. Necesitamos construir y no podemos hacerlo en el aire; tampoco podemos empezar, como los laputienses, una edificación cimentada en la parte superior del edificio; sin duda el progreso tecnológico merece una crítica racional, pero es tonto creer en los catastrofismos ecologistas. Como ha escrito Claudio Magris, todo es naturaleza, combinación de elementos: las colinas que nos rodean y la desertificación de los suelos, el aroma de las flores y el tufo de los tubos de escape. Y, sin embargo, la crítica racional al progreso salvaje queda a salvo. Hay responsabilidades humanas que no se disuelven en el mar de las furias naturales. En no poca medida hemos contribuido a causar que los desastres naturales nos golpeen con una fuerza cada vez mayor. El bienestar y el progreso han conseguido remediar muchos males humanos y sería absurdo negar que los avances científicos logran curar enfermedades que antes eran intratables; parece que hoy somos más fuertes; parece que nada es superior a la tecnología ni a los recursos extraordinarios con que los gobiernos atienden al instante las tragedias enfurecidas de la naturaleza. Pero la superioridad es aparente. En realidad somos más vulnerables, tanto porque los abusos contra la naturaleza son calados innombrables cuanto porque el bienestar nos ha hecho más débiles de lo que en realidad somos: un sol ardiente en un blanco infinito.

Yo quería hablar de la bandera japonesa y he terminado como la historia La bandera inglesa del escritor húngaro Imre Kertész, que sólo descubre en el capó de un jeep los colores británicos azul, blanco y rojo. No estamos preparados para la tragedia. El bienestar material y cultural es profundamente desigual. A veces, sin embargo, un desastre natural nos puede arrasar a todos por igual. Quizás entonces estemos en condiciones de hacer de la memoria un acto creativo, un acto de libertad.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Fray Servando

La vida de fray Servando de Christopher Domínguez Michael es uno de los diez mejores libros de la primera década mexicana del siglo XXI. La afirmación no es exagerada: el autor conjuga las humanidades y las pone al servicio del conocimiento del hombre. El libro de casi ochocientas páginas en letra pequeña podría ser, en otra edición, del doble; en este caso cuenta la cantidad porque en realidad el libro son varios libros, cada uno de los cuales está escrito con la pulcritud de un hombre de letras, la profundidad de un hombre de ideas y la claridad de un escritor que piensa en los lectores: el libro está al alcance de un lector común pero habituado al esfuerzo. Lo leí en su primera edición (2004) y en diciembre pasado un buen amigo me obsequió un ejemplar de la segunda reimpresión (2005). No lo releí, lo volví a leer; es decir, lo volví a subrayar, tomé notas, consulté libros, conversé con conocedores del tema. En el ínterin de una y otra lectura, leí las Memorias de fray Servando Teresa de Mier. Volver al libro de Domínguez Michael fue como pasar de una antesala atestada de gente desconocida a otra en la que sólo aguardan los pasajeros de un destino compartido. Domínguez Michael es crítico literario y literato, dos artes creativas misteriosamente incompatibles (si hacemos caso a George Steiner, que exaltaba, de un modo excepcional, la reunión de ambas cualidades en Umberto Eco. Exagera Steiner. Es cierto que grandes literatos desbarran cuando hablan de literatura o de política. Pongamos un par de ejemplos: Carlos Fuentes es un buen novelista y un pésimo escritor político; su autoridad moral y su credibilidad no producen por ello ideas políticas. Jean-Paul Sartre fue un literato agudísimo y un escritor y activista político decepcionante. De Sartre dice Canetti, inspirado en un ensayo de Octavio Paz, que no es un escritor sino un analista y un panfletista: “Ninguna de sus formulaciones fue un pensamiento. Nada suyo fue nuevo. Siempre tenía a mano una respuesta, existía ya antes de la pregunta”, remata Canetti con su habitual “amabilidad”. Steiner prefiere abstenerse del juicio político, pero en Los libros que nunca he escrito explica su resistencia a hablar de política: “Sigo sin estar seguro en cuanto a mis raíces psicológicas de mi reticencia o evasiva”).

Sin embargo, en nuestros días no puede uno dejar de sorprenderse de excelentes críticas literarias y sensatas reflexiones políticas y sociales en literatos de la talla de Coetzee, Le Clezio o Magris, por poner tres ejemplos que tengo a la mano de mi reciente memoria lectora. Como sea, Domínguez Michael es un crítico literario que nos reconcilia con la crítica literaria. Sus trabajos antológicos de literatura mexicana forman parte de la literatura mexicana misma; su novela William Pescador es una obra con un sentido profundo y creativo, una virtud especialmente notable en la Vida de Fray Servando. El libro es una reunión coherente de rodeos redondos, un entrecruce de ideas, doctrinas, mitos, transiciones, leyendas, pesadumbres y caminos que abrevan, sin que el lector pierda de vista la ruta principal, en la figura de un fraile dominico que en el tránsito farragoso del siglo XVIII al XIX representó papeles tan propios como impropios de la época: predicador gerundiano/enjuiciado sin gracia ni justicia/víctima de papirófagos del Averno/ Alfarache natural pero con mala suerte/Simón el Mago pero con buena suerte/erasmista o jansenista coyuntural/converso ilustrado gracias a judíos de Bayona/historiador puntilloso pero imprescindible/autobiógrafo deliberadamente inexacto/republicano fervoroso/conspirador/testigo de las cortes gaditanas/ aristócrata republicano/diputado constituyente/ referencia infaltable en la formación del nacionalismo mexicano. . . Es, todo él, un personaje de teatro y literatura, de Artemio de Valle-Arizpe a Reinaldo Arenas, dice Domínguez Michael: “Personaje volador e inventor del paracaidismo”. Pero la metáfora se hizo verbo y pensamiento. Fray Servando protagonizó la ruptura de una época de decadencia frailuna y la crisis monárquica, y el tránsito a otra, abrupta y reborujada, de los primeros años del México Independiente.

La madurez literaria de Domínguez Michael le permite, en la Vida de Fray Servando, abrirse paso con una erudición tan bien lograda que no deslumbra: ilustra, muestra, abre caminos que repasan los mitos de la evangelización de Mesoamérica (el apóstol Tomás, el Quetzalcóatl de la barroca imaginación novohispana). La precisión con que descubre las exageraciones o falsedades de las Memorias de fray Servando y las acotaciones y matices a las interpretaciones erróneas o inexactas de O’Gorman (estudioso por excelencia de Teresa de Mier), son dos de los méritos de quien entrelaza inteligencia literaria y rigor histórico.

Domínguez Michael disgrega y agrega a la vez: sus caminos no conducen a Roma, pero en cambio nos traen de regreso al camino real, al personaje y sus circunstancias, al bullicio que seguía provocando “La leyenda negra” impuesta a España por Inglaterra. La Nueva España fue, como la metrópoli, víctima de esa leyenda parcialmente justa y absolutamente perversa, herencia que aún cargamos en estos días del siglo XXI (se puede incluir el bobo humor del programa británico que representa a los mexicanos infectados por el mal de Oblómov).

La Leyenda Negra, nacida del conflicto entre Felipe II e Isabel de Inglaterra en 1588, a medio camino del cisma protestante que convirtió a España en la tierra de las tinieblas, merecería una obra especializada que nos ayudaría, ahora mismo, a entender nuestro extraño desapego de la legalidad. Los papirófagos del siglo XXI son legiones en ministerios públicos y juzgados, en tribunales y procedimientos kafkianos; se requeriría un estudio pormenorizado de las formas jurídicas novohispanas y su legado tenebroso de papeles que desaparecen, de expedientes que se reservan, de ambigüedades semánticas que legalmente pueden condenar o exculpar, de la fiebre reformista actual que barniza arcaísmos jurídicos. . . Las muy mexicanas costumbres de la picardía y la auto denigración son productos culturales de la regla de oro del derecho monárquico: “Acátese, pero no se cumpla”. La picardía para evadir las leyes puede deberse a que, en su mayoría, nuestras leyes son absurdas, un muro que dilata nuestra entrada franca al Estado de derecho y a la civilidad democrática.

La Vida de Fray Servando de Domínguez Michael es un libro para leerse con placentero detenimiento. Cada regreso, cada adelanto, cada camino disgregado y cada referencia histórica, ideológica, política y anecdótica son historias en sí mismas, hechos y personajes que podrían formar parte de un conjunto de libros independientes, aunque preñados de un mismo espíritu intelectual: México, su pasado remoto y su presente más remoto aún. Las anotaciones del autor son breves pero amablemente punzocortantes; la bibliografía es impresionante: clásicos de la historiografía y la hagiografía mexicanas, cronistas de Indias, literatos, ilustrados franceses, pensadores ingleses y estadounidenses y todos aquellos que hicieron constar su testimonio antes del sermón de 1794 de fray Servando y después del federalismo de 1824, una suma de conocimientos que el autor engarza acerca del país que somos, el que creemos que somos, el que no somos y el que no hemos podido llegar a ser. En más de un sentido, el Fray Servando de Domínguez Michael es una muestra representativa de la personalidad mexicana: pícara y pudibunda a la vez, tímida y desproporcionada a una sola voz, pesarosa y festiva el mismo día, silenciosa y desmesurada en el mismo tono. (El mal de Oblómov con que nos definió el programa cómico de la televisión inglesa nos duele, acaso porque nos hemos reservado el derecho auto denigratorio).

Fray Servando es, más que representativo, un protagonista del nacimiento del estado federal y un pensador de la nacionalidad. En el buen sentido, es nuestro hombre sin atributos; es, quizá sin tener conciencia de ello, un humanista en el sentido erasmiano, un hombre de diálogo racional y también de fe e ironía; pasa de las baratijas barrocas a la Ilustración, quizá sin haber tenido que sufrir las mortificaciones de un romanticismo que en Alemania estaba logrando que la gente se evadiera de la política y de la razón, con las nefandas consecuencias para la libertad. Pues el romanticismo, dice Magris, abrió nuevos caminos tanto a la genialidad como a la cursilería y al mal gusto, pues gracias a él se ha vuelto difícil distinguir una obra maestra de una estúpida trivialidad. Magris habla del presente: hoy todo es obra arte, simple y sencillamente porque lo dice quien la produce. Fray Servando no es en este sentido un hombre de su tiempo, como se ve en el desarrollo de su pensamiento durante la última parte de su vida. La pluralidad de influencias que acumuló le dio cuerpo a un país desgarrado por las facciones y los intereses en pugna a partir de 1821. Domínguez Michael nos conduce cortésmente en este propósito: conocerlo es conocernos. Fray Servando se despoja del hábito dominico y al mismo tiempo se deshace del barroco gerundiano. Descubre, en sus andanzas por Europa y Estados Unidos, que el barroquismo es la teología de lo indefinido, un sermón circular que se alza en espiral como humo fugaz que el vientecillo borra, que asciende a lo eterno en perjuicio del instante, en detrimento del arte de la fuga hacia el momento, rumbo a un presente que le debía una satisfacción y le presentaba un nuevo desafío.

Christopher Domínguez Michael se muestra, con la Vida de Fray Servando, dueño de una solidez intelectual, cultural y literaria que lo sitúa definitivamente como uno de nuestros grandes escritores. El autor es magnánimo: la erudición acicatea al lector, le pide un esfuerzo extra sin atosigarlo, pues ya quedó dicho que el libro es en realidad varios libros, y el lector bien puede leerlos pausadamente, dejarse llevar por un escritor que conduce a la velocidad de cada gusto y cada premura.








miércoles, 19 de enero de 2011

Rencor, mi viejo rencor

El juego favorito de la actualidad mexicana es el de la víctima. Es un juego que destruye a la propia víctima y a la sociedad entera. Ahora que el país se ha llenado de víctimas, los agravios multicolores se han apropiado de calles y plazas y exigen, en una desproporción verbal que ralla en la histeria, la reivindicación inmediata y total de los daños reales o imaginarios de 110 millones de mexicanos.
El juego de la víctima es sumamente rentable. A eso se debe a que la mayor parte de las víctimas no lo son: se creen o se sienten víctimas o simplemente se suman a las masas para sacar alguna tajada.
El juego de la víctima ha fragmentado los derechos humanos hasta desnivelar el principio básico de la igualdad: mujeres, niños, ancianos, indígenas, discapacitados, bisnietos de braceros, tataranietos de revolucionarios, parientes políticos de la abuela de la hermana de una tía cuyo nieto perdió su casa en una inundación. . .
El deslave de derechos grupales se derrumba sobre el país como se desploman los cerros sobre los pueblos, acarreando a su paso una masa informe de lodo, piedras, troncos y desgracias.
Nos hemos convertido, al cabo de un siglo de desproporción y desmesura, en un país de víctimas. Porque ¿quién no se siente agraviado por algo o por alguien? Todos hemos llegado a creer, aunque sea en la intimidad, que merecemos más de lo que tenemos, que la vida no nos ha dado lo que nos ha quitado, que la existencia ha sido injusta y que tenemos acumulados méritos que no nos han sido reconocidos o daños que no nos han sido reparados directa y personalmente.
La clave moral del juego de la víctima está en el traslado de la responsabilidad: todos son culpables, excepto la víctima. Y si todos somos víctimas, nadie es culpable.
Culpemos entonces al Estado. ¡Bien hecho!
Con el objeto de ponerle nombre completo al acusado pongamos que el culpable es el Estado neoliberal. Fácil, ¿verdad? Si los que acusan son intelectuales o académicos, pongamos que la culpa de todos los males públicos y privados del país es el modelo económico. Oremos todos a una voz: “El modelo ha fallado”. Pro domo sua.
Si la inconformidad pasa de la justa indignación al resentimiento social y del resentimiento social al odio de los colectivos, la desproporción entre daño y reivindicación destruye las posibilidades, casi siempre limitadas, de pensar con sensatez y de acordar democráticamente las prioridades públicas.
Pero pensar es difícil y discernir es todavía más difícil.
En vista de ello, si les parece, pongamos nuevos nombres y enderecemos acusaciones concretas: el crimen de Marisela Escobedo es un crimen de Estado. ¿A poco no se oye bien bonito?
Las cifras de la violencia criminal son tremendas: más de treinta mil muertos en un año. El dato es real, la violencia desatada por los delincuentes son racimos de sangre y espanto.
Pongamos nombre y apellido al culpable: son los muertos de Calderón. ¿A poco no se oye impactante? Aceptado por unanimidad.
Según las cifras oficiales, el país debe generar un millón de empleos cada año. Se trata del millón de jóvenes que cada año se incorporan a la necesidad de trabajar. El dato es real y el Estado es también una víctima involuntaria del problema: ha caído en su propia trampa. La lucha por el poder ha provocado que partidos y candidatos ofrezcan soluciones irrealizables. El autoritarismo no se ha extinguido: sólo ha cambiado de piel. Esto se debe a la lógica del poder y a que la sociedad es peligrosamente autoritaria: exigimos un Estado Omnipresente. ¡Bravo! ¡Que el Estado resuelva todo porque es el culpable de todo! Por mi parte acuso al Estado neoliberal de que mi abuelita de noventa años se murió de un retortijón. Si el fallecimiento de mi abuela Agustina no pasó a la historia y por eso no puedo exigir una reparación, se debe a que murió el día que asesinaron a Kennedy. No importa, motivos sobran.
Nombremos al culpable: la partidocracia es la causa de todas las causas. Luego entonces, la alternativa es eliminar a los partidos y optar por una (sic a mí mismo) alternativa ciudadana. ¿No es una idea fabulosa? Aplausos atronadores, votación por aclamación, aceptación universal de la solución. ¡Mueran los partidos y vivan los ciudadanos! ¡Bravo! ¡Ciudadanicemos! Y el que lo desciudadanice será un buen desciudadanizador.
Se puede creer en Dios de dos maneras básicas: adorándolo o mentándole la madre. A los primeros se les llama creyentes y a los segundos ateos. Algo similar ocurre con los enamorados del Estado: amor-odio son las caras de la moneda. ¡El Estado es el demonio! ¡Viva el Estado!
El Estado Omnipresente (está en los cielos, en la tierra y en todo lugar) no se gestó en la sociedad sino en la mala interpretación que el propio Estado hizo de la sociedad. Pero hemos acogido servilmente la existencia deísta del Estado. El viejo culto al Estado (Platón, Hegel, Marx, Hitler, Mussolini, Stalin, Franco, Pinochet, Fidel Castro, Echeverría, López Portillo, Hugo Chávez) también se manifiesta en el odio al Estado. Bien canta Gardel en un famoso tango: rencor, mi viejo rencor. . . rencor, tengo miedo de que seas amor.
El Estado es un mal necesario. Acotarlo, delimitarlo, vigilarlo y criticarlo son tareas que no podemos trasladar; dejarlas en la exclusividad de los medios de comunicación o en la histeria de las víctimas (supuestas o reales), es abandonarlas a la desgarrada desproporción.

miércoles, 12 de enero de 2011

Memoria desagradecida

1
El gusto por el trabajo es tan viejo como la humanidad. La esclavitud y la opresión tienen la misma data. A la gran mayoría de las personas lo que más les gusta es trabajar. Ese gusto no es un mero gusto: es una razón que le da validez a la existencia, seamos conscientes de ello o no. El trabajo es quizá la actividad más adherida a la existencia: trabajo, luego existo. Esto puede ser una tontera, salvo que se endereza contra la irracionalidad creciente que sostiene que todo lo que existe es absurdo.
Contra el gusto al trabajo se han inventado estratagemas de todo tipo y calibre: trabajos forzados, guerras, derechos, ideologías políticas, teorías económicas. Es una paradoja que los gobernantes modernos tengan como propósito supremo crear empleos y a la vez interfieran en el trabajo, actividad que debiera pertenecer en su mayor parte a la decisión, esfuerzo y gusto de cada persona. Los gobernantes tienen excelentes intenciones por cuanto a la creación de empleos, excepto la imaginación para lograrlo. En nuestro caso, ni siquiera se promueve el enorme potencial de posibilidades sencillas y baratas de crear empleos. Crear empleos formales es costosísimo y los beneficios son exiguos. El empleo cívico, por ejemplo, es una de las opciones que los gobiernos no han impulsado para que los jóvenes disfruten del trabajo, se ganen la vida y se mejoren sustancialmente las condiciones de civilidad y convivencia. En esa paradoja está encerrada la clave para comprender por qué los gobiernos siempre fracasan en sus programas de empleo: el Estado y la sociedad están organizados para no trabajar. Impiden con ello que la gente le dé gusto al cuerpo: trabajando.
Un engaño típico de nuestra época es el del empleo bien remunerado. Se confunde el medio con el fin; mejor: se ha hecho del medio un fin. Ni trabajar para vivir ni vivir para trabajar. Es preferible el trabajo remunerado que nos puede dar, con perseverancia y esfuerzo, la esperanza de destinar más tiempo a lo que nos gusta.
2
Confundidos los medios y los fines, la gente se cansa a las primeras; lo que ocurre es que el trabajo queda reducido a esperar la hora de salida. No hay mayor estulticia que festejar la reducción de las horas de trabajo. No hay conciencia de que uno de los descansos más apacibles y productivos es precisamente cuando se trabaja. Recuerdo a propósito el título de un libro de poemas del trágico escritor italiano Cesare Pavese (1908-1950): Trabajar descansa (Lavorare stanca). Hay una diferencia de fondo entre “trabajar” y “laborar”. Dicho en pocas palabras y de modo muy simple, trabajar era propio de esclavos y laborar lo era de hombres libres. No me detengo más en este asunto, pues en la actualidad prevalece la palabra trabajo. Sin embargo, tuve la suerte de escuchar a los campesinos decir que ya se iban a la labor, que era un espacio de tierra y otro de tiempo, de su tierra y de su tiempo, combinados ambos en una unidad que transitaba del deber al gusto y del gusto a la plenitud. Aún no he encontrado un placer más noble y gratificante que el gusto que proporciona el trabajo bien hecho. De niño, en la labor de mi padre (en realidad él era mediero), pasé los días más preciosos de mi vida. Era una pequeña milpa de temporal donde, absorto ante el milagro, vi los cuadros dibujados por el sol que se marchaba sin estridencias, por el viento que soplaba amorosamente las matas de garbanzo, por las nubes delgadas y finas que anunciaban los primeros fulgores de la luna y por las luces de un crepúsculo que acariciaban el rostro de las piedras. Años después, cuando trabajé en una de las primeras grandes fábricas que se instalaron en Querétaro, viví momentos inolvidables al frente de una máquina fresadora, divertido por las ocurrencias y dichos de mis compañeros, por su lenguaje de silbidos y onomatopeyas, por sus cancioncillas bien entonadas y siempre maravillado del ingenio de sus puyas y contra puyas lingüísticas. A veces me detengo en un taller para observar y escuchar, mientras un martillo feroz azota un pedazo de fierro, las charlas y chistes de los trabajadores. Los envidio un poco: no sé si sean más felices que yo pero me quedo con la certeza de que son más libres. No me cambiaría: mi trabajo no es menos grato.
3
El día que los sindicatos obreros consiguieron la jornada máxima de trabajo empezó el trayecto cultural que acabó por rendir culto a los que trabajan menos y desdén a los que trabajan más. Los burros suelen decir “que trabajen los burros”. La frase de que “Nadie trabaja por gusto” es una expresión que de un modo perfecto sintetiza la fase final del proceso de extinción del gusto por el trabajo. Prefiero escuchar a quien dice que descansa haciendo adobes. Lo dice con orgullo genuino, con vanidad incluso, pero no con soberbia. Considero que son privilegiados aquellos que mueren en un día de trabajo: trabajaron en la mañana y fallecieron por la tarde. Y compadezco a los que se jubilan alrededor de los cincuenta de edad. ¡Pobrecillos, lo que se van a cansar descansado! En muchos casos se sientan, durante treinta o más años, a esperar la muerte. Viven pero dejan de existir. Otros, achispados y joviales, no se permiten el desgaste de buscar empleo y mejor dedican su experiencia y esfuerzo a crear un negocio propio, una empresa pequeña, y son capaces de crear dos o tres empleos directos. Lo que estos jubilados quieren es trabajar, ahuyentar la enfermedad y la muerte, no un salario y unas prestaciones cuya espera es hiel amarga y árida.
El origen de la jornada máxima de trabajo es noble; fue, apenas entrado el siglo XX, el resultado de una aspiración de justicia. A fin de cuentas, la explotación del trabajo era también la explotación del gusto por el trabajo. Pero la jornada máxima fue el puente para pasar de un extremo a otro: trabajar menos o no trabajar ha sido la constante de las famosas reivindicaciones laborales del siglo XX. Un acto de justicia se convirtió, en el transcurso de un siglo, en la peor de las injusticias sociales: ganar un salario sin trabajar es como trabajar sin ganar un salario.
4
La escritora francesa Simone Weil (1909-1943), célebre anarquista, defensora de la dignidad del trabajo y perspicaz e incansable organizadora sindical, lamentó la institución de la jornada laboral máxima: “Hacer del pueblo una masa de ociosos que serían esclavos dos horas al día no es ni deseable, aunque fuera posible, ni moralmente posible, aunque lo fuera materialmente”. Estas palabras de Weil fueron escritas en plena euforia sindicalista (Experiencias de la vida de fábrica, 1936), publicadas en español recientemente (año 2007). ¿Qué decir del parasitismo en el que devinieron los sindicatos de burócratas y universitarios, el de PEMEX, el del SNTE? ¿De dónde nos viene la irracionalidad de creer y hacer creer que trabajar menos o no trabajar es el resultado de un derecho, una meta, un triunfo, cuando en realidad es el signo más ominoso de la indignidad humana, el fracaso desnudo?
El problema, para Weil, no estaba en la reducción de la jornada laboral sino en combatir la alienación del trabajo en las fábricas. La fábrica, decía, debe ser un lugar de alegría, un lugar donde, aunque el cuerpo y el alma sufran de manera inevitable, el alma pueda sin embargo degustar también alegrías, alimentarse de alegrías. Escribe: “Hay que cambiar la naturaleza de los estímulos del trabajo, disminuir o abolir las causas del hastío, transformar la relación de cada obrero con el funcionamiento del conjunto de la fábrica, la relación del obrero con la máquina, y la manera en que transcurre el tiempo de trabajo”. El sentido social del trabajo era para Weil el de la paz. Ella, una pacifista radical, veía en el trabajo la causa primera de la paz de los pueblos. Pero los estímulos a los que se refería la escritora nada tienen que ver con los estímulos de hoy, como pagar más por llegar puntualmente, por asistencia, por llenar formularios.
5
En un artículo inédito durante ochenta años, Simone Weil escribe que sólo el trabajo es pacificador. Desde su perspectiva sindical y anarquista, defiende en primer lugar al individuo: “No puedo conocer el valor del individuo humano más que en tanto experimento mi propio valor, y no experimento mi propio valor más que en tanto actúo”. Es cierto, trabajamos por necesidad y todos queremos ganar un poco más. Nunca nos alcanza. Es probable que el problema no radique en la buena o mala administración de lo que ganamos sino en la buena o mala administración de nuestras necesidades, que pertenece al ámbito de la libertad de cada quien. Como sea, actuar es la palabra clave. Trabajar más no es indigno si, además de unos pesos agregados, se añade la dignidad del reconocimiento del propio trabajo, por simple que sea. Que reconozcan tu trabajo está en el centro de la dignidad humana. Sin embargo, como dice el excepcional escritor polaco Zbigniew Herbert, la memoria humana es desagradecida. Lo curioso del asunto es que aquellos que trabajan menos o no trabajan (profesores universitarios, maestros de educación básica, burócratas de todas las raleas) se pasan la vida pidiendo, exigiendo, ser reconocidos. Algunos llegan al extremo de aceptar premios balines y organizar sus propios homenajes. Otros, los peores, hasta se atreven a escribir sus memorias.
El reconocimiento de tu trabajo es la médula de la dignidad humana, aunque la mayoría de los trabajadores de las artes menores y de los oficios más sencillos no tienen tiempo para pensar en ello. “La gente feliz, al igual que la gente sana, no se cuestiona sobre su estado de ánimo”, piensa un personaje de Zbigniew Herbert. Eso no quita que debamos otorgarlo; necesitamos dar a la propia memoria un puntapié para desempolvarla de su ingratitud. El valor del otro es el propio valor.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

El agua del canario

¿Acaso no te has dado cuenta de que
desde hace varios años en nuestra vida
se ha introducido la inexistencia?

La nieve roja
Sigismund Krzyzanowski

Es costumbre de viejo cuño conceder al condenado a muerte un último deseo.
Cuenta Joseph Brodsky la pequeña historia de un reo en el momento en que está frente al pelotón de fusilamiento. Los fusiles, con las cabezas puntiagudas que miran las últimas nubes que aún reptan en un cielo osificado, silenciosos y fríos, sombras que no dejan entrar los primeros rayos del sol, pendientes de unos pechos y hombros escaldados por el deber militar, guardan para sí el secreto de los que matan y los que mueren.
El jefe del pelotón se acerca al condenado a muerte y le pregunta cuál es su último deseo, con la intención indudable de regalarle un último suspiro de voluntad.
El reo, apacible y sereno, dice:
“No sé. . . me gustaría cambiar el agua al canario”.
El oficial, impaciente y deseoso de no poner en entredicho su identidad, le responde:
“Pues ya se la cambiarás después”.
Recordé la historia de Brodsky en la sala de espera del aeropuerto de Ciudad Juárez. La persona que me llevó y me acompañó unos minutos en la cafetería, quiso contarme su historia. “Cuénteme”, le dije.
Un grupo de sicarios entró a la casa de su novia y la acribilló con una bestialidad inaudita. Su pecado fue nacer, vivir, existir, soñar con el amor, pensar en una familia. Su hermano decidió llevar su negocio a Sonora para no pagar el veinte por ciento de una extorsión amenazante. Eso fue todo. Varias vidas quedaron tronchadas sin que nadie les preguntara si tenían un último deseo.
La violencia criminal, es cierto, actúa con licencia para matar; nos ha robado el sueño y los sueños; nos ha deslavado la memoria para ocuparla completamente, para atiborrarla de espanto, para desdibujar los recuerdos de cada quien hasta volverlos polvos rojizos y oxidados, para apoderarse de la imaginación colectiva; la criminalidad desatada nos ha convertido en mendigos de la existencia, en almas que zigzaguean sus penurias en medio de quienes se han tomado en las manos la administración del azar.
Los que han vivido los horrores de una guerra suelen decir que aquellos que la honran y la subliman lo hacen porque no le han visto la cara.
Algo similar puede decirse de Ciudad Juárez: de lejos o de arriba, parados en un islote desde donde se contempla el mar embravecido, la muerte es una noticia para la charla de café, no lo que realmente es: una ráfaga de terror que no concede al condenado a muerte ni a sus familiares un último y elemental deseo: un velorio, un funeral, una noche compartida de duelo, una sepultura, el llanto redentor. La orden de los sicarios que asesinaron a la novia de mi amigo fue demoledora: “Si hay funeral, ahí llegamos a matarlos a todos”.
La gente de Ciudad Juárez es la más amable que he conocido. Ahora es más. Parece un signo que denota una necesidad de reconocimiento. Las miradas de los juarenses no son las mismas. Ahora sus tonos han adquirido una aquiescencia más variada, más rica en voces y giros musicales. Un músico diría que es un septacorde menor, la expresión de tonos y semitonos que engarzan una resistencia contra la desesperanza, como el final no escrito de las notas sombrías que suben y bajan de la canción húngara de los suicidas.
Pero esto último es aparente. La melodía es en el fondo la misma que brota de los ojos de millones de mexicanos que buscan conocer y reconocerse. Lo que verdaderamente nos hace humanos, dice el escritor búlgaro Tzvetan Todorov, es nuestra necesidad de ser reconocidos. En Ciudad Juárez esto es particularmente visible. Se ha colado en la vida de todos una cierta pero indeterminada inexistencia.
Por eso han fracasado las estrategias y operativos para combatir a la delincuencia, porque junto a ellos no han caminado aparejados los programas públicos y sociales que nos ayuden a socorrernos con el reconocimiento que nos debemos unos y otros.
Los programas de cultura, legalidad, trato social y valores sociales son pocos y no han logrado hacernos entender que la guerra es de la barbarie contra la civilización. Hemos tenido demasiadas expectativas policiales. Hemos fincado la esperanza social en algo tan débil y quebradizo como una bala contra otra bala.
No nos hemos concedido el deseo de cambiar el agua del canario y hemos preferido arrinconarnos en el susto. Con Hobbes y Borges hemos cantado que no nos une el amor sino el espanto, pero esto último también está en entredicho: ya ni el espanto nos une.

miércoles, 27 de octubre de 2010

El tulipán negro

El tema de la legalización o despenalización de las drogas ha sido puesto de nuevo, aunque tímidamente, en la agenda pública. No prendió la mecha. No hace mucho el presidente Calderón invitó a debatir el asunto, pero deslindó su punto de vista: él no está de acuerdo.

Un poco antes, en un artículo publicado en El País, Mario Vargas Llosa (en casa festejamos su Premio Nobel de Literatura tanto como un gol de las Chivas al América) trató el tema de la legalización de las drogas en México y puso su opinión a favor, aunque reconoció que el asunto era una cuestión que no competía en exclusiva a México. Es un tema de dos y más países y debe ser discutido entre ellos, escribió.

Hace unos quince años escribí a favor de la despenalización de las drogas y en Radio Universidad me surtieron de lo lindo, por decirlo así. Sigo pensando que es una de las soluciones para enfrentar con éxito la violencia criminal que proviene del narcotráfico. En quince años la criminalidad de los cárteles cambió radicalmente: el narcotráfico se convirtió en una de las industrias (por decirlo así) más poderosas de México y de muchos países productores, introductores y consumidores. Los riesgos son mínimos y el negocio es jugoso, pero las apariencias engañan, pues son multitudes las que quieren participar colgándose de alguna ramita escondida en su inmenso follaje.

Para empezar, cualquier guerra contra el narcotráfico está condenada al fracaso. Su presencia criminal se ha ramificado tanto y sus ganancias se distribuyen entre tanta gente (pública y privada) que cuesta trabajo imaginar que un negocio tan rentable y tan seguro pueda ser derrotado con armas y leyes penales. Si del narcotráfico entran al país algo así como 30 mil millones de dólares, de los cuales entre 10 mil y quince mil ingresan al sistema bancario y financiero mexicano, es una ingenuidad suponer que en verdad existen, aquí y en Estados Unidos, verdaderas intenciones de regular la venta y consumo de estupefacientes. Si las hubiera y si de verdad llegara a regularse el mercado de consumidores mediante normas de salud pública que garantizaran la calidad de las drogas y la prevención y atención a los adictos, supongo que miles de pequeñas y grandes empresas (legales todas) quebrarían al instante. El hecho es que el narcotráfico ha creado una epidemia psíquica cuyas consecuencias políticas, económicas y sociales aún no estamos en condiciones de prever.

Se ha formado en amplios sectores una cultura del narcotráfico que ya no lo demoniza, como antes se hacía desde distintos frentes. Hace poco una encuesta aplicada a jóvenes de entre quince y veinticinco años arrojó como resultado que más del sesenta por ciento de ellos consideraba como opción laboral el narcotráfico. La paradoja de la proporción inversa es evidente: a mayor criminalización, menor riesgo; a mayor persecución y guerra, menor confianza. El narcotráfico se ve como una actividad casi normal, al menos en su versión de que es inevitable, invencible. No son pocos en este país los que aspiran a ser tomados en cuenta en la derrama de dinero que deja esta industria, por decirlo así, y no solamente entre quienes ocupan cargos policiales, políticos, empresariales o bancarios. Ahora sí podemos decir, con Chesterton, que lo único peor que ser asaltante de bancos es ser banquero.

El problema del narcotráfico y de la hipotética despenalización de la venta de drogas es, para decirlo con un cliché universitario, un problema complejo. Lo que no es nada complejo es que la industria del delito, por decirlo así, abarca intereses delictivos y no delictivos, todos asociados al narcotráfico: armamento, poder policial, coartada gubernamental, negocios periodísticos y de medios electrónicos, libros y revistas, presupuestos fabulosos, producción de sistemas penales como bolillos madrugadores, crecimiento exponencial de investigadores, ministerios públicos y jueces, más presupuestos universitarios para impartir carreras afines al derecho penal y a la psicología y sociología criminal, escándalos delictivos que se han apoderado de los programas públicos y de las tribunas parlamentarias, uso político de esos escándalos para derribar a los contrincantes y –lo más grave– un nuevo troquelado de la imaginación colectiva. ¿Qué espacio de la memoria nos queda para enorgullecernos de que a Vargas Llosa le otorgaran el Premio Nobel de Literatura?

La fiebre del narcotráfico se está colectivizando. Su similitud es menor a la de la fiebre del oro del siglo XIX estadounidense; se parece más a la fiebre de los tulipanes del siglo XVII en Holanda, narrada espléndidamente por el escritor polaco Zbigniew Herbert en Naturaleza muerta con brida: “Desde sus púlpitos, los predicadores lanzaban rayos contra aquella lasciva fiebre de los tulipanes, pero ellos mismos, según afirmaban los más maliciosos, se iban a hurtadillas a otras ciudades para abandonarse sin testigos indeseados a aquella pecaminosa pasión”. La predicación contra las drogas lleva la impronta de la hipocresía. Dice Herbert que a la fiebre del tulipán la mató su propia locura, no la intervención del Estado. ¿Cómo se mata a sí misma la locura del narcotráfico?

Los tulipanes holandeses ninguna culpa tenían del mercado negro que la voracidad calvinista hizo de estas flores tan hermosas. Lo mismo puede decirse de la bellísima amapola o de la yerba de la marihuana. En la televisión vemos todos los días a decenas de soldados desyerbando los sembradíos, amontonándola y quemándola, como si la maldad fuera de la naturaleza y no de los comerciantes y empresarios, por llamarlos así. Somos, hasta en la destrucción de la “yerba mala”, el país del desperdicio. Si el sentido común no hubiera sido borrado por la locura persecutoria, esos regalos de la naturaleza podrían crear, mediante un programa público de asesoría y control, cientos de pequeñas empresas para transformar la yerba en remedios populares para aliviar muchos males. Digo, suponiendo que en efecto las autoridades destruyan toda la droga que confiscan, pues al público le presentan imágenes breves de la destrucción, pero grandes cantidades de ella regresan al mercado por otros medios y mafias.

Decía que el daño más temible que nos ha producido el narcotráfico y la violencia criminal es que se han apoderado de nuestra imaginación. Los medios de comunicación suelen agigantar el problema. No es un argumento fiable el estribillo de algunos comunicadores y analistas cuando afirman que los medios sólo se limitan a difundir la realidad. Pero ¿qué realidad y de qué tamaño? Frente a las ejecuciones de cada día que se repiten hasta la náusea, el otorgamiento del Premio Nobel de Literatura a un escritor de nuestra lengua apenas mereció una mención fugaz. Sólo espero que la Asamblea de Representantes del Distrito Federal no decida homenajearlo y le endilgue El otoño del patriarca, pues en este último caso Vargas Llosa iría a golpear con más dureza a García Márquez.

Corrupción e impunidad son las caras de la moneda, envuelta en la hediondez de la hipocresía.

Así como el narcotráfico se está apoderando de la imaginación colectiva, también ha resquebrajado el orden federal y municipal de gobierno. Los operativos comunes y la inclusión de las autoridades municipales en el combate al narcotráfico han desplazado el cumplimiento de las atribuciones de ayuntamientos y alcaldes, en detrimento de los servicios básicos y de la promoción de una convivencia razonablemente libre.

La guerra del Estado contra el narcotráfico y las propias guerras entre narcotraficantes le han producido un daño irreparable a la sociabilidad. El clima de desconfianza de la población a sus autoridades es evidente, pero es más dañina la desconfianza mutua entre la población. Es cierto que no nos une el amor sino el espanto, pero ahora, parafraseando a Hobbes y a Borges, ya ni el espanto nos une: su lugar lo va ocupando la venganza.

Un triunfo innegable del narcotráfico es el del miedo. No estamos ante un miedo al otro visible y concreto, no estamos ante la sombra siniestra que en la calle oscura se acerca sigilosamente, sino ante la incertidumbre atemorizada de ser azotados por el azar organizado: miedo a la nada que asusta, roba, hiere y mata. La violencia criminal ha logrado eso que hace mucho tiempo escribió el pensador católico Hilaire Belloc en El estado servil: hemos dejado de ser un pueblo libre porque hemos dejado de ser propietarios. . . ¡Hemos dejado de ser propietarios de nuestros sueños y de nuestras ilusiones! Es cierto que la vida la tenemos prestada, pero ahora parecemos intrusos en el trocito de libertad que nos ha sido dado.

El flameo incesante de enfrentamientos y ejecuciones ha desgajado nuestra memoria. Los recuerdos y los buenos momentos son jirones en medio de las ráfagas televisivas de titulares sangrientos. No es que en su mayoría los medios de comunicación sigan el juego a los delincuentes: hacen su propio juego y su propio agosto, por decir lo menos; pero hay algunos ingenuos que de verdad creen que ejercen la libertad de expresión difundiendo, dicen, la cruda realidad. La libertad de expresión es, ante todo, criterio, que literalmente significa “cedazo”.

No hay una solución y no sé si muchas basten para revertir los daños que causan las legiones de vendedores de drogas al menudeo que se disputan cada calle, matando y matándose. En algunos pueblos la gente está tomando la justicia en sus manos. Ahí donde una comunidad ha linchado a ladrones y extorsionadores los delitos casi se esfumaron. Pero los riesgos son más peligrosos que la delincuencia. Me parece temible que la mayoría de la opinión pública sienta en sangre propia el veneno de la venganza.

No sé si la locura del narcotráfico lleve en sus entrañas el germen de su destrucción. Por el momento, no nos vaya a ocurrir lo mismo que al pobre zapatero del relato de Zbigniew Herbert cuando logró cultivar un tulipán negro: la muerte le llegó por ingenuo, no por ingenioso.




jueves, 2 de septiembre de 2010

Los nombres de la intolerancia

(Cuarta y última parte)
El artículo 130 constitucional de diciembre de 1991 fue, en su primer enunciado, un abuso de la memoria: “El principio histórico de la separación del Estado y las iglesias orienta las normas contenidas en esta ley”. El enunciado denota lo que Ricoeur llama memoria herida, enferma. El error también es conceptual: la separación del estado y las iglesias no es un principio histórico. El primer enunciado debió ser el del artículo 3 de la Ley Reglamentaria: “El estado mexicano es laico”. Incluso en 1991 el texto inicial aprobado era obsoleto; no se tenía enfrente ninguno de los agravios que motivaron las reformas liberales de 1830 y 1850; no teníamos en 1991 ninguna propuesta o intento de unir ambas esferas; ni siquiera las tuvimos en el siglo XIX, aun considerando la violencia causada por las discordias que heredamos del Patronato y los intentos regalistas de algunos liberales por ejercer el control disciplinario y de gobierno de la iglesia; es cierto que la Constitución de 1824 declaró como religión única a la católica romana, pero no puede hablarse, en sentido moderno, de una teocracia; tampoco tuvimos intentos cismáticos de fondo provenientes de la autoridad civil: los que hubo fueron circunstanciales y explicables en el contexto fragoroso de la disputa por el poder. Las relaciones estado-iglesia abrevaron en el artículo 130 de la Constitución de 1917: se declaró la inexistencia de las iglesias y se cancelaron derechos fundamentales.
Los revolucionarios de 1910 y los constituyentes de 1916-1917 integraron un conglomerado de agravios reales e imaginarios de cuatrocientos años, pero en lo inmediato estaba la restauración de privilegios eclesiásticos en el régimen de Porfirio Díaz, la oposición de la propia iglesia al movimiento revolucionario, el respaldo clerical a Victoriano Huerta y el juego retrógrado del Partido Católico Nacional.
Con la inclusión de “laica” a nuestra forma de gobierno, el enunciado del artículo 130 resulta más obsoleto aún. Las prohibiciones de la disposición “E” han dado lugar a conflictos recurrentes, sobre todo porque, del lado clerical, algunos ministros del culto sí realizan impunemente proselitismo a favor y en contra de candidatos y partidos. La segunda prohibición también es fuente de conflictos: “Tampoco podrán en reunión pública, en actos de culto o de propaganda religiosa, ni en publicaciones de carácter religioso, oponerse a las leyes del país o a sus instituciones. . .” Las interpretaciones han sido extremas, de uno y otro lado. La prohibición atenta contra la libertad de expresión; la limita, pero el límite carga también con el peso de la historia. Como sea, la norma no se cumple: es exagerada.
Fuera de las prohibiciones en materia electoral, las otras deben revisarse y modernizarse, pues “oponerse a las leyes del país o a sus instituciones” es una norma de una ambigüedad tal que, repetida literalmente en la Ley reglamentaria, ha dado lugar a choques cotidianos. En cada caso los jueces penales y civiles debieran tener la competencia. Decidió bien el jefe de gobierno Marcelo Ebrard al acudir a un juez común a demandar por daño moral a Sandoval Íñiguez y al vocero episcopal, en lugar de llamar a una marcha, un plantón o recurrir a la secretaría de gobernación. Todo iba muy bien, hasta que una vulgar metáfora machista lo pintó tal cual es.
En 1991 y 1992 se discutió la naturaleza del laicismo mexicano. El primer enunciado del nuevo artículo 130 resolvió la cuestión con una razón histórica y no con una democrática. Hace veinte años el pasado estaba demasiado presente. La mutua desconfianza era evidente. Intelectuales y académicos recibieron con gesto agrio la reforma al artículo 130 y la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público. En los sectores eclesiásticos se vio el nuevo marco jurídico como el inicio de una etapa de reivindicaciones: la altanería se manifestó al instante; el laicismo fue juzgado con severidad; sacerdotes e intelectuales católicos hicieron un mazacote de demonios: laicismo, relativismo, racionalismo, individualismo, nihilismo, ateísmo, egoísmo y un largo caudal de ismos y tomismos. Para ellos la revancha histórica había llegado. Durante esta primera década del siglo XXI, la iglesia se instaló en el discurso de mediados del XIX; el eco del grito “Religión y fueros” ha repicado en la vida pública. El objetivo clerical es combatir el laicismo, su enemigo histórico, a pesar de que la Independencia de México los liberó de las reformas borbónicas y de que las Leyes de Reforma consolidaron, involuntariamente, la unidad de la iglesia católica romana, contrariamente a lo que ocurrió en la Rusia zarista mil quinientos años atrás y en otras iglesias que resultaron del Cisma de Oriente y que, escindidas de Roma, en su mayoría quedaron sujetas a la opresión de los gobiernos imperiales. Si se escribiera la historia virtual mexicana (lo que pudo haber ocurrido), el Vaticano tendría el deber moral de reconocer que Benito Juárez, sin proponérselo, contribuyó a la unidad del catolicismo romano.
La iglesia católica no quedó conforme con las nuevas normas constitucionales y legales aprobadas en 1991 y 1992, pero el ambiente de buenas relaciones que se había construido entre el presidente Salinas y el papa Juan Pablo II no estaba para atizar una lumbre que en apariencia se extinguía; sin embargo, la cuestión religiosa ha sido hasta nuestros días como el amor: quema cuando es brasa y tizna cuando es carbón.
Lo que no sabíamos en 1991 era que estaba muy cerca la reforma a la legislación electoral, la creación del IFE, el levantamiento armado en Chiapas y los crímenes políticos de 1994. La democracia azotaba con fuerza la puerta de la política mexicana y la crisis económica detonada en diciembre de 1994 hizo el resto. Todos nos topamos con la democracia. La iglesia católica y sus jerarcas se toparon con ella con más fuerza; fue un encontronazo inesperado: no estaban preparados ni moral ni políticamente. La reforma al 130 de la Constitución y el reconocimiento jurídico a las iglesias, la creación del registro y el reconocimiento de derechos y obligaciones de los ministros del culto fue razonablemente bien recibido en el país, no sin que el más rancio jacobinismo mexicano lanzara gritos de alerta. Lo cierto es que la iglesia católica ha tenido más problemas en esta primera década del siglo XXI que durante todo el siglo XX, desde 1929. Tal vez esperaban demasiado. No contaban con la democracia ni sabían de la gradual formación de una sociedad plural, invisible pero real.
Con prohibición y sin ella, el clero católico ha utilizado el púlpito y los medios de comunicación para respaldar o atacar a partidos y candidatos. Se ha exagerado el papel de la iglesia católica en la la derrota del PRI en las elecciones presidenciales del año 2000, pero no exageran quienes han visto que desde la llegada del PAN al poder federal los conflictos no han dejado de producir desencuentros entre la jerarquía católica y las instituciones públicas. Con la democracia se topó la iglesia católica. Los fueros y privilegios que en los hechos gozaron desde los arreglos de 1929 se resquebrajaban por su propio peso antidemocrático. Los escándalos internos no pudieron ser contenidos en de los muros de sus fueros fácticos; la pederastia sólo pudo ser escondida un tiempo. No hace mucho algunos jerarcas alegaban que la ropa sucia de la iglesia se lavaba en casa. Lo que no pudieron cubrir fueron sus exabruptos verbales; la opinión pública se enteró de la pobreza cultural de los sacerdotes. La libertad de expresión que ejercen corre casi siempre en su contra. Yo sería el último en pedir que se callara a los obispos o que Gobernación los sancione por criticar a las instituciones públicas. Es mejor que se delaten.
El clero se ha defendido con la fórmula usada durante casi doscientos años: alertan que se quiere destruir a la iglesia; se alega persecución, conspiraciones mundiales. Pero la sociedad mexicana es otra.
También el virus del narcotráfico llegó a sus sacristías. En 2005 el obispo de Aguascalientes aceptó que a la iglesia llegaba dinero del narcotráfico, pero justificó su ingreso aduciendo que ese dinero, al entrar al templo, se purificaba. De dar risa. Los escándalos de pederastia terminaron por derrumbar los muros mohosos de su podredumbre interna.
La iglesia católica se topó con la democracia; las majaderías expresadas por el cardenal tapatío y el vocero de la Arquidiócesis son ejemplos de insensatez e ignorancia juntas. Pero la intolerancia no es sólo clerical. Sobreviven, en distintas formas y manifestaciones, intolerancias de raíz ideológica, racial, sexual, moral, cultural, de posición social. Las abstracciones nos dividen, tanto si provienen del dogma religioso como del dogma ideológico. Los fanáticos de la religión y de la política son enemigos de la sociedad abierta.
Los clérigos ya no representan la fe de nuestros mayores, que era mucho más que dogmas, ritos y rezos; era una fe que poseía un vasto lenguaje, valores prácticos, modos de conversar y compartir los misterios de la existencia, sentido común, formas de trabajar, producir y consumir, confianza y esfuerzo entrelazados, sencillez y profundidad unidas. El amor al prójimo fue suplantado por el amor a la humanidad y la caridad concreta por la filantropía abstracta y mediática. La fe de nuestros padres era un modo de reír, cantar y bailar; era amor al trabajo, conciencia del pan de cada día, gratitud a flor de piel, asombro constante: el ciruelo en flor, el terco sol de cada hora, el silencio apacible de la madrugada, el milagro del comedor de la casa. Si en un sector es visible la erosión de la cultura católica es en el clero. El lugar de la fe no lo ocupa la razón, sino la falta de fe, la de millones de incautos enajenados por las chácharas que vende la actual epidemia de sanadores. La debacle de la cultura católica ha reducido la fe a la compra de magia ridícula. Los sacerdotes también son víctimas de la catástrofe educativa y cultural de la época.

Post scriptum: esta columna no se publicará en las siguientes cuatro semanas. Si el azar nos da licencia, nos reencontramos en octubre.