viernes, 29 de marzo de 2013

Manifiesto Anarcocapitalista

“Allá se lo haya cada uno con su pecado –exclama don Quijote al ver la fila de galeotes encadenados–; y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres”.
Miguel de Cervantes

Ya ven, los nihilistas estamos ganando todas las batallas. La ciudad es nuestra. El Estado es nuestro. El prestigio es nuestro. Las condecoraciones son nuestras.

La clave del éxito es la clandestinidad.

Los nihilistas que nos precedieron, nuestros abuelos, se equivocaron en todo. El primer error fue llamarse a sí mismos “nihilistas” y permitir que el mundo los apodara de esa manera.

Nuestros padres, los anarquistas, cometieron el peor de los pecados: la ingenuidad.

El error estratégico de nihilistas y anarquistas fue la transparencia: se mostraron y vociferaron.

Nuestros antepasados tuvieron una virtud defectuosa: la sinceridad. Fueron estúpidamente sinceros. La alarma cundió por todas partes y una turbamulta de filósofos, poetas, moralistas y políticos se les echó encima. Los desprestigiaron, los persiguieron, los encarcelaron, los exterminaron.

¿A quién carajos se le ocurre proclamar la desaparición del Estado, las religiones, la Moral, la Familia, el Matrimonio, la Educación y el Dinero?

Sólo a un puñado de sentimentales.

Aprendimos la lección y ahora hemos encubierto nuestras ideas y propósitos dentro del Estado y el Derecho, de la Iglesia, la Familia y el Matrimonio. ¿El dinero? El dinero sólo se destruye con dinero.

Reconocemos –por favor, que nadie se entere– que somos anarquistas. Estamos en contra de cualquier límite; es decir, estamos a favor de la naturaleza humana.

Somos partidarios del Estado de Derecho y participamos con nuestras humildes propuestas en la aprobación de leyes. ¡Eso queremos! Muchas leyes, una taiga inmensa y profunda de árboles legales, de ramajes procesales, de rifirrafes constitucionales.

El derecho, la justicia, el arte y el intelecto son los recubrimientos que nos permiten actuar con decencia, dentro de la ley, siempre apegados a derecho.

Hemos descubierto que gracias a la ley emergen las tinieblas.

Nosotros somos los verdaderos representantes de las leyes no escritas de los dioses, dignos descendientes del incomprendido Creonte, pero nos conviene que fluya ese absurdo rumor de que debemos voltear a ver, a veces, a una tal Antígona, que no es otra cosa que una jamba de sacristía.

Nuestro enemigo número uno es el libre mercado; lo pregonamos a conveniencia y nunca a desavenencia.

Odiamos la competencia pero la tenemos como nuestra oración de cada día. En la ciudad deciden los dueños de la tierra y los permisos. Algunos tienen la tierra pero no los permisos y otros tienen los permisos pero no la tierra, lo que significa que no tienen nada.

Tenemos argumentos infalibles y acciones demoledoras.

Hemos hecho del libre mercado –esa bella idea de los liberales– una oportunidad para eliminar todas las barreras. Lo estamos logrando.

Hemos advocado el paraíso del crecimiento económico y la generación de empleos y las autoridades de la ciudad nos rinden pleitesía y hasta nos ofrendan elogios y honores.

Hemos construido donde nos conviene y al precio que nos resulta más rentable. Los periódicos nos aplauden, los gobernantes nos abrazan, la gente nos pide trabajo. ¿Los críticos? ¡Por favor! Su lema los delata: “donde pan se come, migajas caen”

Nada nos detiene. Los gritos de los ecologistas y las voces de los sensatos son arenillas insignificantes en el inmenso desierto.

Con inteligencia y astucia los hemos engañado a todos, no con moralinas de mentecatos y sensibleros que lamentan la contaminación del suelo, el aire y el agua, la tala de los cerros, la depredación de la vida urbana, la miseria de la vida rural, la inseguridad y la violencia y otras quejumbres propias de señoritingas provincianas.

Hemos engañado a los intelectuales, a los profesores universitarios, a los científicos y a los analistas que se desgañitan acusando al neoliberalismo de los males de la ciudad.

¡Bravo, duro contra los neoliberales! Los críticos del llamado neoliberalismo son patéticamente intonsos; no se han dado cuenta de que nos ayudan a desprestigiar aún más las ideas liberales.

No somos neoliberales por la muy sencilla razón de que no somos liberales. Nunca lo hemos sido: no creemos en los límites. Nos estorban.

Los liberales creen de corazón que la libertad de un individuo termina donde comienza la del otro. Los liberales se pasan la vida hablando de límites. Creen sincera pero ridículamente que los poderes sociales deben estar limitados. Ergo, ignoran la naturaleza del poder. ¡Pobres diablos! Nosotros no creemos ni aceptamos límite alguno, y somos tan liberales como podrían serlo Hitler y Stalin.

¿El derecho? Nos hemos aliado con el más rígido formalismo jurídico, pero sólo si nos sirve para restablecer un orden que no existe, pues la historia se reduce a una lección: las leyes, las reglas y la moral son pura apariencia.

Somos, si se nos permite precisar, anarcocapitalistas. Éste es nuestro nombre verdadero. ¡Que las masas de imbéciles sigan la pista falsa del neoliberalismo! Les estamos muy agradecidos por facilitarnos el trabajo.

Los argumentos son nuestros: crecimiento, vivienda, comercio, empleo, inversiones, filantropía. . . ¿Quién diablos se opone a estos grandes bienes?

Creamos riqueza, generamos muchos empleos. ¿Qué quieren? Si nos quieren limitar, entonces quédense con su pobreza ancestral. Que los pobres coman tierra y que hagan sopa de corteza de los huizaches. ¡Que salen a sus muertos y se los coman!

Los gobernantes argumentan y actúan a nuestro favor. ¡Pobrecillos, se ven chistosísimos corriendo detrás de los delincuentes y repartiendo despensas!

Exaltamos y financiamos los proyectos de emprendedores y nos unimos a los apoyos a los pequeños negocios y empresas; pero si se meten en nuestro territorio, los engullimos. Es por su bien y por la imagen de la ciudad.

Nos oponemos a que la ciudad se llene de tendajos y estropajosos. ¿Se imaginan una ciudad de fargallones, chiquilicuatres y judeznos? Hemos construido, con salones VIP, el edificio de la Cofradía de la media vuelta. Muchos de nosotros somos socios distinguidos del club. ¿Acaso prefieren que las calles de nuestra ciudad sean invadidas por julandrones, maturrangas y pajilleras?

Regalamos tierras y dosificamos las donaciones.

Le donamos un terrenito a la Universidad y dios vio que era bueno.

Le regalamos al gobierno una casa para la cultura y dios vio que era bueno.

Financiamos galerías y pagamos exposiciones de pintura y dios vio que era bueno.

Financiamos campañas políticas de todos los partidos y dios vio que era más bueno todavía.

Donamos dinero y alimentos a los asilos y orfanatorios y dios vio que era excelentemente bueno.

Expedimos un cheque de varias cifras al TELETÓN y otro a la Cruz Roja y dios vio que era excelsamente bueno. (Todas nuestras empresas constructoras recibieron, sin que lo pidiéramos, diplomas de empresas socialmente responsables).

Apoyamos los valores morales y religiosos y financiamos obras de caridad, y dios vio que era divinamente bueno.

La ciudad es nuestra y no admitimos que la cordura, la justicia, la moderación, la convivencia democrática y sandeces por el estilo entren en nuestro territorio. ¡Como si no supiéramos que los sensatos son animales salvajes enfermos de timidez!

Los peores delincuentes son nuestros, pues su actividad criminal iría derechito a la quiebra sin nuestras estructuras financieras.

Somos la forma más refinada del nihilismo. La anarquía es la fuente de donde mana la riqueza, el prestigio y el poder que nos hemos ganado sin ostentaciones.

Hemos aprendido que la destrucción de la ciudad sólo puede lograrse si nos apoderamos de su construcción.

Nuestras esposas se llaman Ifigenia y les concedemos el escrúpulo de una conciencia inmaculada. Sin embargo, un viaje a Las Vegas o un “shopping” en Park Avenue convierten la gravilla moral en polvo que se lleva el viento.



sábado, 2 de marzo de 2013

El camino de la escuela


Hace muchos años los niños llegábamos a la escuela caminando. Eran otros tiempos. La ciudad estaba hecha a la medida de los pies. Ahora, en su mayoría, utiliza el transporte urbano, pero son miles los que tienen el dudoso privilegio de ser conducidos en coche hasta la mismísima puerta de la escuela.

Es muy cierto lo que dice el escritor alemán Heinrich Böll cuando recuerda su etapa escolar: “Tal vez no es en la escuela, sino en el camino de la escuela donde aprendemos la vida”.

En nuestro caso fue absolutamente cierto. En el camino se podía observar lo que ahora no se ve desde el camión y menos desde el coche. Desde el automóvil se ve sobre todo a los peatones correr para no ser arrollados por la turbamulta motorizada. Desde el camión se puede ver poco, letreros y gente, pues el traqueteo bizquea las miradas.

Para empezar, antes era más sencillo desviarse un poco, luego un poco más y otro más. Bastaban unos minutos para descubrir que el sendero conducía al campo, no a la escuela.

Como algunos de mis compañeros, yo también sufrí la escuela. En la escuela los profesores te pegaban, pero las peleas a mano limpia con los compañeros eran tal vez lo más instructivo del reclusorio escolar.

Mi amiga Mirjana opina que, peor que los golpes de los maestros de antes, son los citatorios actuales a los padres de familia. “Es muy humillante” –dice haciendo una mueca de disgusto, como si en ese preciso instante estuviera recordando una experiencia traumática. "Además –modula la voz y exhala un aire cálido de color malva–, ahora las peleas son entre profesores y alumnos o entre alumnas que se defienden de sus compañeros. . . y de sus lubrios maestros".

La educación básica (primaria y secundaria) la vivimos en el camino de la escuela. No es retórica ni implica la afirmación de que la calle es la escuela de la vida, pues en la calle también aprendimos a leer, hacer cuentas y trabajar.

En el camino se veía de todo: vendedores de chucherías, recaudadores municipales, muchachas y muchachos enjambrados de jaulas de pajarillos que se dirigían al mercado, talleres mecánicos, carteros en bicicleta con los pantalones remangados, chiquillos jugando al trompo o a las canicas, panaderos con el canasto de delicias en la cabeza, maloras que se vestían de rebeldes sin causa, señoras de rebozo y delantal, muchachas con sus vestidos de popelina, repartidores de leche en carretas tiradas por un percherón, arroyuelos que corrían sin timideces por las aceras luego del aguacero de la noche anterior, paredes de adobe por donde asomaban muy sonrientes los duraznos, las granadas, los higos, los perones, y una variedad inmensa de voces y personajes que han desaparecido por completo.

El camino de la escuela era, por decir lo menos, lo más feliz de una infancia feliz.

El camino de la escuela también era de regreso, sobre todo para los que no lográbamos ser admitidos en el turno matutino.

La grisura de la tarde le daba un toque de tristeza al día. Además, el camino de regreso de la escuela era distinto. Quiero decir que se podían ver escenas y personajes que no se parecían a los de la ida.

Recordé esos regresos leyendo un cuento de mineros del escritor ruso Arkadi Avérchenko. Los mineros, escribe, hundían sin cesar su alma desesperada en el vodka. Por el vodka habían nacido, por el vodka trabajaban y por el vodka destrozaban su cuerpo en la ingrata labor del minero. Se despedían de este mundo y partían a mejor vida con una botella entre las manos.

Los mineros salían del subsuelo y lo primero que hacían era comprar vodka. No eran capaces de llegar sobrios a sus casas. En el camino, les llegaba la urgencia de echarse un trago. “En todas partes se veía cuerpos esparcidos por la nieve”.

Así era el camino de regreso de la escuela. Adolescentes y jóvenes del barrio acomodaban la herramienta, se quitaban el overol y lo primero que hacían a la salida era comprar una botella de aguardiente.

Platicando de las tardes de regreso de la escuela, Mateo Santiago y yo hicimos memoria de los conocidos del barrio. Pocos sobrevivieron. En todas partes se veía cuerpos esparcidos en las banquetas, en el lodo, con la ropa en jirones, completamente ajenos a este mundo.

Como he dicho, en el camino de la escuela se aprendía más que en la escuela, incluidos los altos y los bajos fondos de la condición humana.

Pero no sé. Tal vez ahora ya no se aprenda ni en el camino de la escuela ni en la escuela.



viernes, 1 de marzo de 2013

El guardián de la reina


En el barrio, aunque pobres, éramos monárquicos. Nadie en el barrio tenía una sola razón para explicar por qué preferíamos la monarquía a la república.

Pero no cualquier monarquía; de ninguna manera la de los Habsburgo, de triste memoria en nuestro país, pues en el barrio cantábamos Adiós Mamá Carlota, narices de pelota, con el debido respeto a don Vicente Riva Palacio y a la propia Carlota, que tuvo la buena suerte de sobrevivir al Imperio Austro-Húngaro sin que nadie le diera esa última noticia del Imperio.

En el barrio, a pesar de Franco y la Pasionaria, éramos monárquicos. Juan Carlos I de Borbón recuperó la corona perdida en la lejanía de la dictadura de Primo de Rivera y del democrático triunfo republicano de 1931. El rey Juan Carlos nos cayó bien, aunque en la escuela aprendimos que el poder tiene su origen en la voluntad popular y no en la divinidad, y menos en la sangre sospechosa de los Borbón, pues más adelante, gracias a los libros, nos enteramos de los enredos amorosos de Cristina de Borbón, la viuda de Fernando VII, al que los insurgentes de Hidalgo vitorearon en Dolores y durante el trágico recorrido independentista cuyo desenlace fue melodramático, pues se sabe de cierto que Hidalgo fue ejecutado tres o cuatro veces en Chihuahua.

Mi amigo Mateo Santiago justificaba a Isabel II de Borbón. Argumentaba que el rey consorte, Francisco de Asís, lo apodaban “Paquita” (las razones eran obvias), en una época en que a nadie le pasaba por la cabeza el derecho de preferencia sexual y menos el matrimonio entre personas del mismo sexo. En su época, sin embargo, Monseñor Brunelli, representante en España del siniestro Papa Pio IX, informó que la reina Isabel II era una ninfómana. Algunos escritores menos ásperos pero más agudos la llamaban “Mesalina”.

¿Y qué decir de la reina María Luisa de Parma, a la que Espronceda llamó “impura prostituta”? Si hasta el mismísimo Alfonso XII no fue hijo de su padre, pero a su favor debemos abonar la alta probabilidad de que sí haya sido padre de su hijo, Alfonso XIII, a quien las elecciones municipales de 1931 que votaron la República lo mandaron a paseo.

Creo que la nobleza española haría bien en considerar su pelaje aristocrático en la línea recta que les viene de Manuel Godoy y María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV. En la confesión sacramental de María Luisa reconoce que ninguno de sus hijos lo era del rey, y por lo tanto no fue gratuito que Fernando VII repudiara a sus padres y, de modo corajudo, a Manuel Godoy.

Así pues, la monarquía a la que le teníamos aprecio en el barrio no era de los Habsburgo y menos de los Borbón.

El espíritu monárquico llegó al barrio una tarde calurosa de mayo. Un vagabundo (ya se sabe: desarrapado, sucio, de barba y cabellos de pelambre grisáceo) se instaló en la calle principal y durante el resto de su vida (más de veinte años) instaló su hogar en torno a un poste de concreto de la CFE. El vagabundo vio el enorme transformador y durante muchos años no le quitó la vista de encima.

El vagabundo hablaba poco, casi nada. Decía que el transformador era el tesoro de la reina de Inglaterra y que él había sido nombrado el Guardián de la reina, misión que debía cumplir escrupulosamente. Y así lo hizo, excepto pocas ocasiones en que las lluvias torrenciales lo obligaban a incumplir su muy alta dignidad y refugiarse en la casa de algún vecino que lo invitaba a pasar para protegerlo de los aguaceros.

Una vez que la tormenta amainaba, el Guardián de la reina tomaba sus zarrapastros y regresaba al poste a fijar su mirada en el tesoro de la reina.

Los vecinos le llevábamos comida, agua, refrescos, semas con nata fresca, acelgas enchiladas con costillitas de puerco, frijoles de la olla, caldo de res sin res, un dulce de leche de los que vendía el charro en una vitrinilla transparente donde también se veían gelatinas de varios colores. Al Guardián de la reina nunca le faltó que comer. Era nuestro vecino y en poco tiempo se volvió nuestro protegido, una especie de patrimonio cultural del barrio.

Un mediodía de varios años después de su llegada, se acercó al Guardián de la reina un vehículo de lujo. Entre tres hombretones lo sujetaron y lo subieron al coche. Un grupo de vecinas salió corriendo a defenderlo, pero no pudieron impedir el secuestro. Una dama elegante descendió del asiento trasero del vehículo y explicó que venían de Pachuca, que el vagabundo era de una buena familia de esa ciudad y que era un pariente muy cercano.

A los tres días regresó y no fueron menos de diez las ocasiones en que sus familiares vinieron por él. Pero siempre regresaba a cumplir el honor que le había sido concedido por la reina.

Cuando en el barrio nos enteramos de que Su Majestad Isabel II vendría a México en febrero de 1975, los vecinos se organizaron para viajar a Guanajuato para verla de cerca. El Guardián de la reina, invitado a presidir la comitiva del barrio, se negó a viajar, pues si la reina andaba cerca, no podía abandonar su misión monárquica, que era cuidar el tesoro del Reino. El viaje se llevó a cabo y la gente del barrio vio pasar a la reina en un carro descapotable. La saludaron ondeando banderitas inglesas y ella les correspondió con un saludo enguantado y una sonrisa impregnada de magia. Desde entonces, el monarquismo del barrio quedó instituido para siempre. Hace poco recordé, por mera asociación, las banderitas inglesas ondeadas por los vecinos leyendo el magnífico libro La bandera inglesa del escritor húngaro Imre Kertéz, quien hace unos días le dijo adiós a la escritura. 

Muchos años más tarde, en un bar de la colonia Nochebuena de la ciudad de México, mi amigo Mateo Santiago me platicó que le platicaron que un comando armado se había llevado al Guardián de la reina. Según los rumores que fluyeron en el barrio, lo habían internado en el Fray Bernardino.

El tesoro de la reina se mantuvo durante un tiempo en su sitio, sin nadie que lo cuidara, con el grave riesgo de que la monarquía británica quedara en la indigencia. Menos de un año después, el transformador tronó. Chispas de fuego y sonidos chirriantes lo dejaron en los puros huesos. Durante un mes, el barrio vivió en la oscuridad.

Y aunque el transformador fue sustituido por uno nuevo y en las calles se hizo la luz, las sombras de la noche que bañaban las callejuelas no pudieron ser silenciadas. En el barrio nunca se admitió la impostura y los chiquillos tomaron como diversión revolucionaria el juego del tiro al blanco a aquellas luminarias insolentes.

El tesoro de la reina se perdió pero la dignidad monárquica del barrio quedó a salvo.



miércoles, 27 de febrero de 2013

BIEN BIEN


Miron Białoszewski (Varsovia, 1922-1983). Poeta, novelista, dramaturgo y actor.



Bien Bien (1959)

Todo está bien cuando está indemasiado bien.

Sobre todo cuando no está bien.

                    Indemasiado sabio.

No echemos a perder la no mejoría

Si podemos resistir

Su estúpida igualdad.



Traducliteración de Inocencio Reyes Ruiz, con el apoyo de Nikitina.



martes, 26 de febrero de 2013

LOS MUERTOS NO ME DEJARÁN MENTIR

Recibí una atenta invitación para asistir al informe de actividades de los servicios de salud. Por más que uno diga misa, no niego que me sentí importante.   
Llegué a la secretaría de salud, como me lo indicaron, media hora antes de la programada para el inicio del informe.
Apenas cruzaba el portal que me separaba de la nada callejera a la dignidad existencial, tres guardias me interceptaron: identificación oficial, preguntas policiales, miradas de sospecha, nuevas preguntas, registro obligado con hora de llegada, oficina a la que me dirigía, personaje al que visitaba, asunto, etcétera.
        Oiga –dije con voz envuelta en falso terciopelo–, es un espacio público.

        Es la política de la Secretaría –respondió secamente el que parecía el jefe de los guardias.

        Pero ¿sabe usted qué es la política? –pregunté con fingido candor.

        ¡No sea grosero! –me respondió indignado el que parecía el jefe de los guardias.
Las sospechas de los guardias aumentaron cuando tracé un garabato como firma. Me separaron y me esculcaron de pies a cabeza. Afortunadamente pasé el examen, yo que he reprobado todas las certificaciones de calidad.
Caminé hasta el fondo del edificio de la secretaría de salud y sin problemas llegué a la entrada del pequeño auditorio, donde tendría lugar el informe.
Seis o siete muchachas a las que llaman edecanes formaron un frente común para cerrarme el paso, cada cual con su libro de registro.
        ¿De dónde viene?

        De mi casa –respondí sin agregar nada que adornara la sencilla verdad.

Parece que la respuesta no era la correcta y la muchacha repitió la pregunta:

        Disculpe, ¿de dónde viene?

        De mi casa –volví a decir.

        Sí, sí, sí, muy bien, pero ¿de dónde viene? –la muchacha replicó con un atisbo de impaciencia.

        Señorita –dije en un tono menos suave–, ya le dije que vengo de mi casa. Se lo juro, no vengo de ninguna otra parte. ¿Por qué iba yo a mentirle diciendo que vengo de donde no vengo?

        De acuerdo, de acuerdo, todo está muy claro –salió al quite otra muchacha que se veía más inteligente–, entendemos que viene de su casa, pero lo que le estamos preguntando es de dónde viene.

         Pues vengo de mi casa. . .

        Entiendo, entiendo, pero lo que queremos saber. . .
En esas estábamos cuando una persona importante que estaba dentro volteó su rostro amable hacia la entrada como hacemos todos cuando estamos dentro y de vez en cuando torcemos los ojos para entrever a quienes traspasan la aduana sombría que separa el fuera y el dentro.
La persona importante hizo un saludo con su brazo izquierdo y las muchachas a las que llaman edecanes interpretaron que el saludo era para mí. Fue entonces cuando pude entrar al honorable recinto.
Casi veinte minutos después arribó el secretario de salud. Su entrada parecía la de un torero que entra al ruedo saludando mecánicamente, pero sin una pisca de sonrisa. Se dirigió al podio de autoridades. Entrado en carnes, con los rojos enrojecidos y una papada que ondulaba como gelatina de jerez, sus ojos pespunteaban el tejido de la expectación y su pies de roca taladraban el desfiladero de su entrada.
El presentador oficial dijo el nombre del secretario de salud, pero no lo recuerdo.
El informe fue muy  bueno: datos incuestionables, resultados inobjetables, logros sin precedentes, avances sorprendentes. Aplaudí con gusto.
Lo mejor fue el cierre del informe. El secretario de salud dijo textualmente: “Los muertos no me dejarán mentir”.
La verdad es la verdad y no otra cosa y me gusta la verdad desprovista de remilgos.
No recuerdo haber aplaudido tanto ni con un entusiasmo a punto de la histeria, ni siquiera cuando mi amigo Mateo Santiago le mentó la madre al profesor de derecho laboral.  
Ahora mi problema es investigar de dónde vengo. Porque si es falso que vengo de donde vengo, ¿de dónde digo que vengo dentro de un año cuando me pregunten de dónde vengo?





jueves, 21 de febrero de 2013

Savater y la imaginación moral

Cuando uno termina de leer Ética de urgencia de Fernando Savater se queda con la idea de que, más temprano que tarde, tendrá que volver a sus páginas, tanto porque las dudas originales (el internet, los medios de comunicación, la violencia, el desempleo, las redes sociales) apaciguan el temor que suele producir lo nuevo cuanto sube de tono el consenso no deliberado de que el mundo nunca había estado tal mal como ahora mismo. Algo anda mal con la memoria y algo va mal con la racionalidad. Si, como afirma el filósofo, el PowerPoint sustituye la argumentación y si las personas se configuran para expresarse en 140 caracteres (y se habitúan al dicterio o al insulto), no se ve que la comunicación humana sea previsiblemente más rica en matices. Savater no es de los que predican; invita a reflexionar sin glorificar el pasado, pues la falla de la memoria consiste en ignorar que, con todo, nunca antes estuvimos mejor que ahora. O, si se prefiere, menos peor.
El rifirrafe moral de la actualidad es el tema de Ética de urgencia, un libro de actualidad que no rinde culto a la actualidad. Savater suscribe de entrada su postura intelectual: “No es un libro que ofrezca soluciones, su propósito es explicar por qué es mejor protagonizar una vida deliberada y razonada que actuar de manera automática”.
Hace muchos años un poeta trágico me regaló El contenido de la felicidad  y desde entonces he seguido de cerca las claves que Savater nos ofrece como pistas para la reflexión ética; el tono alegre de sus argumentos es la llave para entrar sin demasiado optimismo en las  dudas que inevitablemente nos acompañan durante toda la vida. Otros –la mayoría, creo– empezaron con Ética para Amador, cuya continuación es precisamente Ética de urgencia. Una lección básica de las reflexiones éticas de Savater es la actitud que debemos asumir ante los problemas, dramas y tragedias de la existencia: no tomarse uno mismo tan en serio para tomar en serio a los otros: “mientras seamos humanos no podremos dejar de preguntarnos cómo debemos relacionarnos con los otros, porque somos humanos gracias a que otros humanos nos dan humanidad y nosotros se las devolvemos a ellos”.
Savater plantea preguntas y no apresura  soluciones. A veinte años de Ética para Amador, de una serie de charlas con un grupo de jóvenes inquietos –a veces inquisitivos– surge un libro que agrega las preguntas  que en veinte años se han encaramado sin permiso en la mesa de las preocupaciones generales: el internet y la realidad, el internet y los derechos, la intimidad, la ciencia y la robótica, el terrorismo y la violencia, las corridas de toros y los derechos de los animales, la crisis española. . . y, claro, los temas fundamentales de la existencia: la felicidad, la libertad, la belleza, la religión, Dios, la muerte, la democracia, el capitalismo. A los jóvenes les concede atención y respeto, pero no condesciende ante algunas verdades de sus verdades expresadas en blanco o negro: no hay democracia o ya no es un sistema válido, los representantes no nos representan, los políticos no escuchan, la justicia no es igual para todos, la culpa es el gobierno, no se puede hacer nada. . .
Savater hiende su mirada en un problema ético fundamental: la autocrítica. Algo de responsabilidad tenemos todos en los malestares e inconformismos de la época. La crítica es más eficaz si somos capaces de vernos autocríticamente y no como meras víctimas de los malandros de la política y la economía que se mueven libertinamente  a ciencia y paciencia de los ciudadanos. La crisis, explica, es una responsabilidad compartida: “Toda crítica a los bancos y a los políticos que haga la ciudadanía tiene que empezar por un examen de conciencia antes de que se desatase la crisis”. La reflexión, creo, vale generalmente, como que en México el papel de víctima se ha convertido en una de las industrias más rentables.
Sus reflexiones son sencillas y por lo mismo a ellas entran sin solemnidad los clásicos del pensamiento filosófico, moral, antropológico, social y político de distintas épocas y lugares. A fin de cuentas, Nicómacos y Amadores han existido y existirán siempre.
Savater no escabulle el bulto de la complejidad humana: “la buena convivencia –expresa– está hecha de transacciones: el lubricante de las relaciones sociales  es la capacidad de escuchar y ceder”. No le teme a las palabras. Cuenta que en los tiempos en que estaba amenazado por el terrorismo vasco, una señora se le acercó y le dijo: “Ya sé que no es usted creyente, pero yo rezo mucho por usted”. Savater contestó con amable inteligencia: “Señora, siga rezando por mí, porque yo no creo en Dios, pero como todo buen español creo en las recomendaciones, así que, por si acaso, siga recomendándome”.
En alguna parte leí que cuando George Steiner leyó la obra completa de George Orwell, la describió como un lugar para la renovación de la imaginación moral. Creo que algo semejante puede decirse de la obra intelectual de Savater.

El demonio neoliberal

Los demonios han existido siempre. Cada época inventa los suyos. Los imagina, los esculpe en texturas rugosas y fétidas, los cuchichea intramuros, trasiega el yerbajo que crece tras sus ponzoñas de fuego, los encarcela en una celda de la Inquisición, los alambra en un campo de concentración, los cuerea en el campo o los encierra en el cuarto de los zapatos de Thomas Bernhard. Luego los petrifica en víctimas propiciatorias de autos de fe y, una vez labrados en la conciencia ritual de una feligresía devota, los desencadena y los escuchimiza en tabletas pulcramente ordenadas en el anaquel de los genéricos. El demonio neoliberal está a la venta y al alcance de cualquier simplismo.
El liberal Friedrich Hayek, en el punto medio entre las teorías liberales de von Mises y de Keynes, recibió el reconocimiento de unos y otros por su aguda crítica a las formas de planificación económica que sacrificaban las libertades en el altar de la igualdad. La base común de los liberales de la Postguerra es el argumento de que la economía planificada había creado un colectivismo sostenido con braquets, tensando de tal manera la resistencia de las pilastras que, si bien no se desplomaron, en cambio se hundieron a causa de la subsidencia del suelo en que estaban construidas.
En el periodo de entreguerras se acuñó el término “neoliberalismo” y ahora es el depósito de casi todos los anatemas. En una conferencia en Bangkok en marzo de 1999 (A short history of neoliberalism), Susan George, hipercrítica de la globalización, esculpió el demonio liberal: “De modo que, de una reducida y desprestigiada secta sin apenas influencia, el neoliberalismo ha logrado convertirse en la principal religión del mundo, con su doctrina dogmática, sus vicarías, sus instituciones legislativas, y, seguramente, lo más grave de todo, su infierno para los paganos y pecadores que osen criticar la revelación de la verdad”. Es curioso que una década después de la conferencia George, otra religión del mundo, el anti-neo-liberalismo, concelebra en su altar y con sus propios dogmas y vicarías. Acumula una doctrina de mandamientos y un infierno para herejes y paganos que osan dudar de los sermones que acusan al demonio neoliberal de todo cuanto de malo le ocurre a la humanidad.    
Pero encostalar los males en la categoría “Neoliberalismo” es un error epistemológico elemental: no se demarcan sus connotaciones. Si se quiere apabullar al otro, acúselo de neoliberal; si alguien critica  los monopolios estatales, es un neoliberal confeso; si la educación es desastrosa, ¿cómo no echarle la culpa al neoliberalismo?; si la delincuencia organizada mata, secuestra y extorsiona, túrnese la denuncia al costal de las políticas neoliberales; si faltan empleos o los salarios son bajos, ¡el neoliberalismo depredador!; si un atrevido denuncia la corrupción de los sindicatos o muestra la mediocridad de las universidades, le hace el juego al neoliberalismo.
Hayek honró la lógica liberal al afirmar que en los principios básicos del liberalismo no hay un credo estacionario. No hay reglas absolutas establecidas de una vez para siempre. Se trata de hacer todo lo posible para facilitar el uso de las fuerzas espontáneas de la sociedad y recurrir lo menos que se pueda a la coerción (Camino de servidumbre, 1944).
El genuino espíritu liberal no cierra la discusión. Sólo las hipótesis verificadas o falseadas en la realidad constituyen la materia gris del examen continuo. La crítica liberal ha mostrado que el mercado desregulado causa tanta desigualdad y pobreza como la planificación de la economía. Una libertad ilimitada no es una verdadera libertad y un mercado libre abandonado a su propia lógica ni es libre ni es mercado. Cualquier postura que deposite una confianza ciega en el mercado o se resigne a que el mercado dicte las normas de la vida política, social, moral y cultural de la humanidad es contraria a la libertad y al pluralismo. 
El término “neoliberalismo” reapareció tras la caída de los sistemas totalitarios, en el ocaso de la década de 1980. La historia humana no había conocido una orfandad de la magnitud que esa caída produjo en el credo anticapitalista. Millones de huérfanos voltearon la mirada al ¿Qué hacer? de la novela de Chernyshevsky (la frase se la atribuían a Lenin). Pero también voltearon la vista a esas rarezas llamadas democracia, derechos humanos, Estado de derecho. De la superficie de los dogmas socialistas emergió el demonio “neoliberal”, un relleno sanitario a donde se puede arrojar decentemente todo lo que no se comprende.  
Al menos una veintena de excelentes libros ha descifrado los efectos más temibles de la globalización. La perspectiva liberal examina el staff de privilegios que corre libertinamente a contrapelo de los principios liberales, que por definición rechazan fueros y privilegios. La idea de Tony Judt (Algo va mal, 2010) de repensar el Estado es un buen inicio. ¿Por qué la libre empresa ha dejado de ser libre y emprendedora?
¿Y la libre empresa de los pobres? ¿Por qué se diviniza la libre empresa de los poderosos y se desprecia la eficacia inmediata de lo sencillo? ¿No es la libre empresa de los pobres la más oprimida de las libertades?
En su libro reciente (El precio de la desigualdad, 2012) Joseph E. Stiglitz consigna en la portada: “El 1 % de la población tiene lo que el 99 % necesita”. Hay que leer el libro para evitar que fermente una nueva receta universitaria. Pero aún si así fuera,  el 99 % tiene una responsabilidad que no está cumpliendo. En la actualidad un buen ciudadano también es un consumidor inteligente: cuando compra y vende aporta su grano de arena para impedir que los gigantes aplasten a los pequeños.
El demonio del neoliberalismo transitó acríticamente de los intelectuales  a las universidades y a los medios de comunicación. ¿Para qué pensar, debatir y trabajar si una conspiración mundial ya tiene dibujado el mapa del destino humano? El determinismo histórico vive y colea.
(Publicado en Letras Libres. Diciembre de 2012)