
En la Francia ilustrada del siglo XVIII ululaba la consigna conservadora de que los filósofos eran destructores del arte. En contra, Denis Diderot hace decir a uno de los protagonistas de Jacques el fatalista que un sabio resulta peligroso cuando vive entre idiotas; los poderosos –explica– detestan a los filósofos, porque no se arrodillan ante ellos; los magistrados los combaten y los sacerdotes no pueden verlos al pie de los altares, y los poetas, gente sin principios que tienen tontamente la filosofía por el martillo de las bellas artes, sin darse cuenta de que incluso ellos no fueron más que aduladores (Rousseau llamaba a la filosofía el “martillo de las bellas artes", y Diderot le dedica ese párrafo y el adjetivo idiota). Leía la novela de Diderot cuando me enteré de la muerte de Alejandro Rossi, uno de los pensadores más finos y transparentes de la segunda mitad del siglo XX. Fue, si se me permite la paráfrasis, un filósofo rodeado de pensadores brillantes y un destructor de las feas artes de escribir por escribir, hablar por hablar, pensar por pensar y ¿vivir por vivir? Las quisquillas gramaticales de Rossi lo elevaron, en un ambiente intelectual y académico dominado por la depredación del idioma, en algo así como el sabiondo de la clase; pero no un sabelotodo que protagoniza respuestas, no el que se sienta en la primera fila, no el que acompaña al profesor a la salida. Un ser humano más bien apacible, de sonrisa pautada, Rossi era, como decía mi madre cuando alguien refunfuñaba ante la sopa de habas, un faceto; pero las facetadas de Rossi (las pequeñas historias, las reflexiones brevísimas, las confesiones rápidas, los recuerdos) son luminosas. Mi profesor de epistemología Luis Villoro me recomendó leer, hace ya treinta años, el Manual del distraído antes de entrar a Lenguaje y significado. Al instante me sorprendió el ritmo con que se transita, con una sonrisa en el alma, de la teoría de conjuntos o la lógica matemática a la literatura y al arte. Entre las muchas vueltas y vuelcos que ha tenido la vida durante estos treinta años, en los momentos más confusos y desesperanzados (los propios y los del mundo), he regresado a Rossi en busca de fe: creer en el mundo externo, en la existencia del prójimo, en ciertas regularidades, en determinadas informaciones. . . en la fe animal de Santayana que nos orienta sin demostraciones o razonamientos, aquella que, sin garantizarnos nada, nos separa de la demencia y nos restituye a la vida. Esa fe primitiva de Rossi es el viento cálido de su legado filosófico y literario: un puñado de textos exquisitos, a la vez suaves y poderosos, amables siempre. 
Enrique Krauze, en Letras Libres de noviembre de 2007, escribió: “El pequeño y con frecuencia mezquino mundo cultural mexicano parece haber valorado finalmente la dimensión de Alejandro Rossi, el escritor a quien este año se le otorgó, con casi treinta de retraso, al Premio Villaurrutia. . .” Krauze, otro quisquilloso de la claridad intelectual, lanza su reproche de fuego contra una comunidad de idiotas que suele premiar la mediocridad, y otras tantas se hace de la vista gorda frente al talento. En uno de sus aforismos temibles, Cioran confiesa que, con la puntualidad, padecía la locura del escrúpulo, al grado de que era capaz de matar con tal de llegar a tiempo. La de Rossi no era, ni mucho menos, una locura histérica; era una pasión –a veces obsesiva– por la pulcritud y la precisión de un texto: ni una palabra de más ni una de menos; ni una coma mal puesta ni un punto huidizo; ni un adjetivo patoso ni un sustantivo insignificante; ni un tiempo pasado lapidario ni un subjuntivo eufemístico. Krauze recuerda que una vez le habló para detener el envío a la imprenta porque necesitaba corregir una coma. Rossi sabía, como Octavio Paz o como Karl Kraus, que uno de los lindes entre civilización y barbarie lo dibuja el lenguaje. Kraus, un escritor extremadamente sensible a los abusos del lenguaje, detestaba una coma mal puesta, una palabra sin sustancia, una frase desfigurada. El escritor austriaco tenía afilada la conciencia, como más tarde la tuvo Rossi, de que el habla y la escritura reflejan, como ninguna otra cosa, los peligros totalitarios que se ciñen sobre la cultura, sobre la humanidad misma. La formación original de Rossi fue la lógica simbólica y ya no abandonó el hábito de la exactitud. Sus escrúpulos ortográficos, sintácticos y semánticos no son meras envolturas de regalo o el aroma con el que se impregna una idea, un recuerdo, una anécdota, una fisura insidiosa de la vida cotidiana. Escribir bien fue su estilo. Y con ese estilo rindió tributo al pensamiento: pensar el mundo es pensarlo en la inmensidad de su excepcional pequeñez. Cualquiera puede, al fin, contemplar la caída de luz de las estrellas, maravillado de que en el mundo aún existan los misterios. Rossi pertenece a esa clase de pensadores que escaparon a la marea del lenguaje ampuloso. No vivió, como el fatalista de Diderot, entre idiotas, pues el triángulo de su travesía intelectual surcó los caminos de bosque de Heidegger, las observaciones tempestuosas de Wittgenstein y el aliento existencial de Ortega. Sus cercanos dicen que era un hombre jovial. Así se ve en las fotografías: un escéptico alegre. Degustaba el sabor de la amistad tanto como los sinsabores del pensamiento. Fue capaz de encontrar, precisamente donde nadie busca, las ideas cortadas a la medida de la página perfecta, un baldazo de sustancia contra quienes predican que el texto no significa nada. Rossi le produce asombro a Krauze; a mí me produce contentamiento. Supongo que es lo mismo: en tiempos de barbarie el contento es un asombro. Rossi se tomó seriamente “la tremenda tarea de pensar”. Detestó las explicaciones excesivas y las brumas de las crónicas complicadas. Estoy seguro de que, como Chesterton, vivió para comprobar que la puesta de sol es siempre nueva y que la última rosa es tan roja como la primera.


Si la autonomía política de los ciudadanos es el valor más importante de una democracia, la campaña que invita a los votantes a que anulen su voto tiene el defecto original de ser precisamente eso, una campaña. Y, por lo que se ve, es una campaña que cuesta mucho dinero. No es tan necesario saber los nombres de las personas y empresas que la planearon, la financiaron y la están poniendo en marcha, puesto que, lejos de promover una nueva actitud cívica, en realidad pretende configurar, con la anulación de miles de votos, un determinado resultado electoral. El defecto consiguiente de la campaña del voto blanco es que atenta contra la espontaneidad del elector. Ciudadanos que anulan deliberadamente su voto los ha habido siempre, e incluso podemos encontrar comunidades enteras que, mediante el voto en blanco, rechazan de modo tajante a partidos y candidatos. Pero en tales comunidades la anulación voluntaria del voto es el último recurso democrático disponible, una especie de acto de resistencia contra décadas de atrocidades. Las razones que esgrimen los promotores del voto blanco pueden ser racionales, incluso razonables, pero no son proporcionales a la realidad que se rechaza. Creo que los vicios de la vida pública no se resuelven, ni siquiera parcialmente, con la anulación del voto. Sólo ahora cobra significado el “sufragio efectivo” de Madero: el voto es un acto de libertad que tiene como objetivo, al menos teóricamente, construir un gobierno democrático. La efectividad del sufragio depende, por consiguiente, tanto de la libertad con que se decide cuanto por la responsabilidad de lo que se decide. Hace ya más de una década que venimos escuchando que el voto cuenta y se cuenta. El caso es que el voto nulo se cuenta pero no cuenta. Un ciudadano es libre de votar por Cantinflas, pero ese votante tiene la obligación de saber que su voto no será efectivo. Es más efectivo el voto de castigo: está dirigido a un gobierno determinado, a un partido específico, a una política o forma de gobernar particulares. Por eso se dice que una elección es un plebiscito que enjuicia al gobierno, a los partidos. El día del juicio, decía Popper. Sólo desde el infantilismo político se puede suponer que el rechazo absoluto es un acto eficaz para corregir los defectos del sistema político. Si un medicamento no sirve a un enfermo, pedimos el medicamento adecuado y no que nos cambien al enfermo. Sin embargo, parece justa la voz de la desilusión ciudadana que exclama que todos los partidos, candidatos y políticos son iguales; pero lo es sólo si con esa exclamación afirmamos que en la política y en la lucha por el poder los buenos no están de un lado y los malos del otro. Porque quedarse con el “todos son iguales” o, como declara don Hugo Gutiérrez Vega al semanario universitario Tribuna de Querétaro, “el PRI y el PAN son la misma cosa”, no hacemos sino renunciar al uso de la inteligencia que se requiere para advertir las diferencias –a veces profundas– entre un partido con prácticas internas democráticas y otro con prácticas internas antidemocráticas, entre un candidato que parece imbécil y otro que realmente lo es, entre un político que parece zorro y otro que parece erizo. Es cierto, todos los políticos son iguales, pero hay unos más iguales que otros; y siempre habrá, entre los iguales, algunos que son peores. Decir que en política todos son iguales es un punto de partida, no de llegada; es, si se quiere, una verdad que se expone didácticamente, el punto de arranque de una reflexión que ha de ascender gradualmente su complejidad, un destello de claridad que nos puede guiar en la espesura del bosque. Pero la conclusión absoluta de que todos los partidos y candidatos son iguales o que el PRI y el PAN son la misma cosa es, además de una renuncia a la inteligencia, una invitación a desdeñar la política, un convite a la indiferencia. Conviene, para abandonar la estulticia que esconden las simplificaciones, dar el segundo paso, subir el escalón siguiente; pero tengan cuidado los ilusos de no imaginar con demasiada vehemencia el paraíso perdido al final de la escalera. A fin de cuentas, la democracia, a diferencia de las demás formas de gobierno, no ofrece ningún final, ni de la escalera ni de la historia.